Capítulo 10
Una sonrisa por una apuesta
Desde que Marla lo llamó "amigo", algo cambió en Alessandro.
Ya no buscaba excusas para verla.
Simplemente la invitaba a caminar.
Y, para sorpresa de ambos, Marla casi siempre aceptaba.
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Aquella tarde, el parque estaba lleno de familias.
Un vendedor ambulante pasaba con un carrito de algodón de azúcar.
Los niños corrían de un lado a otro.
Marla observó el ambiente con una sonrisa.
—Me encantan los parques.
Alessandro la miró.
—¿Por qué?
—Porque aquí todo el mundo deja de preocuparse por un ratito.
Mira.
Señaló a un señor que perseguía a su hija mientras fingía ser un monstruo.
La niña no dejaba de reír.
—Seguro ese papá tuvo un día difícil, pero ahora solo quiere hacer feliz a su hija.
Alessandro siguió la escena en silencio.
Nunca se había detenido a mirar algo así.
Su vida siempre había estado llena de reuniones, negocios y decisiones importantes.
Marla, en cambio, encontraba belleza en lo cotidiano.
—A veces eres muy pensativo —comentó ella.
—¿Eso es malo?
—No.
Pero creo que necesitas jugar más.
Alessandro arqueó una ceja.
—¿Jugar?
—Sí.
Ven.
Antes de que pudiera preguntar, Marla lo llevó hasta un pequeño puesto donde había un juego de lanzar aros para ganar peluches.
—Escoge uno.
Él observó los premios.
—¿Para qué?
—Porque quiero ese osito.
Era un pequeño oso color miel con un moño azul.
—Es bonito, ¿verdad?
Alessandro asintió.
El encargado les entregó cinco aros.
Marla lanzó el primero.
Falló.
El segundo.
También.
El tercero rebotó y cayó al suelo.
Ella hizo un puchero.
—Creo que esto no es lo mío.
Le entregó los dos últimos a Alessandro.
—Tu turno.
Él tomó un aro con tranquilidad.
Lo lanzó.
Entró perfectamente.
Otro más.
También.
El encargado le entregó el peluche.
Marla dio un pequeño aplauso.
—¡Lo lograste!
Alessandro tomó el oso y se lo ofreció.
—Es tuyo.
Ella lo abrazó enseguida.
—¡Gracias!
Qué bonito está.
Después levantó la vista.
—Espera...
¿Nunca fallas en nada?
—Intento no hacerlo.
Marla negó con una sonrisa.
—Eso suena muy aburrido.
Él la miró confundido.
—¿Aburrido?
—Sí.
A veces equivocarse también es divertido.
Si yo hubiera ganado al primer intento, no habría visto esa cara tan concentrada que pusiste.
Parecías un niño haciendo un examen.
Alessandro soltó una risa auténtica.
No fue una sonrisa discreta.
Fue una risa corta, clara y sincera.
Marla abrió los ojos con emoción.
—¡Ahí está!
Él dejó de reír al notar que ella lo observaba.
—¿Qué?
—Esa risa.
Es muy bonita.
No la escondas tanto.
Alessandro bajó la mirada por un instante.
Nadie había celebrado una risa suya.
Nunca.
Marla levantó el osito frente a él.
—Como premio por sonreír...
Te voy a poner un nombre.
Él la observó divertido.
—¿A mí o al oso?
—A los dos.
El oso se llamará Vainilla.
Y tú...
Mmm...
Se quedó pensativa unos segundos.
—Te voy a decir "Señor Serio".
Alessandro negó con una sonrisa.
—Ese no es mi nombre.
—Ya lo sé.
Pero hasta que sonrías más seguido, ese será tu apodo.
Desde unos metros de distancia, Matteo observó la escena y murmuró para sí:
—El hombre más temido del país... acaba de aceptar que una chica le ponga un apodo.
Definitivamente, el jefe ya no era el mismo.
Y Alessandro, mientras veía a Marla caminar abrazando el pequeño oso de peluche, comprendió algo que empezaba a ser imposible de negar.
Cada vez que ella reía...
Él quería ser el motivo.
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Editado: 01.08.2026