Capítulo 11
El paraguas amarillo
El verano llegó acompañado de lluvias inesperadas.
Aquella tarde, Marla salió de la biblioteca con un libro entre los brazos.
Miró el cielo.
—No creo que llueva...
Cinco segundos después, un trueno respondió por ella.
—Bueno... creo que el cielo me acaba de llevar la contraria.
Las primeras gotas comenzaron a caer.
Marla corrió hasta la entrada de una cafetería para refugiarse.
Había olvidado llevar paraguas.
—Qué cabeza la mía...
Siempre digo que voy a comprar uno y siempre se me olvida.
A unos metros, un automóvil negro se detuvo.
Matteo miró por el espejo retrovisor.
—Es ella.
Alessandro también la vio.
Empapada, abrazando el libro para que no se mojara.
Sin pensarlo dos veces, tomó un paraguas del vehículo.
—Espéreme aquí.
Cruzó la calle bajo la lluvia.
Marla estaba tan concentrada intentando cubrir el libro con su chaqueta que no lo vio acercarse.
Una sombra cubrió su cabeza.
Levantó la vista.
—¡Señor Serio!
Alessandro levantó una ceja.
—¿Todavía me llamas así?
—Claro.
Hasta nuevo aviso.
Ella miró el paraguas.
—Gracias.
Pero tú también te vas a mojar.
—No importa.
—Sí importa.
Ven más para acá.
Sin darse cuenta, Marla dio un paso hacia él.
Ahora ambos compartían el mismo paraguas.
Estaban tan cerca que Alessandro podía percibir el suave aroma de las flores que ella llevaba en el cabello.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le resultó incómodo.
—¿Qué libro compraste? —preguntó él.
Marla levantó el ejemplar con entusiasmo.
—Una novela romántica.
Me encantan.
Aunque siempre termino llorando.
Alessandro sonrió levemente.
—¿Y por qué las lees si sabes que vas a llorar?
Ella se encogió de hombros.
—Porque también me hacen creer que existen personas buenas.
Él sintió un nudo en el pecho.
Si ella descubría quién era realmente...
¿Seguiría pensando lo mismo?
La lluvia arreció.
Marla notó que el brazo de Alessandro estaba completamente mojado.
—¡Mira eso!
Él bajó la vista.
—¿Qué pasa?
—Todo el paraguas está de mi lado.
Toma.
Lo empujó suavemente hacia él para cubrirlo mejor.
En el movimiento, sus manos se rozaron por un instante.
Los dos quedaron en silencio.
Marla retiró la mano primero.
—Perdón...
Fue sin querer.
—No tienes que disculparte.
Ella sonrió con timidez.
Para romper el momento, preguntó:
—¿Sabes una cosa?
—¿Cuál?
—Creo que este paraguas es muy feo.
Alessandro lo miró.
Era completamente amarillo.
—¿Feo?
—Sí.
Parece un pollito gigante.
Él soltó una risa.
—Nunca había escuchado esa comparación.
—Pues ahora ya la escuchaste.
Y no me arrepiento.
Los dos comenzaron a caminar lentamente bajo la lluvia.
Al llegar a la esquina donde debían separarse, Marla extendió el paraguas hacia él.
—Toma.
Es tuyo.
Alessandro negó.
—Quédatelo.
—¿Seguro?
—Sí.
Lo necesitarás la próxima vez que olvides comprar uno.
Marla sonrió con ternura.
—Entonces prometo cuidarlo.
Cada vez que llueva voy a pensar en el día que un hombre muy serio me salvó de empaparme.
Alessandro la vio alejarse con el paraguas amarillo entre las manos.
No se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Pero Matteo sí.
Y, por primera vez desde que trabajaba para él, pensó que quizás el mayor milagro de Marla no era hacer reír a Alessandro.
Era lograr que olvidara, aunque fuera por unos minutos, el peso del mundo que llevaba sobre los hombros.
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Editado: 01.08.2026