Capítulo 17
La promesa de los domingos
Desde el cumpleaños de Marla, algo había cambiado entre ellos.
Ya no necesitaban buscar un tema de conversación.
El silencio ya no era incómodo.
Era tranquilo.
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Era domingo por la mañana cuando Alessandro estacionó su automóvil frente a la casa de Marla.
Matteo lo miró por el espejo.
—¿Está seguro de que quiere esperar aquí?
—Sí.
Cinco minutos después, la puerta se abrió.
Marla salió con un vestido azul claro y una pequeña mochila.
Al verlo, sonrió con tanta alegría que Alessandro sintió que todo el viaje había valido la pena.
—¡Buenos días, Señor Serio!
—Buenos días, Marla.
Ella se acercó a la ventana del automóvil.
—¿Qué hacemos hoy?
—No lo sé.
Marla abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Pensé que tú decidirías.
Ella se quedó pensativa unos segundos.
Después sonrió.
—Entonces... quiero hacer algo completamente normal.
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Una hora más tarde estaban en un mercado de agricultores.
Había puestos de frutas, pan recién horneado, flores y dulces artesanales.
Alessandro miraba a su alrededor con curiosidad.
Nunca había estado en un lugar así.
Marla, en cambio, saludaba a todo el mundo.
—¡Buenos días, doña Carmen!
—¡Hola, Marla!
—¿Cómo está su esposo?
—Muchísimo mejor, gracias por preguntar.
Alessandro observó la escena.
Ella recordaba el nombre de las personas.
Preguntaba por sus familias.
Escuchaba con atención.
No era amabilidad por educación.
Era interés genuino.
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Se detuvieron frente a un puesto de miel.
El vendedor les ofreció una pequeña cucharita.
—Pruébenla.
Marla aceptó primero.
Después miró a Alessandro.
—Ándale.
No muerde.
Él tomó otra cucharita y probó la miel.
—¿Qué tal? —preguntó ella.
—Está buena.
—¿Solo buena?
Ella hizo una mueca.
—Tienes que aprender a describir las cosas.
Mira.
Tomó otra muestra.
—Es dulce, pero no empalaga.
Tiene un sabor como a flores.
Y deja un olor rico.
¿Ves?
Eso es describir.
Alessandro la observó divertido.
—Hablas hasta de la miel.
—¡Claro!
Todo tiene una historia.
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Más tarde, mientras caminaban entre los puestos, Marla vio a un niño intentando alcanzar un globo que se había soltado.
Sin pensarlo, comenzó a correr detrás de él.
El globo quedó atrapado en la rama baja de un árbol.
Marla se puso de puntillas.
No llegaba.
Alessandro se acercó, lo tomó con facilidad y se lo entregó al niño.
—¡Gracias, señor!
El pequeño salió corriendo, feliz.
Marla aplaudió.
—¡Viste! Hoy fuiste un héroe.
—Solo bajé un globo.
—Para ese niño fue mucho más que un globo.
Alessandro guardó silencio.
Ella siempre encontraba una forma distinta de mirar el mundo.
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Antes de regresar, se sentaron bajo la sombra de un gran árbol.
Marla sostenía un vaso de limonada.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Me gustan los domingos.
—¿Por qué?
—Porque siento que el tiempo va más despacio.
Y las personas pueden disfrutar de quienes quieren.
Miró a Alessandro con una sonrisa.
—¿Hacemos un trato?
Él asintió.
—Todos los domingos hacemos algo sencillo.
Nada de reuniones.
Nada de prisas.
Solo caminar, hablar o comer un helado.
Lo importante es pasar tiempo juntos.
Alessandro la observó durante unos segundos.
En toda su vida había firmado contratos multimillonarios.
Pero aquella era la promesa que más deseaba cumplir.
Extendió la mano.
—Trato hecho.
Marla estrechó su mano y sonrió.
—Perfecto.
Desde hoy...
Los domingos son nuestros.
Mientras regresaban al automóvil, ninguno de los dos se dio cuenta de que, desde el otro lado de la calle, un hombre con gafas oscuras les tomó varias fotografías.
Las envió en silencio desde su teléfono.
El mensaje fue breve.
"La encontramos. El punto débil de Alessandro De Luca tiene nombre: Marla Montero Lorenzo."
Y, por primera vez, el peligro estaba empezando a acercarse a ella.
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Editado: 18.08.2026