El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 38

La casa donde todo comenzó

El automóvil avanzaba por una carretera rodeada de árboles.

Marla miraba por la ventana con los brazos cruzados.

—Entonces... vamos a la casa donde comenzó todo.

Alessandro asintió.

—Sí.

—¿Y qué pasó exactamente allí?

—No lo sé.

Marla giró lentamente la cabeza.

—Excelente.

—¿Qué?

—Me encanta cuando nuestro plan consiste en ir a una casa misteriosa sin saber qué vamos a encontrar.

Alessandro soltó una pequeña risa.

—No tienes remedio.

—Tengo remedio.

Pero aparentemente nadie lo ha encontrado todavía.

Matteo, desde el asiento delantero, intentó esconder una sonrisa.

—Señorita Marla...

—¿Sí?

—¿Siempre habla así cuando está nerviosa?

—No.

Hizo una pausa.

—Cuando estoy tranquila hablo todavía más.

Alessandro comenzó a reír.

—Eso sí es verdad.

Marla le dio un pequeño golpe en el brazo.

—No te burles de mí, mafioso.

—Nunca.

—Mentiroso.

Finalmente llegaron.

La antigua casa de los De Luca estaba cubierta de vegetación.

Las ventanas estaban rotas.

La pintura se había desprendido de las paredes.

Marla la observó desde el automóvil.

—Bueno...

—¿Qué? —preguntó Alessandro.

—Tu familia definitivamente no sabía contratar buenos jardineros.

Él soltó una carcajada.

—Marla...

—¿Qué?

Estoy intentando mantener el ambiente alegre.

Alessandro la miró con ternura.

—Gracias.

Ella sonrió.

—De nada.

Entraron en la casa.

El aire estaba frío.

Había muebles cubiertos con sábanas y fotografías antiguas sobre las paredes.

Marla caminaba detrás de Alessandro.

De repente se detuvo.

—Espera.

Él se volvió.

—¿Qué ocurre?

Marla señaló una fotografía.

Era Alessandro cuando era niño.

Estaba sentado sobre los hombros de un hombre.

Su padre.

Pero había alguien más en la fotografía.

Una mujer.

Y detrás de ellos...

Gabriel.

Marla entrecerró los ojos.

—Mira.

Alessandro se acercó.

—¿Qué?

—Tu tío está sosteniendo algo.

Era una pequeña caja.

Alessandro miró alrededor.

—¿Dónde está?

Marla señaló una pared.

—Allí.

Había una pequeña marca.

Él la tocó.

Una sección de la pared se abrió.

Detrás había un compartimento secreto.

Marla abrió los ojos.

—¡Alessandro!

—¿Qué?

—Tu familia tenía compartimentos secretos.

—Sí.

—Y yo pensando que mi vida era complicada porque no encontraba mis llaves.

Él soltó una carcajada.

—Ven aquí.

Dentro del compartimento había documentos.

Fotografías.

Y una pequeña llave.

Alessandro tomó uno de los documentos.

Su rostro cambió.

—Marla...

Ella se acercó.

—¿Qué dice?

Él levantó lentamente la mirada.

—Mi padre dejó esto para mí.

—¿Qué dice?

Alessandro tragó saliva.

—Dice que si algún día encontraba la llave...

debía buscar la habitación que estaba debajo de la casa.

Marla miró el suelo.

—¿Tenemos sótano?

Alessandro negó.

—No.

Marla señaló la llave.

—Entonces supongo que tendremos que averiguar dónde escondieron la puerta.

De repente...

escucharon un ruido.

Toc.

Los dos se quedaron inmóviles.

Toc.

Otra vez.

Marla se acercó a Alessandro y susurró:

—Dime que fue una tubería.

—No fue una tubería.

—Perfecto.

Entonces...

Toc. Toc. Toc.

Alessandro tomó la mano de Marla.

—Quédate detrás de mí.

Ella obedeció.

Pero mientras avanzaban hacia el origen del sonido, Marla murmuró:

—Solo para que conste...

—¿Qué?

—Si aparece un fantasma, tú hablas con él.




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