El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 39

La puerta bajo la casa

El ruido volvió a escucharse.

Toc. Toc. Toc.

Marla se aferró discretamente al brazo de Alessandro.

—Solo quiero aclarar una cosa.

—¿Qué?

—Si sobrevivimos a esto, quiero una casa normal.

Él la miró.

—¿Normal?

—Sí. Una casa sin puertas secretas, túneles, mafiosos escondidos y paredes que hacen toc, toc.

Alessandro soltó una risa.

—Lo tendré en cuenta.

—Gracias.

—Aunque contigo probablemente hasta una casa normal terminaría teniendo una habitación secreta.

Marla abrió la boca.

—¡Eso es mentira!

Él levantó una ceja.

—¿Segura?

—Bueno... quizá una pequeña.

El sonido provenía del fondo de un pasillo.

Alessandro avanzó lentamente.

Marla permaneció detrás de él.

Encontraron una antigua biblioteca.

Los libros estaban cubiertos de polvo.

Alessandro observó las paredes.

—Debe estar aquí.

Marla miró alrededor.

—¿Y si está detrás de un libro?

—Es posible.

Ella comenzó a revisar las estanterías.

—¿Cuál crees que sea?

—No lo sé.

—Perfecto. Hay como quinientos.

Marla sacó uno.

Nada.

Otro.

Nada.

Hasta que encontró un libro antiguo con una margarita dibujada en el lomo.

Se quedó inmóvil.

—Alessandro...

Él se acercó.

—¿Qué encontraste?

—Este.

Sacó el libro.

Se escuchó un mecanismo.

CLAC.

Una parte de la pared comenzó a moverse.

Marla abrió los ojos.

—¡Lo sabía!

—¿Qué?

—Las margaritas siempre aparecen cuando estamos a punto de descubrir algo.

Alessandro sonrió.

—Ya empiezas a tener teorías.

—Tengo muchas.

Detrás de la pared había una escalera.

Descendieron lentamente.

Al final encontraron una habitación pequeña.

En el centro había una mesa.

Sobre ella descansaba una caja de madera.

Alessandro se acercó.

La llave que habían encontrado encajaba perfectamente.

Abrió la caja.

Dentro había cartas.

Fotografías.

Y una grabación antigua.

Alessandro tomó una de las cartas.

Reconoció inmediatamente la letra.

—Es de mi padre.

Marla se acercó.

Él comenzó a leer.

La expresión de su rostro cambió.

—¿Qué dice?

Alessandro levantó lentamente la mirada.

—Dice que si algún día encuentro esta habitación...

debo confiar en una sola persona.

—¿En quién?

Él giró la carta.

Había un nombre escrito.

Vittorio Moretti.

Marla abrió los ojos.

—¿Vittorio?

Alessandro asintió.

—Mi padre confiaba en él.

De repente, la grabación comenzó a reproducirse.

Una voz masculina llenó la habitación.

—Si estás escuchando esto, hijo, significa que finalmente descubriste la verdad.

Alessandro dejó de respirar.

La voz continuó:

—No confíes en Gabriel.

Marla miró a Alessandro.

—Tu tío...

La grabación siguió.

—Él fue quien inició todo.

Y entonces se escuchó una última frase:

—Pero hay algo que debes saber sobre tu madre...

La grabación se cortó.

Marla miró la pequeña máquina.

—¿Se acabó?

Alessandro la revisó.

—La cinta está dañada.

—¡No puede ser!

Marla golpeó suavemente la mesa.

—Justo cuando se pone interesante.

Alessandro soltó una pequeña risa.

—Definitivamente eres tú.

—¿Qué?

—La única persona capaz de discutir con una grabación de hace veinte años.

Marla lo miró seria durante dos segundos.

Después sonrió.

—Y todavía me amas.

Él se acercó y besó suavemente su frente.

—Más cada día.

Pero antes de que pudieran continuar...

escucharon pasos sobre ellos.

Alguien había entrado en la casa.

Alessandro tomó la mano de Marla.

—Tenemos que irnos.

Ella asintió.

Pero antes de salir, Marla miró nuevamente la caja.




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