El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 40

La bala que llevaba mi nombre

La fotografía seguía en las manos de Marla.

La imagen de Alessandro niño junto a sus padres y Gabriel parecía contener una respuesta que ninguno de los dos estaba preparado para descubrir.

Pero los pasos que se escuchaban sobre ellos hicieron que la investigación dejara de importar.

Alessandro levantó la cabeza.

—Tenemos que salir. Ahora.

Tomó la mano de Marla y la condujo hacia las escaleras.

—¿Y la fotografía?

—Llévala.

—¿Seguro?

—Sí.

Marla la guardó rápidamente dentro de su bolso.

Subieron en silencio.

Al llegar a la biblioteca, Alessandro hizo una señal a Matteo.

Dos hombres se adelantaron para revisar el pasillo.

Nada.

—Está despejado —informó uno.

Alessandro no se relajó.

Algo no estaba bien.

Demasiado silencio.

Demasiada facilidad.

—Todos afuera —ordenó.

Marla se acercó a él.

—¿Qué pasa?

—No lo sé.

—Esa respuesta últimamente aparece mucho en nuestra vida.

Alessandro la miró.

Ella intentaba sonreír, pero él podía notar el miedo en sus ojos.

—Quédate cerca de mí.

—Siempre.

Salieron de la casa.

El aire nocturno estaba frío.

Marla respiró profundamente.

—Por fin.

Alessandro la miró.

—¿Qué?

—Pensé que iba a pasar la noche encerrada debajo de una casa secreta.

—Podrías haberte quedado allí.

—No.

Había demasiadas arañas.

—¿Te dan miedo?

—No.

Pausa.

—Pero ellas me tienen miedo a mí.

Alessandro soltó una carcajada.

—Claro.

—No te burles.

Él negó con la cabeza.

—Nunca.

Caminaron hacia el automóvil.

Matteo estaba hablando con uno de los hombres de seguridad.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Alessandro se detuvo de repente.

Miró hacia los árboles.

—Esperen.

Todos quedaron inmóviles.

—¿Qué ocurre? —preguntó Matteo.

Alessandro no respondió.

Había escuchado algo.

Un pequeño movimiento.

Un sonido metálico.

Un reflejo en la oscuridad.

Y entonces lo comprendió.

—¡Al suelo!

Todo ocurrió en menos de un segundo.

Un disparo rompió el silencio de la noche.

¡PUM!

Alessandro giró instintivamente hacia Marla.

Pero ella ya había reaccionado.

Lo empujó.

—¡Alessandro!

El disparo que iba dirigido hacia él cambió de trayectoria.

Marla sintió un golpe seco en el costado.

No entendió qué había sucedido.

Durante un instante permaneció de pie.

Miró a Alessandro.

—Creo que...

Su voz salió extrañamente baja.

—Creo que me dieron.

Alessandro se quedó paralizado.

—¿Marla?

Ella bajó lentamente la mirada.

Una mancha oscura comenzaba a extenderse por su ropa.

Sus ojos se abrieron.

—Alessandro...

Sus piernas dejaron de sostenerla.

Él la atrapó antes de que tocara el suelo.

—¡MARLA!

Todo se volvió caos.

Los hombres de seguridad comenzaron a buscar al atacante.

Matteo gritaba órdenes.

Los vehículos se movían.

Pero Alessandro no escuchaba nada.

Solo veía a Marla.

Su princesa.

Su chica de las margaritas.

La mujer que hacía bromas cuando estaba nerviosa.

La que hablaba con desconocidos como si fueran amigos de toda la vida.

La que había conseguido que un hombre que nunca sonreía volviera a hacerlo.

Ahora estaba entre sus brazos.

Herida.

—No...

Alessandro la sostuvo con cuidado.

—No, no, no.

Marla intentó respirar profundamente, pero el dolor la hizo estremecerse.

—Estoy...

Estoy bien.

—No digas eso.

—Pero...

—¡No estás bien!

Su voz se quebró.

Por primera vez, los hombres que lo rodeaban vieron al temido Alessandro De Luca completamente aterrorizado.

No era el jefe.

No era el empresario.

No era el hombre que todos obedecían.




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