Capítulo 47
La verdad también duele
Marla seguía mirando el mensaje.
«La próxima verdad te la contaré yo.»
No sabía quién lo había enviado.
Pero algo dentro de ella le decía que no era una amenaza vacía.
Alessandro tomó el teléfono con cuidado.
—¿Cuándo llegó?
—Hace unos segundos.
—¿Reconoces el número?
—No.
Matteo se acercó.
—Puedo rastrearlo.
Alessandro asintió.
—Hazlo.
Marla permaneció en silencio.
Alessandro la observó.
—¿Estás bien?
Ella levantó la mirada.
—No.
Él se acercó inmediatamente.
—Ven aquí.
La abrazó con cuidado, evitando su herida.
Marla apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Tengo tantas preguntas.
—Las responderemos.
—¿Y si las respuestas no me gustan?
Alessandro acarició su cabello.
—Entonces las enfrentaremos juntos.
Ella cerró los ojos.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Horas después regresaron al hospital.
Marla tenía que continuar en observación.
Alessandro prácticamente no se separaba de ella.
La ayudó a acomodarse en la cama y colocó una pequeña bolsa sobre la mesa.
—¿Qué es eso?
—Tu soborno.
Marla abrió la bolsa.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Helado!
—Chocolate y vainilla.
—Alessandro...
—¿Sí?
—Creo que después de recibir una bala debería recibir una casa.
Él levantó una ceja.
—¿Una casa?
—Sí.
—¿Con qué más?
Marla empezó a contar con los dedos.
—Jardín.
—Bien.
—Margaritas.
—Por supuesto.
—Una cocina grande.
—También.
—Y una habitación para mis libros.
—Hecho.
Marla lo miró sorprendida.
—¿Así de fácil?
—Te compraría un país si pudiera.
Ella soltó una carcajada.
—No quiero un país.
—¿Entonces?
Marla lo miró con ternura.
—Solo quiero que te quedes conmigo.
La sonrisa de Alessandro desapareció lentamente.
—Eso sí puedo prometerlo.
Aquella noche, Marla no podía dormir.
La carta de su madre estaba sobre la mesa.
La había leído tantas veces que prácticamente podía repetir cada palabra.
Alessandro estaba sentado junto a la ventana.
—¿Sigues despierto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso.
Él sonrió.
—¿Y tú?
—Yo también.
Marla tomó la carta.
—No puedo dejar de pensar en ella.
Alessandro se acercó.
—Es normal.
—Toda mi vida pensé que mi madre era simplemente mi madre.
—Lo era.
—Pero también tenía secretos.
—Todos tenemos secretos.
Marla lo miró.
—¿Tú tienes alguno que todavía no me hayas contado?
Alessandro se quedó quieto.
—No.
Ella entrecerró los ojos.
—Esa pausa fue sospechosa.
—No tengo secretos.
—Alessandro.
—Marla.
—Te conozco.
Él sonrió.
—Y yo a ti.
Ella suspiró.
—Está bien.
Pero si descubro otro secreto...
te voy a cobrar otro helado.
—Acepto el castigo.
A la mañana siguiente, Matteo apareció con noticias.
—Encontramos de dónde salió el mensaje.
Alessandro se puso serio.
—¿Quién?
Matteo dejó un teléfono sobre la mesa.
—No sabemos exactamente quién lo envió.
—Entonces ¿qué descubriste?
—El mensaje fue enviado desde un número registrado a nombre de una empresa.
Marla se incorporó ligeramente.
—¿Cuál?
Matteo miró a Alessandro.
—Una empresa que pertenece a la familia Montero.
Marla quedó inmóvil.
—¿A mi familia?
—Sí.
Alessandro se acercó a ella.
—No significa que alguien de tu familia esté involucrado.
—Pero alguien usó una empresa de mi familia.
Matteo asintió.
—Y hay algo más.
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Editado: 04.09.2026