El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 48

Capítulo 48

Mamá

Marla permaneció inmóvil después de que la llamada terminara.

No lloraba.

No hablaba.

Ni siquiera parecía respirar.

Solo miraba el teléfono.

Alessandro se acercó lentamente.

—Marla...

Ella levantó los ojos.

—Era ella.

—Lo sé.

—Era la voz de mi mamá.

Su voz se quebró.

—Estoy segura.

Alessandro se sentó a su lado y tomó su mano.

—Te creo.

Marla tragó saliva.

—Toda mi vida pensé que había muerto.

—Lo sé.

—La lloré.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—La extrañé durante años.

Alessandro la abrazó.

Esta vez no dijo nada.

No había palabras capaces de arreglar aquello.

Marla se aferró a su camisa.

—¿Por qué nunca volvió?

—Vamos a descubrirlo.

—¿Y si no quería verme?

Alessandro se separó un poco para mirarla.

—No digas eso.

—Pero...

—Marla, una madre que no quisiera verte no te habría llamado para decirte "mi niña".

Ella bajó la mirada.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De encontrarla y descubrir que no es la persona que recuerdo.

Alessandro acarició su mejilla.

—Entonces conocerás a la mujer que es ahora.

—¿Y si está involucrada en todo esto?

Él guardó silencio.

Era una posibilidad.

—Entonces lo enfrentaremos.

Marla respiró profundamente.

—Juntos.

—Juntos.

Dos horas después, Matteo regresó.

—Tenemos una ubicación.

Alessandro levantó la mirada.

—¿De ella?

—Sí.

Marla se incorporó.

—¿Dónde está?

Matteo colocó un papel sobre la mesa.

—Una casa en las afueras de la ciudad.

Marla miró la dirección.

Reconoció el lugar.

—Yo conozco esa casa.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Mi abuela solía llevarme allí cuando era pequeña.

Matteo intercambió una mirada con Alessandro.

—Entonces definitivamente no es casualidad.

Marla se quedó pensando.

—Recuerdo algo.

—¿Qué?

—Había un jardín.

Alessandro sonrió suavemente.

—¿Margaritas?

Marla lo miró sorprendida.

—Sí.

—Entonces quizá ya sabes por qué tu madre eligió ese lugar.

Aquella misma noche, Alessandro insistió en que Marla no debía ir.

Ella cruzó los brazos.

—No.

—Marla...

—No me voy a quedar aquí esperando mientras tú vas a buscar a mi madre.

—Es peligroso.

—Mi vida dejó de ser normal hace meses.

—Precisamente por eso.

—Alessandro.

Él suspiró.

—No quiero que te pase nada.

Marla se acercó.

—Y yo tampoco quiero que te pase nada a ti.

—Pero tú todavía estás recuperándote.

—Puedo caminar.

—No deberías.

—Puedo hablar.

—Demasiado.

Marla abrió la boca.

—¡Oye!

Él sonrió.

—Eso significa que estás mejor.

Ella intentó mantenerse seria.

—No te perdono.

—Lo harás.

—Con helado.

—Ya lo sabía.

Llegaron a la casa pasada la medianoche.

El lugar parecía abandonado.

Pero había una luz encendida en el jardín.

Marla sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Está aquí.

Alessandro tomó su mano.

—Estoy contigo.

Caminaron lentamente.

La puerta principal se abrió antes de que pudieran tocar.

Una mujer apareció.

Marla dejó de respirar.

Era mayor de lo que recordaba.

Su cabello tenía algunas canas.

Sus ojos...

eran exactamente los mismos.

Los ojos de Marla.

La mujer se llevó una mano a la boca.

—Marla...

Marla no pudo moverse.

Durante años había imaginado ese momento.

Había imaginado abrazarla.

Había imaginado decirle que la había extrañado.

Había imaginado miles de palabras.

Pero ninguna salió.




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