El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 49

Capítulo 49

La noche en que eligieron quedarse

El disparo rompió el silencio.

Marla se sobresaltó y Alessandro la abrazó inmediatamente.

—¡Al suelo!

Su madre cerró las cortinas mientras Matteo y los hombres de seguridad tomaban posiciones.

—¿Cuántos son? —preguntó Alessandro.

—No podemos saberlo todavía —respondió Matteo.

Otro disparo golpeó una ventana.

Marla apretó la mano de Alessandro.

—No me sueltes.

Él la miró.

—Jamás.

Su madre los observaba.

Por primera vez, había algo diferente en su rostro.

No miedo.

Determinación.

—Hay una salida por detrás.

Alessandro negó.

—No sabemos si está vigilada.

—Sí lo está.

—¿Cómo lo sabe?

Ella lo miró.

—Porque yo construí esta casa pensando precisamente en ellos.

Alessandro levantó una ceja.

—¿Tiene un túnel?

—Sí.

Marla abrió los ojos.

—¿Por qué todas las familias ricas tienen túneles secretos?

Alessandro la miró.

—No todas.

—La mía sí.

—Eso acabas de descubrirlo.

—Qué vergüenza.

A pesar de la tensión, Alessandro sonrió.

Su madre también.

—Sigues teniendo el mismo sentido del humor.

Marla la miró.

—¿Mamá?

—¿Sí?

—Luego hablamos de todo.

Su madre asintió.

—Lo prometo.

Entraron al túnel.

Era estrecho y oscuro.

Alessandro caminaba delante de Marla.

Su madre iba detrás.

—¿Cuánto falta? —preguntó Marla.

—Unos cinco minutos.

—¿Y si aparece una rata?

Alessandro se giró.

—¿En serio?

—Es una pregunta importante.

—Si aparece una rata, la enfrentaré.

Marla sonrió.

—Sabía que podía confiar en ti.

—¿No te dan miedo las balas, pero sí las ratas?

—Las balas no tienen bigotes.

Alessandro soltó una carcajada.

Su madre los observó desde atrás.

Y por un instante, después de tantos años de miedo, sintió paz.

Su hija estaba feliz.

Al llegar al otro extremo, encontraron los vehículos preparados.

Pero algo no estaba bien.

Matteo levantó la mano.

—Esperen.

Todos se detuvieron.

Había un automóvil estacionado a pocos metros.

—No estaba ahí antes.

Alessandro sacó su teléfono.

—Entonces tenemos compañía.

Una figura salió de la oscuridad.

—Alessandro.

Marla reconoció la voz.

—¿Tú?

Era uno de los hombres que había trabajado para Alessandro durante años.

El mismo hombre que había estado en el hospital.

El supuesto protector.

Alessandro lo miró con frialdad.

—Fuiste tú.

El hombre sonrió.

—Finalmente lo entendiste.

Marla se acercó a Alessandro.

—¿Él era el protector del que hablaba la carta?

Su madre respondió:

—Sí.

El hombre levantó su arma.

Pero antes de que pudiera apuntar...

Matteo lo desarmó.

Los hombres de Alessandro lo rodearon.

—Se acabó —dijo Matteo.

El traidor sonrió.

—No.

Alessandro se acercó.

—¿Quién te dio las órdenes?

El hombre guardó silencio.

—Habla.

—No importa.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque ya ganó.

—¿Quién?

El hombre miró hacia Marla.

—La persona que ustedes menos esperan.

Marla sintió un escalofrío.

—¿Quién?

El hombre sonrió.

—Tu padre.

Marla quedó inmóvil.

—Mi padre murió hace años.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Su madre cerró los ojos.

Alessandro la miró.

—¿Es verdad?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Marla sintió que las piernas le temblaban.

—¿Mi padre está vivo?

Su madre asintió.

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Mamá...

—Lo último que supe es que estaba trabajando con Gabriel.




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