El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 50

Capítulo 50

El hombre detrás del cristal

Marla no había dormido.

La fotografía seguía abierta en su teléfono.

Su padre.

Vivo.

Después de tantos años.

Había imaginado cientos de veces cómo sería volver a verlo, pero nunca así.

Nunca descubriendo que había estado escondido mientras ella crecía creyendo que lo había perdido.

Alessandro estaba sentado a su lado.

—¿Quieres hablar?

Marla negó.

—No sé qué decir.

—Entonces no digas nada.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que estoy feliz de saber que está vivo.

Alessandro la miró.

—Eso no está mal.

—Pero también estoy enojada.

—Eso tampoco está mal.

Marla suspiró.

—Y tengo miedo de conocerlo.

Alessandro tomó su mano.

—No tendrás que hacerlo sola.

Ella levantó la mirada.

—¿Tú vendrás conmigo?

—A cualquier lugar.

Marla sonrió.

—Eso sonó muy romántico.

—Lo era.

—Ah.

Se quedó pensativa.

—Entonces puedes repetirlo.

Alessandro soltó una carcajada.

—Eres imposible.

—Pero te gusto.

—Demasiado.

Su madre estaba sentada frente a ellos.

Había llegado el momento de contar toda la verdad.

—Tu padre se llama Gabriel Montero.

Marla abrió los ojos.

—¿Gabriel?

Alessandro frunció el ceño.

—¿El mismo Gabriel que estamos buscando?

Su madre asintió.

—Sí.

El silencio fue absoluto.

Marla miró a Alessandro.

—Entonces...

—Sí —respondió él—. El hombre que lleva meses intentando destruirme es tu padre.

Marla cerró los ojos.

—Esto ya parece una broma.

Alessandro le acarició la mano.

—Ojalá lo fuera.

—¿Y por qué quiere hacerme daño?

Su madre negó.

—No quiere hacerte daño.

Marla levantó la mirada.

—Entonces ¿qué quiere?

—Quiere recuperarte.

—¿Recuperarme?

Su madre asintió.

—Para él, siempre fuiste su hija. Pero también eres la heredera de algo que construimos antes de que nacieras.

Alessandro se inclinó hacia delante.

—¿Qué construyeron?

—Una red empresarial que terminó convirtiéndose en una organización mucho más grande de lo que jamás imaginamos.

Marla soltó una pequeña risa incrédula.

—¿Me estás diciendo que soy heredera de una organización criminal?

—No.

Su madre tomó su mano.

—Te estoy diciendo que tú eres la razón por la que tu padre nunca pudo destruirla.

Marla frunció el ceño.

—No entiendo.

—Porque tu padre puso todo a tu nombre.

Alessandro quedó sorprendido.

—¿Qué?

—Cuando naciste, Gabriel creó un fondo secreto. Empresas, propiedades y cuentas. Todo quedó protegido bajo tu identidad.

Marla abrió la boca.

—¿Yo?

—Sí.

—Pero yo ni siquiera sabía que existía.

—Esa era la idea.

Marla miró a Alessandro.

—Entonces soy rica y nunca me enteré.

Alessandro sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Tu talento para gastar en helado.

Marla le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡No es momento!

—Lo siento.

Ella intentó mantenerse seria.

No pudo.

Terminó riéndose.

Su madre los observó con una sonrisa.

—Me alegra verte así.

Marla la miró.

—¿Así cómo?

—Feliz.

La sonrisa de Marla desapareció lentamente.

—Lo soy.

Miró a Alessandro.

—Mucho.

Horas después, Alessandro recibió un mensaje.

«Quiero ver a mi hija.»

Número desconocido.

Debajo había una dirección.

Marla lo leyó.

—¿Es él?

—Sí.

—Entonces vamos.

Alessandro negó.

—Es peligroso.

—Lo sé.

—Podría ser una trampa.

—También lo sé.

—Marla...

Ella tomó su rostro entre las manos.

—Alessandro, llevo toda mi vida esperando respuestas.




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