Capítulo 52
La pieza que nunca debió existir
Marla permaneció inmóvil con el sobre entre las manos.
—¿Qué significa que fui la pieza que comenzó esta guerra?
Héctor no respondió inmediatamente.
Alessandro se colocó junto a ella.
—Creo que ya has causado suficientes secretos por un día.
Héctor lo miró.
—No tienes idea de lo que estás protegiendo.
Alessandro apretó la mandíbula.
—Entonces explícalo.
Marla levantó una mano.
—No.
Ambos la miraron.
—Esta vez quiero que me lo explique a mí.
Héctor asintió lentamente.
—Siempre fuiste más valiente de lo que pensábamos.
Marla hizo una pequeña mueca.
—No sé si valiente. Estoy bastante asustada.
Alessandro la miró.
—Pero sigues aquí.
—Porque tengo curiosidad.
Hizo una pausa.
—Y porque quiero saber por qué mi vida parece escrita por alguien con demasiado tiempo libre.
Alessandro soltó una risa.
Incluso Héctor sonrió.
—Tu madre también decía cosas así.
Marla bajó la mirada.
—Entonces cuéntame.
Héctor se sentó.
—Cuando naciste, tu padre y yo teníamos una organización empresarial que se extendía por varios países.
Marla frunció el ceño.
—¿Organización empresarial o mafia?
Héctor la miró.
—Ambas cosas terminaron mezclándose.
—Ah.
Marla asintió lentamente.
—Perfecto.
Alessandro murmuró:
—¿Qué?
—Nada. Solo estoy intentando procesar que mi familia aparentemente tenía un imperio criminal mientras yo estaba preocupada por mis tareas.
Alessandro sonrió.
—Eso explica por qué eres tan normal.
—Gracias.
—Era un cumplido.
—Lo sé.
Héctor continuó.
—Tu padre quería abandonar ese mundo.
—¿Por qué?
—Porque tu madre estaba embarazada.
Marla bajó la mirada.
—De mí.
—Sí.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Tu abuelo, mi padre, se opuso.
Marla levantó la cabeza.
—¿Tu padre?
Héctor asintió.
—El hombre al que ahora todos llaman el verdadero dueño de este imperio.
Alessandro intervino.
—¿Y qué quería de Marla?
Héctor lo miró.
—Que heredara todo.
Marla soltó una pequeña risa.
—Pues podría haberme preguntado. Yo habría dicho que no.
Alessandro sonrió.
—Probablemente.
—Definitivamente.
Héctor sacó una segunda fotografía.
Era una imagen de Marla recién nacida.
Su madre la sostenía.
Su padre estaba a su lado.
Y detrás de ellos estaba el abuelo de Héctor.
Marla sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Él estuvo allí.
—Sí.
—¿Me sostuvo?
—Sí.
—¿Y después qué hizo?
Héctor respiró profundamente.
—Te reclamó.
Marla frunció el ceño.
—¿Cómo que me reclamó?
—Dijo que eras su heredera.
Alessandro tomó suavemente la mano de Marla.
—Pero tus padres se negaron.
—Sí.
—Y por eso desaparecieron.
Héctor asintió.
—Tu madre huyó contigo.
—¿Y mi padre?
—Se quedó atrás para detenerlos.
Marla tragó saliva.
—¿Y tú?
Héctor bajó la mirada.
—Yo ayudé a tu madre.
—Entonces ¿por qué nunca me buscaste?
—Porque si te encontraba, ellos también podían encontrarte.
Marla guardó silencio.
Una lágrima cayó sobre su mejilla.
—Toda mi vida pensé que nadie me había buscado.
Héctor negó.
—No.
—¿Entonces?
—Tu padre te buscó durante años.
Marla cerró los ojos.
—¿Dónde está?
Héctor la miró.
—Eso es precisamente lo que quiero enseñarte.
Sacó una pequeña llave del bolsillo.
—¿Qué abre?
—Un lugar que tu padre construyó para ti.
Marla tomó la llave.
—¿Dónde?
Héctor señaló hacia la calle.
—A unos kilómetros de aquí.
Alessandro se puso de pie.
—Vamos.
Héctor negó.
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Editado: 04.09.2026