El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 53

Capítulo 53

No fue casualidad

Marla volvió a leer aquella frase.

«Desde el día que naciste, él supo que tú y Alessandro estaban destinados a encontrarse.»

—No entiendo.

Alessandro tomó la carta.

—Yo tampoco.

Marla lo miró.

—¿Y si nuestro encuentro fue planeado?

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque cuando te conocí, ni siquiera sabía quién eras.

Ella bajó la mirada.

—Pero alguien pudo haberlo sabido.

Alessandro se quedó pensativo.

—Entonces tenemos que descubrir quién.

Héctor permanecía en silencio junto a la puerta.

—Hay algo que deben entender.

Marla se giró.

—¿Qué?

—Tu abuelo no creía en el amor.

—Entonces, ¿por qué estaba tan interesado en nosotros?

Héctor respondió:

—Porque creía en el poder de los vínculos.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Qué vínculo?

—Las familias Montero y De Luca fueron aliadas durante décadas. Tu abuelo pensaba que un matrimonio entre ambas familias podía unir definitivamente los dos imperios.

Marla abrió los ojos.

—Espera.

Miró a Alessandro.

—¿Estás diciendo que querían casarnos?

—No exactamente —respondió Héctor—. Querían que ustedes crecieran creyendo que estaban destinados a estar juntos.

Marla soltó una risa incrédula.

—Bueno... eso salió mal.

Alessandro levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque nadie tuvo que obligarme.

Él sonrió.

—¿No?

Marla negó.

—Me enamoré de ti solita.

Alessandro se acercó.

—Yo también.

Héctor sonrió discretamente.

—Y ese era precisamente el problema.

Marla miró el medallón.

Era pequeño, antiguo y tenía una letra grabada.

M.

—¿Qué significa?

Héctor respondió:

—Era de tu abuela.

Marla lo abrió.

Dentro había una fotografía diminuta.

Una mujer joven.

Su abuela.

Y a su lado...

un hombre.

Marla lo reconoció.

—Mi abuelo.

Héctor asintió.

—Antes de convertirse en quien es ahora, fue diferente.

—¿Qué le pasó?

—El poder.

Marla cerró el medallón.

—Siempre termina siendo el poder.

Alessandro la observó.

—¿Qué piensas hacer?

Ella respiró profundamente.

—Quiero conocerlo.

Héctor se sorprendió.

—¿A tu abuelo?

—Sí.

—Es peligroso.

—Todo en mi vida es peligroso últimamente.

Alessandro intervino:

—No irás sola.

Marla sonrió.

—Ya sé.

Esa noche, en la casa segura, Marla estaba sentada en el sofá leyendo nuevamente las cartas.

Alessandro apareció con dos tazas.

—Té.

Marla lo miró.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí.

Ella tomó un sorbo.

—Está bueno.

—Gracias.

—Aunque le falta azúcar.

—Sabía que dirías eso.

Sacó un pequeño recipiente del bolsillo.

Marla abrió los ojos.

—¿Trajiste azúcar?

—Te conozco.

Ella sonrió.

—Eso es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque cada día me gustas más.

Alessandro dejó la taza sobre la mesa.

—Marla.

—¿Sí?

—No importa lo que descubramos.

Se acercó.

—No importa quién sea tu familia.

Tomó su rostro entre las manos.




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