El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 56

Capítulo 56

El traidor

Las luces de los automóviles atravesaban las ventanas.

Una.

Dos.

Cinco.

Demasiadas.

Marla permanecía junto a Alessandro, observando cómo los vehículos rodeaban lentamente la casa.

—¿Cuántos son? —preguntó.

Matteo miró por una de las ventanas.

—Al menos veinte.

—Perfecto.

Alessandro la miró.

—¿Perfecto?

—Sí.

Ella respiró profundamente.

—Porque si eran tres, probablemente podía fingir que todo estaba bien.

Él soltó una pequeña sonrisa.

—Esa es mi princesa.

—No me llames así cuando estoy intentando ser valiente.

—Precisamente por eso.

Un disparo rompió el silencio.

El cristal de una ventana estalló.

Alessandro reaccionó inmediatamente.

—¡Al suelo!

La tomó de la cintura y la llevó detrás de una pared.

Marla cayó de rodillas.

—¡Estoy bien!

—Quédate aquí.

—¡No!

—Marla.

Ella lo miró.

—No vuelvas a decirme que me quede escondida.

Alessandro apretó la mandíbula.

—No quiero que te pase nada.

—Y yo tampoco quiero que te pase nada.

Se quedaron mirándose.

—Entonces no te alejes de mí —dijo ella.

Él asintió.

—Nunca.

---

Los hombres de seguridad comenzaron a moverse por la casa.

Matteo recibió instrucciones rápidamente.

—Hay entradas bloqueadas.

—¿Cuántas salidas? —preguntó Alessandro.

—Dos.

—¿La segunda?

—Está detrás de la biblioteca.

El anciano negó.

—No.

Todos se giraron.

—Esa salida no existe.

Matteo frunció el ceño.

—¿Está seguro?

—Construí esta casa.

—Entonces debería saberlo.

—Y te estoy diciendo que no existe.

Marla observó al hombre.

Algo no encajaba.

Había visto aquella expresión antes.

La misma que había visto cuando le preguntó quién estaba detrás de la guerra.

Una mezcla de miedo y secreto.

Se acercó.

—¿Qué estás ocultando?

Él la miró.

—Nada.

—Mientes.

Alessandro la observó sorprendido.

—Marla...

—No.

Ella mantuvo los ojos sobre su abuelo.

—Desde que llegamos has estado evitando responder ciertas preguntas.

—Intento protegerte.

—Eso es exactamente lo que todos dicen.

Silencio.

—Mi padre decía que quería protegerme.

—Sí.

—Mi madre también.

—Sí.

—Y todos terminaron ocultándome cosas.

El anciano bajó la mirada.

—Porque eras demasiado joven.

—Ya no lo soy.

Marla respiró profundamente.

—Quiero toda la verdad.

Un nuevo disparo sacudió la casa.

Pero esta vez nadie se movió.

El anciano cerró los ojos.

—Hay un túnel.

Alessandro inmediatamente levantó la mirada.

—¿Dónde?

—Debajo de la biblioteca.

Marla cruzó los brazos.

—¿Y por qué dijiste que no existía?

No respondió.

—¿Por qué?

—Porque ese túnel no lleva afuera.

—¿A dónde lleva?

El anciano la miró.

—A la antigua propiedad De Luca.

Alessandro quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—No.

El anciano negó.

—Es uno de los secretos que tus padres utilizaron para escapar.

Alessandro miró a Marla.

—Entonces nuestras familias estaban conectadas mucho antes de que nosotros naciéramos.

—Sí.

Marla sintió un escalofrío.

—Cada vez que creo que ya no puede ser peor...

Alessandro tomó su mano.

—No termines esa frase.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

—Porque siempre termina siendo peor.

Marla soltó una risa nerviosa.

—Gracias por el apoyo.

---

La biblioteca estaba al fondo del pasillo.

El anciano abrió una puerta secreta detrás de un estante.

Una escalera descendía hacia la oscuridad.

—Primero Marla —ordenó Alessandro.




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