El Manantial. Serie Ranchos Nº 2

Capítulo 1

Andrea González camina de un lado a otro con un documento en las manos, es la n informe donde se le notifica una alarmante cifra de dinero que debe pagar.

Está muy preocupada porque el rancho está presentando pérdidas muy grandes y si eso sigue así le hará fracasar en su ambicioso proyecto por el que luchado con todas sus fuerzas.

—¡Dios mío!— gritó furiosa al mirar nuevamente el documento y frustrada coloca el papel en el escritorio y sale de la oficina.

El sonido del repicar de los tacones de sus botas polvorientas sonaban haciendo eco en el mosaico de la lujosa hacienda.

Llegó al pórtico y a todo pulmón gritó.

—¡Martín!—  miraba hacia una de las cabañas que estaba a lo lejos y esperaba para ver si alguien se asomaba. — ¡Martín ven por favor!— al verlo le hace señas con la mano.

Martín Díaz era el capataz y el veterinario del rancho, y era el hombre en el que confiaba la joven Andrea. Era un hombre alto y moreno salió, y caminó con paso ligero para acercarse pronto a ella.

—Buenas tardes, señorita dígame usted —  él la miraba con cariño.

—¿Martín cuando llega el nuevo administrador?—  lo miraba fijo. — sabes que estoy en problemas —  se agarró la cabeza desesperada por la preocupación.

—Tranquila niña — él dio una calada al cigarrillo que tenía entre los dedos y luego expulsó el humo tranquilamente  — usted sabe que el patrón dijo que en estos días él llegaba.

—¿Y tú no lo conoces? —  estaba muy preocupada y nerviosa por todo el enredo que ella tenía en la hacienda, tenía que rendirle cuentas a Roberto su cuñado, que fue la persona que le prestó la hacienda para que ella pudiera implementar el proyecto que tanto había soñado de los niños  — necesito mucha ayuda y ¿Tú reemplazo ya lo conseguiste? —  lo interrogó con interés.

—No señorita, el patrón dijo que el nuevo administrador se encargaría de todo cuando él llegara — la miraba fijamente  — tranquila niña —  trataba de fortalecerla. El hombre botó el cigarrillo y lo piso con la punta de su bota.  —  el patrón tiene todo controlado, él sabe lo que hace.

Sus enormes ojos azules lo miraban muy angustiada. Suspiró. No estaba tranquila ni cerca de eso, pues el rancho que Roberto le había prestado estaba prácticamente arruinado, gracias a su mala dirección. Y si el veterinario también se iba, estaría en graves problemas.

—¿Martín cuando es tu matrimonio? — Martín Díaz se había mostrado muy paternal con ella apoyándola en todo, no porque fuera un viejo, él sólo contaba con treinta y cinco años, pero parecía un viejo en la forma de tratar y aconsejarla y era algo que a ella le gustaba porque la hacía sentir segura y tranquila.

—Dentro de un mes niña — se rascó la cabeza sonriendo —niña le recuerdo que mañana es la fiesta de integración de la empresa Diko para los rancheros de los alrededores de San Onofre y Salamina.

La empresa Diko estaba en la región ayudando a los rancheros que tenían tierras y no las podían cultivar era una empresa pionera en cultivos energéticos y biocombustibles.

Este emporio había sacado de la ruina a la región de Salamina y ahora le iba a tender las manos a los agricultores y ganaderos de esa región. La fiesta era para unir lo se lazos de las dos regiones.

—Es de disfraces y será muy divertido —  arqueó las cejas en forma de broma — ¿Usted va a ir?

—Eso me han dicho. Si voy a ir para tratar de relajarme un poco, realmente necesito un respiro —  le sonrío. Comenzó a caminar y era seguida por ella —  me voy a disfrazar de sirena enmascarada — río al verle la cara a él que fruncía el ceño.

—¿Y va a llegar sola? — le preguntó él con curiosidad porque él sabía que ella a veces salía con el doctor Miguel.

—No, voy con Betty— ella ríe al verle la cara al hombre.

—Con la loquilla de Betty espero que no la meta en líos otra vez  —  recordó un evento pasado cuando Betty la presentó a un amigo y éste pensó que Andrea era una chica fácil y trató de sobrepasarse con ella, y todo terminó en un caos y golpes.

Llegaron juntos caminando hasta un establo y él la miro  — niña puedo ausentarme en la tarde, hoy viene un amigo y me gustaría charlar con él.

— Si todo lo tienes listo puedes ir — pensaba ella en el nuevo veterinario que lo reemplazaría a él.

—Sí ya tengo todo listo hasta los papeles. Además yo no me voy enseguida me quedo como un mes más — le informó para tranquilizarla.

—Bueno entonces vete y nos vemos mañana en la fiesta — dijo ella sonriendo y se despidió con la mano.

 

Andrea era una joven que ya casi cumple sus veintitrés años, sus cabellos largos, hasta las caderas negros azabache, lo cual contrastaba con el azul intenso de sus ojos. No era muy alta tan sólo media un metro sesenta y seis y era algo que la hacía sentir incómoda, ya que su hermana medía un metro setenta y dos, su rostro ovalado era dulce al mirar, ojos grandes cercado por unas pestañas largas y abundantes era lo que más llamaba la atención a los hombres.

Cada una de sus curvas son definidas por el pantalón entallado dejando ver la pequeña cintura y sus redondas cadera. Suspiró pensativa en el problema aun   tenia. Era una chica solitaria y muy tímida no le gustaba estar en compañías masculinas.

Pues su corazón se había enamorado de un hombre que él nunca la miró como una mujer y eso a ella le dolió, marcándola  y cerrándose para el amor.

El gran hermano adoptivo de su cuñado, él siempre la rechazó porque la consideraba una mujer caprichosa e inmadura. La despreciaba tanto que a él se le notaba siempre cuando estaban juntos. Estos recuerdos la hirieron nuevamente.

—¡Basta de pensar en él— se reprendió mentalmente, botando una bocanada de aire.

Eso a ella no la detenía para seguir amándolo. La última vez que ella lo vio fue cuando su prometida murió, pero esa muerte lo volvió amargado e insufrible.




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