Claudia Valdés escribía sobre el amor.
Sobre el amor que llega cuando una ya no lo espera, sobre hombres que aprenden a escuchar después de cuarenta capítulos y sobre mujeres que, por algún motivo que todavía no había conseguido explicar ni siquiera a sí misma, acababan creyendo otra vez en aquello de las mariposas, los besos bajo la lluvia y las segundas oportunidades.
Era curioso, porque Claudia, en la vida real, desconfiaba bastante de todo eso.
No del amor exactamente.
Del espectáculo alrededor.
De las promesas dichas demasiado pronto, de las fotos bonitas con pies de foto todavía más bonitos y de esa necesidad moderna de demostrarle al mundo que una era feliz incluso cuando llevaba tres días sin dormir y tenía el lavavajillas pitando desde las siete de la mañana.
Claudia tenía cuarenta y nueve años, una hija de veintitrés, un exmarido con el que se llevaba razonablemente bien y una carrera como escritora que, contra todo pronóstico, empezaba a irle bastante mejor de lo que había planeado.
También tenía un marido.
El pequeño inconveniente era que no existía.
—Mamá, algún día vas a tener que explicarme cómo has llegado hasta aquí.
Martina estaba apoyada en la encimera de la cocina con una taza de café entre las manos y esa expresión tan suya de estar a medio camino entre la curiosidad y el juicio.
Claudia ni siquiera levantó la vista del portátil.
—¿Hasta dónde?
—Hasta tener un marido que no existe.
—Ah.
—Sí, ah.
Claudia cerró el documento que estaba corrigiendo y se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—No fue premeditado.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
—Empezó con una entrevista.
—Claro.
—Me preguntaron por mi vida personal.
—Y tú, en vez de decir “prefiero no hablar de eso”, decidiste casarte.
—No exactamente.
Martina dio un sorbo al café.
—Estoy deseando escuchar la versión exacta.
Claudia se llevó una mano al pelo y apartó un mechón cobrizo de la cara. Tenía esa melena pelirroja que había sido motivo de comentarios desde que tenía uso de razón. De pequeña la odiaba. De adolescente quiso teñírsela de negro. A los veinte decidió que bastante tenía una con la vida como para pelearse también con su propio pelo.
Ahora lo llevaba largo, abundante y con ondas que parecían cuidadosamente pensadas aunque casi siempre fueran fruto de dormir con él todavía húmedo.
—La periodista me preguntó si estaba enamorada.
—Y tú dijiste que sí.
—No.
—Peor.
—Dije que era muy feliz.
Martina la miró en silencio.
—¿Y eso automáticamente te convirtió en esposa?
—Luego preguntó si compartía mi vida con alguien.
—Y tú…
—Dije que sí.
—Mamá.
—Fue una respuesta rápida.
—¿Y después?
—Después otra revista recogió la entrevista, alguien escribió que estaba casada y cuando quise darme cuenta…
Martina alzó las cejas.
—Tenías marido.
—Más o menos.
—No, mamá. No más o menos. O tienes marido o no tienes marido.
—Pues yo he conseguido una tercera opción.
Martina soltó una carcajada.
—Es que eres increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Claudia sonrió.
Martina era la única persona, junto con Lucía, que conocía la historia completa.
Álvaro, su exmarido, sabía obviamente que Claudia no se había vuelto a casar. Pero, como apenas seguía sus entrevistas y tenía la sana costumbre de no interesarse demasiado por la vida mediática de su exmujer, todavía no era consciente de que en algún rincón de Internet existía un hombre perfectamente casado con ella que jamás había nacido.
Claudia llevaba ocho años divorciada.
Ocho años en los que había aprendido a dormir atravesada en la cama, a reservar mesa para una sin sentir que el camarero iba a llamar a servicios sociales y a no contestar preguntas cuya respuesta no le apetecía dar.
No estaba traumatizada.
No odiaba a los hombres.
No tenía un altar dedicado a su independencia.
Simplemente le gustaba su vida tal y como estaba.
Escribía por las mañanas, corregía por las tardes, viajaba cuando le apetecía y podía pasarse un domingo entero leyendo en el sofá sin que nadie le preguntara qué había para cenar.
Eso, para ella, se parecía bastante a la felicidad.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Lucía.
Claudia lo miró y resopló.
—Ahí viene la voz de mi conciencia.
—No, tu voz de la conciencia soy yo.
—Tú eres la voz que me recuerda que estoy vieja.
—Tienes cuarenta y nueve.
—Exacto.
—Eso no es estar vieja.
—Pero ya me entiendes cuando digo que me duele una rodilla sin preguntarme cuál.
Martina sonrió.
Claudia cogió el teléfono.
—Buenos días, Lucía.
—No.
Claudia apartó el móvil de la oreja y miró la pantalla, como si pudiera comprobar que había llamado a la persona correcta.
—¿No qué?
—No son buenos días.
—Son las nueve y cuarto.
—El horario no convierte un día en bueno.
—Qué optimista estás.
—Tenemos un problema.
Claudia cerró los ojos.
Lucía siempre decía “tenemos un problema” cuando el problema era exclusivamente de Claudia.
—¿Qué ha pasado?
—Madrid.
—Madrid lleva ahí muchos años, Lucía. No creo que sea culpa nuestra.
—No empieces.
Martina levantó la mirada, interesada.
—¿Qué pasa con Madrid?
—La semana que viene tienes la presentación de la nueva edición, la entrevista del suplemento cultural y la cena con la editorial.
—Sí, eso ya lo sé.
—No, no lo sabes.
—Pues ilumíname.
Hubo un silencio al otro lado.
Claudia conocía ese silencio.
Era el silencio de Lucía contando mentalmente hasta diez para no insultarla.
—Van a hacer un perfil sobre ti.
—Qué ilusión.
—Personal.
—Menos ilusión.
—Quieren fotos más íntimas. Hablar de tu vida, de tus rutinas, de Sevilla…