El marido que me inventé

Capítulo 2 — El problema de inventarse una vida perfecta

Claudia había descubierto que había dos tipos de personas en una estación de tren.

Las que llegaban con tiempo.

Y las que llegaban con la dignidad justa para no tirarse al suelo a llorar.

Ella pertenecía al segundo grupo.

—Como pierda el tren, te juro que no voy —dijo, con el móvil atrapado entre la oreja y el hombro mientras arrastraba una maleta pequeña por Santa Justa.

—Vas a ir —respondió Lucía al otro lado—. Y además vas a llegar.

—Me encanta la fe que tienes en mí.

—No es fe. Estoy mirando la aplicación y todavía no ha salido.

Claudia esquivó a una familia entera plantada delante del panel de salidas como si acabaran de descubrir la electricidad.

—¿Ves? Eso es control.

—Eso es supervivencia.

—¿Llevas todo?

—Sí.

—¿El portátil?

—Sí.

—¿Los documentos de la editorial?

—Sí.

—¿La invitación de la cena?

—Sí.

—¿Un marido?

Claudia frenó en seco.

Una señora que venía detrás estuvo a punto de estamparse contra ella.

—Lucía.

—Pregunto por cerrar la lista.

—No tengo marido.

—Ese dato lo manejo.

—Pues deja de insistir.

—Quedan seis días para la entrevista.

Claudia volvió a caminar.

—En seis días pueden pasar muchas cosas.

—Esa frase me da miedo viniendo de ti.

—A mí también un poco.

Colgó antes de que Lucía pudiera añadir nada más.

Miró el panel.

Madrid-Puerta de Atocha.

Vía 2.

Bien.

Todavía podía fingir que tenía la vida bajo control.

Subió al tren, encontró su coche y localizó su asiento junto a la ventana. Guardó la maleta, dejó el bolso a sus pies y se sentó con el alivio de quien acaba de ganar una batalla que nadie más sabía que estaba librando.

Sacó el móvil.

Tres mensajes de Martina.

MARTINA: ¿Has llegado?

MARTINA: Mamá.

MARTINA: Si te has casado antes de subir al tren avisa.

Claudia sonrió.

CLAUDIA: Estoy dentro.

La respuesta llegó enseguida.

MARTINA: ¿Del tren o del matrimonio?

Claudia bloqueó el teléfono.

Había criado a una insolente.

Y probablemente se lo merecía.

Dos vagones más adelante, Ricardo Ferrer revisaba por cuarta vez el correo que había recibido esa mañana.

No porque esperara que el contenido hubiera cambiado.

Sino porque cuando algo importaba demasiado, releerlo daba la falsa sensación de que una todavía podía hacer algo.

Javier Montoro — Fundación Santa Clara

Gracias por venir a Sevilla. Valoraremos tu propuesta junto con las otras dos candidaturas y te daremos una respuesta en los próximos días.

Ricardo apoyó la cabeza en el asiento.

Una frase perfectamente educada para decir absolutamente nada.

La reunión no había ido mal.

Eso era lo peor.

Si hubiera salido mal, podría haberse enfadado, asumirlo y pasar página.

Pero había salido bien.

Habían preguntado.

Habían tomado notas.

Habían mostrado interés en la propuesta de recuperar la estructura original del edificio sin convertirlo en un decorado sin alma.

Y aun así, Ricardo no sabía si estaba dentro o fuera.

Miró por la ventana mientras el tren empezaba a moverse.

Había venido a Sevilla con una presentación impecable, planos revisados hasta las dos de la mañana y la incómoda sensación de que llevaba meses queriendo demasiado ese proyecto.

No era el más grande de su carrera.

Ni el mejor pagado.

Pero sí era uno de esos trabajos que, de vez en cuando, aparecían y recordaban por qué uno había elegido una profesión antes de que la profesión se llenara de presupuestos, reuniones y clientes que pedían “algo moderno, pero clásico”.

Santa Clara era otra cosa.

Un edificio con historia.

Paredes que habían sobrevivido a más vidas de las que cualquiera podía contar.

Un patio casi abandonado.

Una galería superior que todavía conservaba parte de la carpintería original.

Y una posibilidad real de devolverle vida sin borrarle la memoria.

Ricardo quería hacerlo.

Quizá demasiado.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje de Vega.

VEGA: ¿Ya vuelves?

RICARDO: Sí.

Tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

VEGA: Vale.

Ricardo observó la pantalla unos segundos.

“Vale”.

Veintiún años criando a una persona para acabar manteniendo conversaciones de una sílaba.

La maternidad y la paternidad deberían venir con una advertencia.

Durante los primeros años, su hijo hablará sin parar. Más adelante, pagará usted cualquier cantidad por conseguir una frase completa.

Guardó el móvil.

La relación con Vega llevaba meses rara.

No rota.

Rara.

Que a veces era peor.

Porque cuando algo se rompe al menos se ve.

Lo suyo era una distancia pequeña, casi invisible, que se había ido instalando entre llamadas pospuestas, cenas canceladas y demasiadas veces diciendo “esta semana imposible”.

Ricardo sabía perfectamente cuál era su parte de culpa.

Lo que no sabía era cómo arreglarla sin que pareciera una reunión de trabajo.

Se levantó y caminó hacia la cafetería.

Necesitaba café.

Y quizá dejar de pensar durante diez minutos.

Claudia había abierto el portátil con la intención firme de trabajar.

Veinte minutos después había contestado dos correos, mirado tres veces las redes sociales y buscado “cómo desmentir discretamente un matrimonio inexistente”.

Internet no había resultado especialmente útil.

Los resultados iban desde abogados matrimonialistas hasta una página que explicaba cómo detectar si tu pareja llevaba una doble vida.

Claudia cerró el navegador.

—Fantástico.

La mujer sentada al otro lado del pasillo levantó la vista.

—Perdón.

—No pasa nada.

Claudia decidió que necesitaba café.

Se levantó, cogió el móvil y caminó hacia la cafetería.




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