Claudia había conocido hombres de muchas clases.
Hombres encantadores que dejaban de serlo en cuanto conseguían lo que querían.
Hombres que decían no querer nada serio y tres semanas después preguntaban dónde estaba la relación.
Hombres divorciados que seguían hablando de su exmujer con una frecuencia que hacía sospechar que, en realidad, la divorciada era ella.
Y hombres que utilizaban fotografías de hacía quince años en las aplicaciones de citas.
Pero nunca, hasta aquel momento, había conocido a un hombre que se sentara delante de ella en un AVE y le ofreciera convertirse en su marido.
—Le advierto que si esto termina con usted intentando venderme una multipropiedad, me bajo en Córdoba.
Ricardo sonrió.
—No vendo multipropiedades.
—Bien. Ya tenemos algo.
—Soy arquitecto.
—Eso todavía no sé si mejora la situación.
—Normalmente sí.
—Depende del arquitecto.
Ricardo apoyó los antebrazos sobre la mesa que separaba sus asientos.
Claudia lo observó con atención.
No parecía un loco.
Aunque, pensándolo bien, probablemente los locos tampoco llevaran un cartel.
Debía de rondar los cincuenta. Pelo oscuro con algunas canas en las sienes, camisa blanca sin corbata, americana azul marino y esa forma tranquila de mirar que empezaba a ponerla un poco nerviosa.
No porque fuera especialmente intimidante.
Porque parecía estar analizándola.
—Vamos a empezar de nuevo —dijo Claudia—. Usted es Ricardo…
—Ferrer.
—Arquitecto.
—Sí.
—Su hija lee mis novelas.
—Todas.
—Menos mal que alguien en su familia tiene criterio.
Ricardo arqueó una ceja.
—Yo no he dicho que no lo tenga.
—Ha confesado que empezó uno y no lo terminó.
—Había demasiadas páginas.
Claudia abrió la boca.
—Eso es lo que suelen tener los libros.
—Y demasiada gente pensando en sus sentimientos.
—Es novela romántica.
—Lo sé.
—¿Y qué esperaba? ¿Un asesinato?
—Habría animado bastante el capítulo.
Claudia tuvo que contener una sonrisa.
—Vale. Su hija tiene buen gusto y usted no. Continúe.
—He venido a Sevilla por trabajo.
—Eso también lo sé.
Ricardo la miró.
—No, eso no lo sabe.
—Ha dicho que es arquitecto y está en un tren Sevilla-Madrid un miércoles. O vive aquí, o trabaja aquí, o ha venido a ver la Giralda y le ha parecido suficiente por una mañana.
—He venido por una reunión.
—Ajá.
—Sobre un proyecto de rehabilitación.
Claudia cogió el vaso de café y dio un sorbo.
—Sigue sin explicar por qué quiere convertirse en mi esposo.
—Llegaremos.
—Procure hacerlo antes de Madrid.
Ricardo sonrió otra vez.
A Claudia empezaba a molestarle que pareciera divertirse tanto.
—El proyecto es en Sevilla.
—Eso suele pasar cuando uno rehabilita un edificio que está en Sevilla.
—Palacio de Santa Clara.
Claudia dejó el café sobre la mesa.
Despacio.
—¿Santa Clara?
Ricardo asintió.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Claudia recordó la llamada de Javier.
El dossier.
Ferrer Arquitectura.
Miró a Ricardo.
Luego cogió el móvil.
Abrió el correo.
Documentación Santa Clara.
Tocó la pantalla.
Tres propuestas.
Deslizó hasta encontrar la que buscaba.
FERRER ARQUITECTURA — MADRID.
Levantó los ojos.
—Ah.
—Exacto.
—Usted es Ferrer.
—Eso llevo intentando explicarle desde que me he sentado.
Claudia volvió a mirar el documento.
Había una fotografía pequeña en la primera página.
El mismo hombre.
Con traje.
Más serio.
Menos insolente.
—Ha escuchado mi conversación con Javier.
—Una parte.
—Y ha escuchado la conversación con Lucía.
—Prácticamente toda.
—Magnífico.
—No estaba espiándola.
—No. Solo estaba casualmente escuchando las dos conversaciones privadas que podían resultarle útiles.
—Cuando lo dice así suena peor.
—Porque es peor.
Ricardo se echó hacia atrás.
—Podría haberme quedado sentado sin decir nada.
—Eso habría sido precioso.
—Pero pensé que quizá podíamos ayudarnos.
Claudia cruzó los brazos.
—Ya hemos llegado al negocio.
—No exactamente.
—Ricardo, usted quiere un proyecto.
—Sí.
—Yo conozco a Javier.
—Sí.
—Y casualmente me falta un marido.
—También.
—No hace falta ser escritora romántica para saber sumar dos y dos.
—No quiero que consiga el proyecto por mí.
La respuesta llegó tan rápida que Claudia dejó de sonreír.
Ricardo continuó.
—Ni quiero que presione a nadie. Ni que recomiende mi estudio sin haber visto la propuesta. Si consigo Santa Clara será porque mi proyecto es el mejor.
Claudia lo miró unos segundos.
—Entonces, ¿qué quiere de mí?
—Que lo mire.
—¿El proyecto?
—Sí.
—¿Y?
—Que me diga qué falla.
Claudia frunció el ceño.
—Yo no soy arquitecta.
—Precisamente.
Ricardo sacó el teléfono, buscó algo y lo dejó encima de la mesa.
Era una fotografía del edificio.
Un patio antiguo.
Paredes desgastadas.
Columnas.
Vegetación creciendo donde no debía.
Una belleza algo triste.
Claudia conocía el lugar, aunque hacía años que no entraba.
—Santa Clara no necesita solamente rehabilitación —dijo Ricardo—. La fundación quiere convertirlo en un espacio cultural. Exposiciones, encuentros, literatura, música, residencias artísticas. Los arquitectos podemos diseñar el edificio. Pero no siempre sabemos diseñar lo que ocurre dentro.
—¿Y usted quiere mi opinión?
—Javier quiere la suya.
Claudia lo miró.
—Eso también lo ha escuchado.
—Sí.
—Tiene usted un oído estupendo.
—Gracias.
—No era un cumplido.