El marido que me inventé

Capítulo 4 — La representante conoce al marido

Capítulo 4 — La representante conoce al marido

Lucía Ortega llevaba quince años representando escritores.

Había negociado contratos, mediado entre autores y editoriales, solucionado crisis provocadas por publicaciones impulsivas en redes sociales, evitado entrevistas desastrosas y una vez había conseguido retrasar una presentación porque el escritor protagonista estaba encerrado en el baño de un hotel convencido de que había perdido la capacidad de hablar.

Pensaba que lo había visto todo.

Hasta que Claudia Valdés entró en su despacho diciendo:

—He encontrado marido.

Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Despacio.

—No.

—Ni siquiera sabes quién es.

—No necesito saberlo.

—Eso es prejuicio.

—Eso es experiencia.

Claudia dejó la maleta junto al sofá y se quitó la chaqueta.

Había llegado al hotel hacía media hora, había dejado las cosas a toda velocidad y había ido directamente a ver a Lucía porque sabía perfectamente que, si esperaba hasta el día siguiente, acabaría inventándose alguna excusa.

—Se llama Ricardo Ferrer.

Lucía no reaccionó.

—Arquitecto.

Nada.

—Cincuenta y dos años.

Lucía seguía mirándola.

—Divorciado.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

—Me lo ha dicho.

—¿Cuándo?

Claudia se sentó frente a ella.

—En el tren.

Lucía cerró los ojos.

—Por favor, dime que no has conocido a un hombre en el AVE y has decidido convertirlo en tu marido.

—No exactamente.

—Claudia.

—Él se ha ofrecido.

Lucía volvió a abrir los ojos.

—Peor.

—No tiene por qué.

—Un desconocido ha escuchado que necesitas fingir un matrimonio y voluntariamente ha dicho “qué buena idea, participo”.

—Dicho así…

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Con menos dramatismo.

Lucía se levantó de la silla.

—¿Quién es?

—Te lo acabo de decir.

—No. Quiero saber quién es de verdad.

—Arquitecto. Tiene un estudio en Madrid. Ha venido a Sevilla por un proyecto.

—¿Qué proyecto?

Claudia tardó medio segundo en contestar.

Lucía lo vio.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué proyecto?

—Santa Clara.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa.

—¿El Palacio de Santa Clara?

—Sí.

—¿El proyecto en el que está Javier Montoro?

—Sí.

—¿El Javier Montoro con el que tú tienes relación?

—Relación profesional.

—Me da igual el tipo de relación. ¿El mismo?

—Sí.

Lucía empezó a caminar por el despacho.

—Perfecto.

—No sé por qué dices perfecto si tu cara dice exactamente lo contrario.

—Porque estoy intentando no decir otra cosa.

Claudia suspiró.

—No quiere que yo le consiga el proyecto.

—Claro.

—De verdad.

—Claudia, por favor.

—Solo quiere que mire su propuesta.

—Que casualmente ya ibas a mirar porque Javier te lo ha pedido.

—Exacto.

—Entonces, ¿qué gana él?

—Nada.

Lucía se detuvo.

—Eso me preocupa todavía más.

Claudia apoyó la barbilla en una mano.

—Su hija es fan mía.

—¿Eso es todo?

—Y quiere que la conozca.

Lucía la miró.

—Voy a repetir la pregunta.

—Sé lo que vas a decir.

—¿Qué gana él?

—He dicho que nada.

—Y yo te digo que los hombres que no ganan nada suelen querer ganar algo.

—Qué romántica eres.

—Por eso no escribo novela romántica.

Claudia sonrió.

—Ricardo no me ha dado mala espina.

—A ti tampoco te dio mala espina aquel hombre que tenía dos novias.

—Una era técnicamente su ex.

—Que vivía en su casa.

—Fue una confusión logística.

Lucía se llevó una mano a la frente.

—Necesito conocerlo.

—Lo imaginaba.

—Hoy.

—Está trabajando.

—Me da igual.

—Lucía.

—Si ese hombre va a sentarse contigo en una cena delante de gente que lleva años siguiéndote, quiero verlo antes.

—No eres mi madre.

—No. Tu madre sería bastante más suave.

Claudia sacó el móvil.

Tenía el número de Ricardo guardado.

Lo miró durante unos segundos.

—Dijo que no lo llamarías —dijo Lucía.

Claudia levantó la mirada.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque te conozco.

—Le dije que probablemente no lo llamaría.

—Exactamente.

—No es lo mismo.

—Llámalo.

Claudia abrió WhatsApp.

Escribió:

CLAUDIA: Hola.

Borró.

Demasiado seco.

Escribió:

CLAUDIA: Soy Claudia Valdés.

Borró.

Evidente.

Escribió:

CLAUDIA: Mi representante quiere conocerte.

Se quedó mirando la frase.

Lucía se acercó por detrás.

—No parece una citación judicial.

—Porque todavía no ha respondido.

Envió.

Pasaron veinte segundos.

Treinta.

Un minuto.

Claudia dejó el móvil boca abajo.

—Estará ocupado.

—Claro.

—No tiene por qué contestar inmediatamente.

—No he dicho nada.

—Tu silencio dice cosas.

El móvil vibró.

Claudia lo cogió demasiado rápido.

RICARDO: Eso suena amenazante.

Claudia sonrió.

CLAUDIA: Lo es un poco.

La respuesta llegó enseguida.

RICARDO: ¿Cuándo?

Claudia miró a Lucía.

—Dice cuándo.

—Ahora.

—No.

—Claudia.

—Son casi las siete.

—Perfecto. La gente normal sigue viva a esta hora.

Claudia escribió:

CLAUDIA: Estamos en el despacho de Lucía. ¿Puedes venir?

Un minuto después:

RICARDO: Dame cuarenta minutos.

Claudia levantó la pantalla.

Lucía asintió.

—Bien.

—No pongas cara de interrogatorio.

—No estoy poniendo cara de interrogatorio.

—Pareces de Hacienda.

—Mejor.

Ricardo llegó cuarenta y cinco minutos después.




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