A las once de la mañana siguiente, Claudia descubrió que inventarse un matrimonio era bastante más complicado que inventarse una novela.
En una novela, si un detalle no encajaba, podía borrarlo.
En la vida real, Lucía lo apuntaba en una libreta y la miraba como si hubiera cometido un delito.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Claudia miró a Ricardo.
Ricardo miró a Claudia.
—Tres años —dijo él.
—Cinco —dijo ella al mismo tiempo.
Lucía dejó caer el bolígrafo.
—Empezamos fenomenal.
—Tres es poco —dijo Claudia.
—Cinco es demasiado.
—¿Por qué?
—Porque en cinco años tendríamos demasiadas historias que recordar.
Claudia frunció el ceño.
—Eso es verdad.
—Cuatro —decidió Lucía.
—Qué romántico —murmuró Claudia—. Nuestra relación empieza por mayoría simple.
Lucía escribió.
—Cuatro años.
—¿Casados desde cuándo? —preguntó Ricardo.
Claudia se giró hacia él.
—Eso iba a preguntar yo.
—Pues pregunta.
—¿Cuánto llevamos casados?
—No sé. Eres tú quien se inventó un marido.
—Me inventé el concepto, no la cronología.
Lucía volvió a intervenir.
—Dos años.
—¿Por qué dos? —preguntó Claudia.
—Porque es fácil de recordar.
—Todo nuestro matrimonio va a estar diseñado para gente con mala memoria.
—Exactamente.
Ricardo sonrió.
—Estoy empezando a admirar tu método.
Lucía lo señaló con el bolígrafo.
—No me hagas la pelota.
—Ni se me ocurriría.
—Bien. ¿Dónde os conocisteis?
Claudia se quedó pensativa.
—En una librería.
Ricardo negó.
—Demasiado obvio.
—Soy escritora.
—Precisamente.
—¿Qué propones?
—En un aeropuerto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque odio los aeropuertos.
—Eso lo hace creíble.
—Me habría ido sin conocerte.
Lucía suspiró.
—Algo sencillo.
—Una cena de amigos —dijo Ricardo.
Claudia hizo una mueca.
—Aburrido.
—Los matrimonios reales suelen empezar de formas aburridas.
—Yo escribo novela romántica.
—Estamos intentando convencer a personas reales.
Claudia cruzó los brazos.
—Un curso de cocina.
Ricardo la miró.
—¿Sabes cocinar?
—Perfectamente.
—¿Qué?
—Muchas cosas.
—Dime tres.
—No pienso hacerte un examen culinario.
—Entonces descartamos cocina.
—Qué pesado eres.
Lucía levantó una mano.
—Basta.
Miró a ambos.
—Os conocisteis en Sevilla.
Ricardo asintió.
—Bien.
—En una presentación.
Claudia abrió la boca.
—Eso vuelve a ser demasiado literario.
—No era tuya.
Claudia se quedó callada.
Lucía continuó.
—Presentación de un libro de arquitectura y patrimonio.
Ricardo sonrió.
—Eso sí podría haber ocurrido.
—Tú estabas allí porque conocías al autor. Claudia estaba allí porque conocía al editor.
—Me gusta —dijo Claudia.
—Después fuisteis a cenar con el grupo.
—¿Y nos enamoramos? —preguntó Ricardo.
Lucía lo miró.
—No.
—Menos mal.
—Os caísteis mal.
Claudia sonrió.
—Eso me gusta todavía más.
—A mí también —dijo Ricardo.
—Naturalmente —respondió Lucía—. Después coincidisteis varias veces.
Claudia levantó la mano.
—¿Cuántas?
Lucía la miró.
—¿Perdón?
—Que cuántas veces.
—No hace falta saberlo.
—Claro que sí. Si alguien pregunta…
—Cuatro.
—¿Por qué siempre cuatro?
—Porque estoy empezando a perder la paciencia.
Ricardo disimuló una sonrisa.
Lucía escribió.
—En la cuarta quedasteis solos tomando algo.
—¿Dónde? —preguntó Claudia.
—¿De verdad?
—Necesitamos detalles.
—Pues inventa tú uno.
Claudia pensó.
—Triana.
Ricardo negó.
—Muy turístico.
Claudia lo miró ofendida.
—Triana no es turística.
—Hay turistas.
—Hay turistas en todas partes.
—Entonces en Triana.
—No, ahora ya no quiero.
Lucía cerró los ojos.
—Alameda.
Claudia y Ricardo se quedaron callados.
—Alameda —repitió Lucía.
—Bien —dijo Claudia.
—Perfecto —añadió Ricardo.
Lucía abrió los ojos.
—Gracias.
Siguió apuntando.
—Primera cita oficial, Madrid.
—¿Por qué Madrid? —preguntó Claudia.
—Porque él vive aquí y así equilibramos.
—Esto parece una negociación territorial.
—Lo es.
Ricardo se inclinó hacia Claudia.
—Estoy aprendiendo mucho sobre nuestro matrimonio.
—Yo también.
—¿Siempre has sido tan controladora?
—No lo sé. Llevamos cuatro años juntos. Deberías saberlo.
Ricardo sonrió.
—Buen punto.
Lucía observó el intercambio.
Otra vez aquello.
La facilidad.
La manera en que se respondían.
Lo apuntó mentalmente.
—Necesitamos detalles personales.
Claudia se puso seria.
—¿Hasta qué punto?
—Bastante.
—No voy a contarle mi vida entera.
—Tiene que saber cosas que un marido sabría.
Ricardo se apoyó en el respaldo.
—Podemos empezar por lo básico.
—Bien —dijo Claudia—. Pregunta.
—¿Qué desayunas?
—Café con leche y tostada.
—¿Con?
—Aceite y jamón.
—Bien.
—¿Tú?
—Café solo.
Claudia hizo una mueca.
—Qué tristeza.
—Sin azúcar.
—Peor.
—No critiques mi café.
—Eres mi marido. Puedo criticarlo.
Ricardo levantó la vista hacia Lucía.
—Está entrando demasiado rápido en personaje.
—Lo hace con todo.
Claudia ignoró el comentario.
—¿Qué música escuchas?
—De todo.
—Eso no es una respuesta.
—Rock, algo de jazz, música española.
—Edad musical.
Ricardo la miró.
—Tienes cuarenta y nueve.
—Y un espíritu joven.
—Eso dicen las personas de cuarenta y nueve.