Claudia apareció en el café con doce minutos de retraso.
Ricardo ya estaba sentado.
Naturalmente.
Tenía un café delante, el portátil abierto y una carpeta con planos apoyada en la silla de al lado.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
Claudia dejó el bolso sobre la mesa.
—Buenos días para ti también.
—Son las doce y doce.
—Qué precisión.
—Habíamos quedado a las doce.
—Doce minutos no son llegar tarde.
Ricardo levantó la mirada.
—¿Qué son?
—Margen femenino.
—No existe.
—Ahora sí.
Claudia se quitó las gafas de sol y se sentó.
—Además, si vamos a estar casados tienes que acostumbrarte.
—¿A esperarte?
—Exacto.
—No estaba en el acuerdo.
—Todavía no hay acuerdo.
Ricardo cerró el portátil.
—Por eso estamos aquí.
Sobre la mesa dejó un folio.
Claudia lo miró.
—¿Qué es eso?
—Las reglas.
—¿Las has escrito tú?
—Empecé.
Claudia cogió el papel.
—No me lo puedo creer.
Leyó en voz alta.
—“Normas básicas para el correcto desarrollo del acuerdo”.
Levantó la mirada.
—¿Tú escribes así normalmente?
—Soy arquitecto.
—Parece el manual de una comunidad de vecinos.
—Puedes cambiar el título.
Claudia cogió un bolígrafo.
Tachó.
Escribió encima.
REGLAS PARA NO ACABAR EN LA CÁRCEL, ENAMORADOS O AMBAS COSAS.
Ricardo la miró.
—Mucho más profesional.
—Gracias.
—¿Empezamos?
—Venga.
Claudia leyó.
—Regla uno: discreción absoluta.
—Esa es importante.
—Sí.
—Nadie puede saber que es falso salvo Lucía, Martina y Vega.
—Cuando se lo cuentes.
Ricardo asintió.
—Esta noche.
Claudia añadió:
—Y nadie del estudio.
—Por supuesto.
—Ni amigos.
—Tampoco.
—Ni exmujeres.
Ricardo la miró.
—No pensaba contárselo.
—Bien.
—¿Álvaro?
—No tiene por qué saberlo.
—Es tu exmarido.
—Precisamente.
—¿No crees que puede enterarse?
Claudia pensó.
—Puede.
—Entonces quizá sea mejor decírselo antes.
—No.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto se lo cuente, se va a reír durante seis meses.
Ricardo sonrió.
—Eso suena tentador.
—Regla dos.
Claudia leyó.
—Nada de improvisar información importante.
—Correcto.
—Eso lo hemos hablado.
—Y lo mantengo.
Claudia añadió:
—Nada de inventar viajes, aniversarios, familiares ni enfermedades.
—¿Enfermedades?
—La gente miente muchísimo con enfermedades.
—Eso ha sonado específico.
—He escrito siete novelas románticas.
—Ah.
—Regla tres: contacto físico limitado a lo necesario.
Ricardo levantó una ceja.
—Esa la has escrito tú.
—Claro.
—Define necesario.
Claudia dejó el papel.
—Cogerme de la mano, cintura, cosas normales.
—¿Besos?
—No.
—Lucía dijo que puede surgir.
—Lucía habla demasiado.
—¿Y si delante de una cámara esperan un beso?
—No van a esperar nada.
—Somos supuestamente un matrimonio feliz.
—Los matrimonios felices no están besándose continuamente.
—Eso no responde.
Claudia lo miró.
—Besos solo si no queda más remedio.
Ricardo cogió el bolígrafo.
Escribió:
3B. Besos únicamente en caso de emergencia matrimonial.
Claudia empezó a reírse.
—¿Emergencia matrimonial?
—Me parece bastante claro.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Ella lo miró.
—Me estás copiando.
—Estoy aprendiendo de mi mujer.
—Falsa.
—Eso espero.
Claudia siguió.
—Regla cuatro: habitaciones separadas.
—De acuerdo.
—Siempre.
—Sí.
—Sin excepciones.
Ricardo sonrió.
—¿Esperabas resistencia?
—No.
—Pareces decepcionada.
—Pareces imbécil.
—Eso sí ha sonado matrimonial.
Claudia hizo una marca en el papel.
—Regla cinco: nada de sexo.
Ricardo bebió café.
—Me parece razonable.
Claudia lo miró.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres que diga?
—Nada.
—Entonces perfecto.
Claudia volvió al papel.
—Regla seis: nada de celos.
Ricardo dejó el café.
—Eso es absurdo.
—¿Por qué?
—Porque no somos pareja.
—Precisamente.
—Entonces no hace falta ponerlo.
—Sí hace falta.
—Si no somos pareja, ninguno tiene derecho a ponerse celoso.
—Exactamente.
—Entonces sobra.
Claudia lo señaló.
—No sobra.
Ricardo la observó.
—¿Te preocupa ponerte celosa?
Claudia soltó una carcajada.
—De ti.
—Era una pregunta.
—No.
—Entonces sobra.
—Se queda.
Ricardo levantó las manos.
—Como quieras.
Claudia añadió un subrayado.
NADA DE CELOS.
—Regla siete: libertad total fuera de los actos.
—Eso sí.
—Cada uno puede quedar con quien quiera.
—Claro.
—Salir con quien quiera.
—Sí.
—Dormir con quien quiera.
Ricardo la miró.
—Claudia.
—Estoy siendo específica.
—Muchísimo.
—Para evitar problemas.
—No habrá problemas.
—Perfecto.
Ricardo cogió el papel.
—Regla ocho: no utilizar información personal fuera del acuerdo.
Claudia asintió.
—Importante.
—Lo que hablemos entre nosotros se queda entre nosotros.
—Eso me gusta.
—Regla nueve: duración máxima, un mes.
Claudia hizo una mueca.
—¿Un mes?
—Dijiste unas semanas.
—Sí.
—Cuatro semanas son un mes.
—Técnicamente.
—¿Quieres menos?
Claudia pensó.
—No sé cuánto durará lo de la prensa.
—Podemos poner seis semanas.
—Demasiado.
—Cinco.
—Qué romántico. Estamos negociando la duración de nuestro matrimonio.