El marido que me inventé

Capítulo 10 — La entrevista

A las nueve y cincuenta y siete de la mañana, Claudia estaba sentada frente al espejo de la habitación del hotel preguntándose por qué una mujer adulta, con siete novelas publicadas y cientos de entrevistas a sus espaldas, podía ponerse nerviosa por una pregunta tan sencilla como:

¿Cómo conociste a tu marido?

Conocía la respuesta.

La habían ensayado.

Presentación de un libro de arquitectura en Sevilla.

Cena con amigos.

Se cayeron mal.

Coincidieron varias veces.

Alameda.

Cuatro años juntos.

Dos casados.

Lo tenía todo en la cabeza.

El problema era que nada había ocurrido.

El móvil vibró sobre la cómoda.

MARTINA: Hoy es LA entrevista, ¿no?

Claudia sonrió.

CLAUDIA: Sí.

La respuesta llegó enseguida.

MARTINA: ¿Va el señor esposo?

CLAUDIA: Sí.

MARTINA: Necesito foto.

CLAUDIA: No.

MARTINA: Mamá, tienes un marido falso y pretendes que YO sea la responsable.

Claudia dejó escapar una carcajada.

CLAUDIA: Luego te llamo.

MARTINA: Si acabas enamorada no digas que no te avisé.

Claudia dejó el móvil boca abajo.

—Otra.

Llamaron a la puerta.

Tres golpes.

Puntuales.

Ricardo.

No necesitó comprobarlo.

Abrió.

Él llevaba pantalón oscuro, camisa blanca y una americana gris.

Claudia lo miró de arriba abajo.

Ricardo arqueó una ceja.

—Buenos días.

—Puedes pasar.

—Gracias por la valoración silenciosa.

—Estaba comprobando que fueras presentable.

—¿He aprobado?

Claudia se apartó.

—Por poco.

Ricardo entró.

Entonces fue él quien la miró.

Claudia llevaba un vestido verde oscuro, sencillo, ajustado justo lo necesario, el pelo cobrizo suelto y unos pendientes dorados.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Estás mirando.

—Estoy comprobando que seas presentable.

Claudia lo señaló.

—No copies.

Ricardo sonrió.

—Has aprobado.

—Sobrado.

—Eso ya lo decidirá la prensa.

Claudia cogió el bolso.

—No sé por qué te he abierto la puerta.

—Porque soy tu marido.

—Temporal.

—Cada vez me pones un apellido distinto.

Salieron.

Lucía los esperaba abajo.

Y no estaba sola.

Había un coche.

Un fotógrafo.

Y una mujer joven con una acreditación colgada al cuello.

Claudia frenó.

—¿Qué es esto?

Lucía se acercó.

—Han adelantado parte de la sesión.

—¿Cómo?

—Quieren algunas fotos llegando juntos.

Claudia miró a Ricardo.

—No.

—Claudia…

—Me dijiste entrevista.

—Y sesión.

—No me dijiste paparazzi en la puerta del hotel.

El fotógrafo levantó la cámara.

Clic.

Claudia giró la cara automáticamente.

Ricardo se acercó.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Pareces a punto de cometer un delito.

—Estoy valorando opciones.

Otro clic.

Ricardo le ofreció la mano.

Claudia la miró.

—¿Otra vez?

—Pareja feliz.

—No abuses.

—La cámara está mirando.

Claudia cogió su mano.

El fotógrafo disparó varias veces.

—Perfecto —dijo—. Ahora un poco más juntos.

Claudia murmuró:

—Odio a todo el mundo.

Ricardo se acercó a su oído.

—Sonríe.

—Odio especialmente esa palabra.

—Lo estás haciendo bien.

Claudia levantó la vista hacia él.

Ricardo sonrió.

Clic.

El fotógrafo bajó la cámara.

—Esa.

Claudia giró la cabeza.

—¿Qué esa?

—La foto.

Lucía miró la pantalla.

Sonrió.

—Sí.

Claudia cerró los ojos.

—Me vais a arruinar la vida.

La entrevista se celebraba en un hotel del centro de Madrid.

Una suite convertida en plató.

Dos sillones.

Una mesa pequeña.

Flores perfectamente colocadas.

Cámaras.

Luces.

Demasiada gente.

Claudia había hecho aquello muchas veces.

Ricardo, no.

Sin embargo, parecía bastante más tranquilo que ella.

—¿Estás nervioso? —susurró.

—No.

—Mentira.

—Un poco.

—Bien.

—¿Te alegra?

—Muchísimo.

La periodista se acercó.

—Claudia, qué ganas tenía de verte.

Se abrazaron.

—Elena.

Después miró a Ricardo.

—Y por fin conocemos a Ricardo.

—Eso parece —respondió él.

Elena sonrió.

—Has conseguido convertirte en el hombre más buscado del mundo editorial en veinticuatro horas.

—No estaba entre mis objetivos profesionales.

—Pues vas estupendamente.

Claudia lanzó una mirada a Ricardo.

Él parecía cómodo.

Demasiado.

Se sentaron.

La entrevista empezó fácil.

Nuevo libro.

Proceso creativo.

Lectores.

Redes.

El éxito inesperado de determinadas novelas.

Claudia entró en terreno conocido y dejó de pensar en Ricardo.

Hasta que Elena cerró la carpeta.

—Y ahora vamos a hablar un poquito de vosotros.

Ahí estaba.

Claudia sonrió.

—Sabía que llegaría.

—Ayer revolucionasteis las redes.

—Sin querer.

—Las mejores cosas pasan así.

Ricardo la miró de reojo.

Claudia fingió no verlo.

—Ricardo, llevas años siendo casi una leyenda urbana.

—Eso me han dicho.

—¿Por qué nunca aparecías?

La primera pregunta no estaba en el guion.

Claudia sintió una pequeña tensión en los hombros.

Ricardo ni pestañeó.

—Porque la carrera es de Claudia, no mía.

Elena sonrió.

—Buena respuesta.

—No es una respuesta preparada.

Claudia giró ligeramente la cabeza hacia él.

Eso tampoco estaba preparado.

—Ella escribe. Ella publica. Ella se ha ganado todo esto. Yo nunca he entendido por qué tenía que aparecer al lado solo por compartir su vida.




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