—¿Qué significa exactamente “algo más romántico”?
Claudia preguntó porque necesitaba ganar tiempo.
El fotógrafo no ayudó.
—Nada exagerado. Acercaos. Que se note complicidad.
Ricardo se colocó a su lado.
—Eso podemos hacerlo.
Claudia sonrió sin mirarlo.
—Habla por ti.
—Hace diez minutos teníamos muchísima química.
—Según una periodista.
—Profesional cualificada.
—Para hacer entrevistas.
—Observa personas.
—Ricardo.
—Claudia.
—¿Podemos? —preguntó el fotógrafo.
Lucía estaba varios metros más atrás.
Disfrutando.
Claudia lo sabía.
—Sí —respondió.
Ricardo colocó una mano en su cintura.
Esta vez Claudia no se tensó.
Eso tampoco le gustó.
—Más cerca.
Ricardo se acercó.
—Más.
—Como siga acercándome, voy a aparecer detrás de ella —dijo él.
El fotógrafo rio.
—Mírala.
Ricardo lo hizo.
Claudia mantuvo la vista al frente.
—Tú también, Claudia.
—Ya sé.
Giró la cara.
Y ahí estaba.
Demasiado cerca.
Había descubierto que Ricardo tenía una pequeña línea junto al ojo derecho cuando sonreía.
No necesitaba saber aquello.
Tampoco necesitaba saber cómo olía.
Ni que el gris verdoso de sus ojos cambiaba con aquella luz.
Información completamente inútil para un matrimonio falso.
—Perfecto —dijo el fotógrafo.
Clic.
—Otra.
Clic.
—Ricardo, acércate un poco a ella.
—Más no cabe —murmuró Claudia.
—Siempre cabe —contestó él.
—No pruebes.
Ricardo sonrió.
Clic.
El fotógrafo bajó la cámara.
—Ahora una más divertida.
—¿Qué hacemos? —preguntó Ricardo.
—Improvisad.
Claudia giró la cabeza.
—No.
Ricardo soltó una carcajada.
Clic.
—¡Eso! —dijo el fotógrafo—. Exactamente eso.
—¿El qué?
—Cómo la miras cuando se enfada.
Claudia miró a Ricardo.
—¿Cómo me mira?
—No quieras saberlo —dijo Lucía desde atrás.
—Lucía.
—Estoy trabajando.
—Pues trabaja más lejos.
El fotógrafo hizo otras dos fotos.
Después miró la pantalla.
—Tenemos material.
Claudia respiró aliviada.
—Perfecto.
—Aunque…
No.
Cuando alguien decía “aunque” después de una sesión de fotos, nunca traía nada bueno.
—Nos falta una.
Ricardo preguntó:
—¿Cuál?
El fotógrafo señaló a ambos.
—Un beso.
Silencio.
Claudia miró a Lucía.
Lucía miró al techo.
Cobarde.
—No solemos… —empezó Claudia.
El fotógrafo sonrió.
—No hace falta que sea nada exagerado. Un beso sencillo.
Ricardo la miró.
Ella lo miró.
Regla 3B.
Besos únicamente en caso de emergencia matrimonial.
—No es necesario —dijo Claudia.
—Claro —respondió el fotógrafo—. Si no queréis, no.
Aquello debería haber terminado el asunto.
Pero entonces apareció Elena por el pasillo.
—¿Todavía estáis?
—Última foto —respondió el fotógrafo.
—¿El beso?
Claudia la miró.
—¿Todo el mundo sabía lo del beso menos yo?
Elena empezó a reír.
—Después de la entrevista, el público nos mata si no os damos una foto romántica.
El público.
Magnífico.
Ricardo se acercó ligeramente.
—Podemos no hacerlo.
Claudia lo miró.
No había broma en su cara.
—Ya lo sé.
—Lo digo en serio.
—También lo sé.
—Entonces no hay problema.
Eso fue probablemente lo que consiguió que Claudia hiciera exactamente lo contrario de lo que pensaba hacer.
—Hazlo.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Qué?
—El beso.
—Claudia…
—Es una foto.
—Sí.
—Somos adultos.
—Eso espero.
—Y es parte del trato.
Ricardo la observó.
—¿Segura?
Claudia asintió.
—Emergencia matrimonial.
Él sonrió apenas.
—Emergencia matrimonial.
Ricardo levantó una mano.
La apoyó en su mejilla.
Claudia dejó de escuchar el pasillo.
Las cámaras.
La gente.
Todo.
Pensó que sería rápido.
Un roce.
Dos segundos.
Fotografía.
Fin.
Ricardo se inclinó.
Y la besó.
Suavemente.
Nada exagerado.
Nada cinematográfico.
Precisamente por eso fue peor.
Porque no había actuación.
Claudia cerró los ojos.
Un segundo.
Dos.
Tres.
El clic de la cámara pareció venir de muy lejos.
Ricardo se separó.
No mucho.
Se quedaron mirándose.
Claudia podía haber hecho una broma.
Era lo lógico.
Su especialidad.
No se le ocurrió ninguna.
El fotógrafo rompió el silencio.
—Esa es perfecta.
Claudia dio un paso atrás.
—Bien.
Una palabra.
Eso fue todo.
Ricardo bajó la mano.
—¿Estás bien?
—Claro.
Demasiado rápido.
Él lo notó.
—Claudia…
—Tenemos que irnos.
Cogió el bolso.
Lucía se acercó.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Lucía miró a Ricardo.
Ricardo no dijo nada.
—Tengo una llamada —añadió Claudia—. Nos vemos luego.
—Pero…
—Luego, Lucía.
Y se marchó.
Claudia entró en el ascensor sola.
Pulsó el botón.
Las puertas se cerraron.
Se miró en el espejo.
—Qué tontería.
Había sido un beso.
Uno.
Había besado a hombres antes.
Muchos menos de los que algunas amigas creían y alguno más de los que su madre habría querido saber.
No pasaba nada.
El ascensor bajó.
—No ha pasado nada.
Las puertas se abrieron.
Una pareja entró.
Claudia dejó de hablar sola.
En el vestíbulo sacó el móvil.
Tenía un mensaje.
RICARDO: ¿Seguro que estás bien?
No respondió.
Guardó el móvil.