El marido que me inventé

Capítulo 12 — Una fotografía no debería cambiar nada

A la mañana siguiente, Ricardo descubrió que una fotografía podía viajar bastante más rápido que cualquier explicación.

Lo supo al entrar en su estudio.

Marta, su socia, estaba esperándolo con el móvil levantado.

—Buenos días, marido del año.

Ricardo siguió caminando.

—Buenos días.

—No.

—¿No qué?

—No vas a entrar en tu despacho como si nada.

—Tengo una reunión en diez minutos.

—Pues tienes nueve para contarme cómo llevas dos años casado sin que nadie lo sepa.

Ricardo dejó la bolsa sobre su mesa.

—Es complicado.

—Cuando un hombre dice “es complicado”, siempre es peor.

—No estoy casado.

Marta se quedó quieta.

—¿Perdón?

Ricardo cerró la puerta.

—No estoy casado.

Ella miró el móvil.

Después a él.

Después otra vez el móvil.

—Ricardo, te estás besando con una mujer en la portada digital de una revista.

—Eso sí.

—¿Pero no estás casado?

—No.

Marta se sentó.

—Me encanta venir a trabajar.

Ricardo suspiró.

—Es un acuerdo.

—No sigas.

—Tengo que seguir.

—No. Quiero disfrutar cinco segundos de esta frase.

Ricardo se sentó enfrente.

Le contó lo imprescindible.

Claudia.

El marido inventado.

El tren.

Santa Clara.

La propuesta.

La fotografía.

Cuando terminó, Marta lo miraba como si acabara de descubrir una segunda vida.

—Tú has aceptado fingir que eres el marido de una escritora.

—Sí.

—Tú.

—Sí.

—El hombre que se negó a participar en una fiesta temática porque había que ponerse sombrero.

—No veo la relación.

—Yo sí.

Marta volvió a mirar la foto.

—Por cierto…

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Sé lo que vas a decir.

—No, no lo sabes.

Ricardo esperó.

—No parece falso.

Ahí estaba.

—Es una fotografía.

—Claro.

—Estábamos posando.

—Naturalmente.

—Marta.

Ella levantó las manos.

—No digo nada.

—Tu cara sí.

—Eso está de moda últimamente, por lo que veo.

Ricardo la miró.

—Tengo reunión.

—Vete.

Cuando estaba abriendo la puerta, Marta añadió:

—Ricardo.

—¿Qué?

—Vega lo sabe, ¿verdad?

Él asintió.

—Sí.

—Bien.

—Esta noche cenamos.

—¿Tú y ella?

Ricardo dudó.

—Y Claudia.

Marta empezó a sonreír.

—Cállate.

—No he dicho nada.

Ricardo salió.

La escuchó reír detrás.

A la misma hora, Claudia recibía una llamada de Álvaro.

Eso sí era una emergencia.

Miró el nombre en la pantalla.

Su exmarido no la llamaba por la mañana salvo que ocurriera algo con Martina.

Contestó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Buenos días a ti también.

—¿Está bien Martina?

—Perfectamente.

Claudia cerró los ojos.

—Entonces ¿por qué llamas?

—Porque aparentemente te has vuelto a casar y no me has invitado.

Silencio.

—Álvaro…

Él empezó a reírse.

—Perdóname. Llevo desde anoche queriendo llamarte.

—No tiene gracia.

—Tiene muchísima.

—No estoy casada.

—Eso sí lo sabía.

—Entonces deja de reírte.

—¿Quién es Ricardo Ferrer?

Claudia se dejó caer en el sofá.

—Un arquitecto.

—Magnífico. ¿Y por qué te está besando en Internet?

—Es una historia larga.

—Tengo tiempo.

—Yo no.

—Martina dice que es falso.

Claudia abrió los ojos.

—¿Martina te lo ha contado?

—Nuestra hija tiene veintitrés años, Claudia. No pertenece al servicio secreto.

—Voy a matarla.

—Eso sí sería mala publicidad.

Claudia apretó los labios para no reírse.

—¿Has terminado?

—Casi.

—Pues acelera.

—Solo una cosa.

Su tono cambió ligeramente.

Claudia lo notó.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

—Álvaro.

—No te estoy dando consejos sentimentales.

—Menos mal.

—Te conozco.

—Eso dices.

—Veintitantos años dan para algo.

Claudia guardó silencio.

—Cuando empiezas diciendo que algo te da igual —continuó él—, suele significar que no te da tan igual.

—No sabes nada de esto.

—Es verdad.

—Entonces.

—Solo digo que tengas cuidado.

Claudia miró la fotografía abierta en el portátil.

—Lo tengo todo controlado.

Álvaro soltó una carcajada.

—Eso sí que no me lo creo.

Colgó antes de que pudiera insultarlo.

A las siete y veinte de la tarde, Claudia estaba delante del restaurante pensando seriamente en marcharse.

No tenía obligación de estar allí.

Vega sabía la verdad.

Ricardo sabía la verdad.

Ella sabía la verdad.

No había cámaras.

No había prensa.

No había ninguna razón profesional para aquella cena.

Precisamente por eso le parecía mucho más peligrosa que todas las anteriores.

—Estás pensando en huir.

Claudia se giró.

Ricardo estaba detrás.

—No.

—Sí.

—Estaba mirando el restaurante.

—Desde la acera de enfrente.

—Me gusta tener perspectiva.

Ricardo sonrió.

—Vega ya está dentro.

—¿Ya?

—Ha llegado antes.

—Eso no lo ha heredado de ti.

—Ayer llegué diez minutos tarde una vez.

—Doce.

—Diez.

—No volvamos.

Ricardo empezó a cruzar la calle.

Claudia no se movió.

Él se giró.

—¿Vienes?

—Ricardo.

—¿Qué?

—No quiero que piense que estoy aquí para arreglar vuestra relación.

Ricardo dejó de sonreír.

—No lo piensa.

—Sí lo piensa un poco.

—Probablemente.

—Genial.

—Pero también quiere conocerte.

—Como escritora.

—Sí.

—No como tu…

Claudia hizo un gesto con la mano.

—Lo que sea que soy.

Ricardo la miró.

—Mi mujer.

—Falsa.

—Temporal.

—Peor.




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