El marido que me inventé

Capítulo 13 — Volver a casa no lo arregla todo

Claudia había dormido mal.

No fatal.

Mal.

Lo suficiente para despertarse tres veces, mirar el reloj otras cuatro y descubrir a las seis y veinte de la mañana que llevaba varios minutos observando el techo de la habitación del hotel como si pudiera darle alguna explicación razonable a los últimos cuatro días.

No se la dio.

Se giró hacia la mesilla.

El móvil estaba allí.

También la fotografía.

No físicamente, claro.

Eso habría sido demasiado dramático.

Pero Claudia sabía perfectamente que estaba a tres movimientos de dedo de volver a verla.

No pensaba hacerlo.

Abrió WhatsApp.

Error número uno.

Había un mensaje de Ricardo enviado a las doce y diecisiete.

RICARDO: Vega me ha escrito otra vez.

Claudia se incorporó.

Debajo había otro.

RICARDO: Creo que la cena ha servido para algo. Gracias.

Y otro.

RICARDO: Buen viaje mañana.

Nada más.

Claudia miró la pantalla.

—Muy bien.

No sabía exactamente qué esperaba.

Quizá nada.

Quizá algo.

Quizá que después del beso, la entrevista, la cena con Vega y cuatro días viviendo dentro de una mentira compartida, el hombre tuviera la decencia de escribir alguna estupidez que la obligara a poner los ojos en blanco.

Pero no.

Buen viaje mañana.

Educado.

Correcto.

Absolutamente insoportable.

Escribió:

CLAUDIA: Gracias.

Lo envió.

Se quedó mirando el chat.

Ricardo estaba en línea.

Desapareció.

Volvió a aparecer.

Claudia esperó.

Nada.

—Perfecto.

Dejó el teléfono.

Fue al baño.

Volvió.

El móvil vibró.

Intentó no parecer una adolescente corriendo hacia él.

No lo consiguió.

RICARDO: ¿Has dormido?

Claudia sonrió.

Muy poco.

Lo suficiente para enfadarse consigo misma.

CLAUDIA: Perfectamente.

La respuesta llegó enseguida.

RICARDO: Mientes fatal.

Claudia soltó una carcajada.

CLAUDIA: Soy escritora. Mentir es prácticamente mi profesión.

RICARDO: Entonces necesitas practicar más.

CLAUDIA: Buenos días, Ricardo.

RICARDO: Buenos días, esposa temporal.

Claudia dejó el móvil sobre la cama.

Ahora sí.

Mucho mejor.

Y eso era precisamente el problema.

A las diez y cuarto, Lucía apareció en el hotel con dos cafés, una carpeta y cara de llevar trabajando desde antes de que existiera el día.

—Te he traído café.

—Te quiero.

—Lo sé.

Claudia cogió el vaso.

—Pero después de las cinco no.

Lucía se quedó quieta.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Eso te lo ha dicho Ricardo?

Claudia bebió.

—¿Por qué tendría que habérmelo dicho?

—Porque ayer no sabías que era información destacable y hoy me la estás anunciando como si hubiera preguntado.

—Estás insoportable.

—También lo sé.

Lucía dejó la carpeta encima de la cama.

—La entrevista está funcionando muy bien.

Claudia cerró los ojos.

—No quiero saber números.

—Pues te los voy a decir.

—Lucía.

—La publicación del beso es una de las más compartidas de la revista esta semana.

—No quiero saberlo.

—Tus seguidores han subido.

—No quiero saberlo.

—Y la editorial quiere aprovechar el tirón.

Claudia abrió los ojos.

—Eso sí quiero saberlo porque suena peligroso.

—No tanto.

—Cuando tú dices “no tanto”, suele ser muchísimo.

Lucía sonrió.

—Quieren adelantar una presentación.

—No.

—Ni siquiera sabes cuál.

—Da igual.

—Claudia.

—Tengo que volver a Sevilla. Llevo aquí cuatro días.

—Lo sé.

—Quiero mi casa, mi cafetera, mi cama y no tener un fotógrafo pidiéndome que bese a nadie.

Lucía inclinó la cabeza.

—¿Tan horrible fue?

Claudia bebió café.

—No empieces.

—Yo no he empezado nada.

—Tu cara.

—Mi cara cobra por hacerlo.

Claudia la señaló.

—Esa frase ya la has usado.

—Porque sigue funcionando.

Lucía abrió la carpeta.

—Te vas hoy. No te voy a retener.

—Gracias, mamá.

—Pero la semana que viene probablemente tengas que volver.

Claudia soltó un gemido.

—¿Otra vez?

—Trabajo.

—Qué manía con que una trabaje.

—Te pagan por ello.

—Detalle menor.

Lucía hojeó unos papeles.

—Y tenemos que decidir qué hacemos con Ricardo.

Claudia levantó la mirada.

—¿Qué hacemos con él?

—Exactamente.

—Nada.

—¿Nada?

—El trato sigue.

—Bien.

—Mientras haga falta.

Lucía la observó.

—Eso no es lo que preguntaba.

Claudia dejó el café.

—Pues pregunta mejor.

—¿Qué está pasando?

—Nada.

—Claudia.

—Lucía.

—Te conozco.

—Últimamente todo el mundo me conoce muchísimo.

—Álvaro también te habrá dicho algo.

Claudia frunció el ceño.

—¿Cómo sabes que he hablado con Álvaro?

—Porque la foto estaba en todas partes y ese hombre tiene ojos.

—Se rio de mí.

—Normal.

—Y luego me dijo que tuviera cuidado.

Lucía cerró la carpeta.

—Me cae bien Álvaro.

—Pues vuelve a casarte tú con él.

—No es mi tipo.

—Ni el mío ya.

Lucía sonrió.

—¿Ricardo sí?

Claudia recogió una camiseta de la cama y la metió en la maleta.

—No.

—Has tardado.

—Porque estaba doblando esto.

—Era una camiseta.

—Precisamente.

—Claudia.

Ella cerró la maleta de golpe.

—Me cae bien.

—Vale.

—Me divierto con él.

—Vale.

—Es atractivo.

Lucía abrió mucho los ojos.

—¡Ah!

—No hagas eso.




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