A las diez y cincuenta y dos de la mañana, Claudia estaba delante del Palacio de Santa Clara.
Ocho minutos antes.
Lo cual empezaba a preocuparla.
Miró el reloj.
Luego la fachada.
Luego otra vez el reloj.
—Esto se está convirtiendo en una enfermedad.
—¿El qué?
La voz sonó detrás de ella.
Claudia no necesitó girarse para saber quién era.
—Llegar pronto.
Ricardo apareció a su lado con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que le molestó inmediatamente.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Ocho minutos antes.
Claudia lo miró.
—¿Me estás controlando?
—Estoy impresionado.
—Pues disfrútalo porque probablemente no vuelva a pasar.
Ricardo llevaba pantalón oscuro, camisa azul clara y las mangas remangadas. Nada especialmente llamativo.
Claudia decidió no mirar demasiado.
Había aprendido algunas cosas aquella semana.
—¿Buen viaje? —preguntó.
—Sí.
—¿AVE puntual?
—Sí.
—Qué conversación tan emocionante.
Ricardo sonrió.
—Podrías preguntarme si te he echado de menos.
Claudia empezó a caminar hacia la entrada.
—Podría.
—Pero no lo vas a hacer.
—Exactamente.
Él la siguió.
—Por cierto.
Claudia se giró.
—¿Qué?
—Yo tampoco te he echado de menos.
—No te lo había preguntado.
—Solo quería que quedara claro.
—Clarísimo.
Entraron juntos.
Y ninguno mencionó que los dos estaban sonriendo.
Javier los esperaba en el patio principal.
Con él había cuatro personas más.
Dos miembros de la fundación y representantes de los otros estudios finalistas.
Claudia reconoció a Javier enseguida.
A los demás, no.
—¡Claudia!
Javier se acercó a saludarla.
—Pensaba que me dejarías tirado.
—Lo he valorado seriamente.
—Lo sé.
Le dio dos besos y después miró a Ricardo.
—Ferrer.
—Javier.
Se estrecharon la mano.
Javier miró de uno a otro.
Después sonrió.
Claudia detectó inmediatamente el peligro.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Lo que estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Tu cara sí.
Ricardo soltó una risa.
Javier los miró.
—Ah, esto es peor de lo que pensaba.
—Javier.
—He visto la entrevista.
—Todo el mundo ha visto la entrevista.
—Y la foto.
—También todo el mundo ha visto la foto.
—Muy bonita.
Claudia cerró los ojos.
—¿Podemos hablar del edificio?
Ricardo intervino.
—Por favor.
Javier sonrió.
—Arquitectura. Seriedad. Trabajo. Vamos.
Entraron.
Santa Clara olía a piedra antigua, humedad y madera.
Había zonas restauradas y otras en las que el tiempo seguía teniendo ventaja.
Claudia caminó despacio.
Recordaba parte del edificio, pero no así.
Vacío.
Silencioso.
Con las paredes desnudas y la luz entrando por ventanales que parecían llevar años esperando que alguien volviera a abrirlos.
Ricardo cambió en cuanto cruzaron la primera galería.
Ella ya lo había visto hablar de su proyecto.
Pero allí era distinto.
Tocaba los muros.
Miraba hacia arriba.
Se detenía en esquinas que para Claudia no tenían ninguna importancia y tomaba fotografías.
—Aquí —dijo uno de los arquitectos del otro estudio— nosotros planteamos cerrar con vidrio para ganar superficie útil.
Ricardo miró la galería.
—Yo no cerraría.
El hombre se volvió.
—Se pierde espacio.
—Se gana patio.
—El patio ya existe.
—Precisamente.
El tono seguía siendo tranquilo.
Pero Claudia reconoció algo.
Ricardo podía ser muy agradable.
Hasta que hablaban de arquitectura.
Entonces aparecía el arquitecto.
Javier miró a Claudia.
—¿Tú qué opinas?
Todos se giraron hacia ella.
—¿Yo?
—Para eso estás aquí.
Claudia observó el patio.
—Que no lo cerraría.
Ricardo no dijo nada.
El otro arquitecto sí.
—¿Por algún motivo concreto?
Claudia se encogió de hombros.
—Porque lo primero que he hecho al entrar ha sido mirar hacia arriba.
Silencio.
—Si lo cerráis —continuó—, probablemente seguirá siendo bonito. Pero dejará de sentirse así.
Javier sonrió.
—Eso es exactamente el tipo de cosas que quiero que escuchéis.
Ricardo miró a Claudia.
Ella lo vio.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “te lo dije”.
—No he dicho nada.
—No te hacía falta.
Siguieron.
La sala que Ricardo quería convertir en biblioteca estaba al final de una galería.
Era enorme.
Los techos altos.
Tres ventanales.
Una pared completamente desnuda.
Ricardo entró primero.
—Aquí.
Claudia miró alrededor.
—Es más grande de lo que parecía en los planos.
—Mucho más.
Javier se acercó.
—Esta es una de las zonas que más dudas nos genera.
—¿Por qué? —preguntó Claudia.
—Porque necesitamos decidir el uso definitivo.
Ricardo dejó la carpeta sobre una mesa provisional.
Sacó varias láminas.
—Mi propuesta sigue siendo sala de lectura y biblioteca.
Uno de los miembros de la fundación preguntó:
—¿Una biblioteca tradicional?
—No.
Ricardo extendió el plano.
—Un espacio flexible. Presentaciones pequeñas, clubes de lectura, encuentros con autores, talleres. Y cuando no haya actividad, simplemente un lugar donde poder venir a leer.
Claudia se acercó.
—¿Y esas estanterías?
—No llegan hasta arriba.
—¿Por qué?
—Porque quiero conservar visible la pared.
Claudia levantó la vista.
Había restos de pintura antigua.
Desgastada.
Imperfecta.
—Bien.
Ricardo la miró.
—¿Bien?
—Muy bien.
—Voy apuntando aprobaciones.
—No te acostumbres.