El marido que me inventé

Capítulo 15 — Un día que no estaba en el contrato

—Lo primero que vas a hacer es guardar el móvil.

Ricardo miró la pantalla que tenía en la mano.

—Estoy buscando el hotel.

—Luego.

—Claudia, necesito dormir en algún sitio.

—Son las cuatro de la tarde.

—Me gusta planificar.

—Ya lo he notado.

—¿Y cuál es tu plan?

Claudia sonrió.

—Que dejes de hablar mal de Triana.

Ricardo guardó el teléfono.

—Nunca he hablado mal de Triana.

—Dijiste que era turística.

—Dije que había turistas.

—Es prácticamente lo mismo.

—No lo es.

—Para un sevillano, sí.

Ricardo empezó a reírse.

Habían salido del restaurante hacía unos minutos y Claudia caminaba con una seguridad que él no había visto en Madrid.

Allí parecía diferente.

Más suelta.

Más rápida.

Saludaba a gente.

Conocía calles.

Cruzaba sin mirar demasiado.

—¿Siempre caminas así? —preguntó Ricardo.

—¿Así cómo?

—Como si todo el mundo tuviera que apartarse.

Claudia giró la cabeza.

—¿No se apartan?

—Ese no es el punto.

—Entonces funciona.

Ricardo negó con la cabeza.

—Cuarenta y nueve años haciendo lo que te da la gana.

—No todos.

—¿Cuántos?

Claudia tardó un poco en contestar.

—Los suficientes.

Siguieron caminando.

Ricardo no preguntó más.

Claudia decidió que para entender Triana había que llegar andando.

Nada de taxis.

Nada de coches.

Nada de “me dejas aquí y luego nos vemos”.

Cruzaron el puente despacio.

El Guadalquivir brillaba abajo bajo el sol de la tarde.

Ricardo se apoyó un momento en la barandilla.

—Vale.

Claudia se colocó a su lado.

—¿Vale qué?

—Es bonito.

—¿Bonito?

—Muy bonito.

—Mejor.

—Pero sigo viendo turistas.

Claudia le dio un golpe en el brazo.

—Eres imposible.

—Regla no sé cuál: no agredir al marido.

—Esa no existe.

—Deberíamos añadirla.

—Llegas tarde.

Continuaron hacia las calles interiores.

Claudia evitó las zonas más llenas.

Lo llevó por calles pequeñas, patios medio escondidos y fachadas donde el tiempo se veía mejor que en cualquier guía.

Ricardo empezó a hacer fotografías.

No selfies.

No monumentos.

Ventanas.

Azulejos.

Una puerta vieja.

La esquina de un edificio.

Una cornisa.

Claudia lo observó durante un rato.

—Tienes un problema.

Ricardo no dejó de fotografiar.

—¿Cuál de todos?

—No puedes mirar un edificio como una persona normal.

—¿Cómo mira un edificio una persona normal?

—Lo mira y ya.

Ricardo bajó el móvil.

—Qué desperdicio.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Problema.

Entraron en un pequeño taller de cerámica porque Ricardo se detuvo delante del escaparate.

—Cinco minutos —dijo Claudia.

Él la miró.

—¿Qué?

—Eso mismo dijiste tú en la librería.

—Yo no dije cinco minutos.

—Lo pensaste.

—Mi cara otra vez.

—Tu cara habla muchísimo.

Dentro olía a barro, pintura y polvo.

Una mujer trabajaba al fondo.

Ricardo recorrió las piezas con atención.

Claudia lo siguió sin prisa.

—Esto te lo llevarías a Santa Clara, ¿verdad?

Ricardo levantó la vista.

—¿Qué?

—La cerámica.

—Quizá.

—No copies Triana.

—No copiaría nada.

—Te vigilo.

—Eso me tranquiliza.

Ricardo cogió una pequeña pieza azul y blanca.

—Para la tienda del centro cultural podría funcionar algo producido por artesanos locales.

Claudia sonrió.

—Eso sí.

—¿Aprobación número tres?

—Dos y media.

—Eres durísima.

—Por eso Javier me ha pedido opinión.

Ricardo dejó la pieza.

—¿Has decidido qué vas a decirle de mi proyecto?

La pregunta cambió ligeramente el tono.

Claudia lo miró.

—Sí.

—¿Y?

—No te lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque tengo que darle mi valoración a él, no a ti.

Ricardo asintió.

—Justo.

Claudia frunció el ceño.

—¿No vas a insistir?

—No.

—Pensaba que sí.

—Si te he pedido sinceridad, tendré que soportarla.

Aquello le gustó.

Más de lo que quiso admitir.

—Bien.

—Aunque podrías decirme si voy a llorar.

—Muchísimo.

—Perfecto.

—Vas preparando pañuelos.

Salieron.

Una hora después estaban junto al río con dos botellas de agua y un paquete de almendras que Claudia había comprado porque, según ella, Ricardo llevaba “cara de necesitar comer”.

—Eso tampoco existe —dijo él.

—Claro que existe.

—No puedes detectar hambre por la cara.

—Yo sí.

Ricardo cogió otra almendra.

—Qué suerte tener una mujer con poderes.

—Temporal.

—Hoy menos.

Claudia dejó de andar.

—¿Qué significa eso?

Ricardo también se detuvo.

—Nada.

—Has dicho “hoy menos”.

—Porque llevamos toda la tarde juntos y no hay ninguna cámara.

Claudia lo miró.

—Estamos hablando del proyecto.

—Ya no.

—Estamos viendo Sevilla.

—Tampoco forma parte del contrato.

Silencio.

Ricardo tenía razón.

Y aquella semana Claudia había descubierto que pocas cosas le molestaban más que Ricardo tuviera razón.

—Pues considéralo un servicio turístico.

—¿Incluido en el matrimonio?

—Gratis por promoción.

Él sonrió.

—Eso pensaba.

Claudia siguió andando.

Pero ya no con tanta tranquilidad.

Pararon en una terraza cuando empezó a caer la tarde.

Esta vez Claudia pidió algo antes de que Ricardo pudiera hacerlo por ella.

—Té frío —dijo al camarero.

Ricardo sonrió.

—Ya me lo sabía.

—No quería darte la satisfacción.

Pidió él una cerveza.

Claudia lo miró.

—¿Cerveza?

—Sí.

—Pensaba que eras más de vino.




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