Tres días después, Claudia volvió a Madrid.
Esta vez no había marido esperándola en la puerta del hotel.
Ni fotógrafo.
Ni entrevista conjunta.
Ni ninguna excusa razonable para preguntarse qué estaría haciendo Ricardo Ferrer a las seis y media de la tarde.
Lo hizo igualmente.
—No mires el móvil otra vez.
Claudia levantó la cabeza.
Lucía estaba sentada frente a ella en el camerino improvisado de una librería del centro, repasando el orden de la presentación.
—No estaba mirando nada.
—Has desbloqueado la pantalla cuatro veces en cinco minutos.
—Tengo mensajes.
—¿De quién?
—De gente.
Lucía sonrió.
—¿Gente arquitecta?
Claudia dejó el teléfono boca abajo.
—No empieces.
—No he empezado.
—Tu cara sí.
—Mi cara sigue cobrando por hacerlo.
Claudia puso los ojos en blanco.
Habían pasado tres días desde Sevilla.
Tres días desde Santa Clara.
Desde Triana.
Desde la conversación sobre sus divorcios.
Desde aquel beso en la mejilla que no debería haber significado absolutamente nada.
Y desde el mensaje de Ricardo asegurándole que la regla diez seguía intacta.
Aquella frase seguía molestándola.
Sin motivo.
Naturalmente.
Desde entonces habían hablado todos los días.
Pero poco.
Un mensaje sobre el proyecto.
Una fotografía que él le mandó de una fachada que había visto en Madrid.
Una nota de voz de Claudia burlándose de un artículo que hablaba de “su misterioso matrimonio”.
Una foto de Vega con el libro de Claudia en la mano acompañada de:
RICARDO: Página 86. Estoy progresando.
Claudia había contestado:
CLAUDIA: Estoy emocionada. A este ritmo lo terminas antes de jubilarte.
Nada importante.
Nada personal.
Nada peligroso.
Por eso Claudia no entendía por qué esperaba un mensaje suyo.
—¿Vas a decirme qué pasa? —preguntó Lucía.
—No pasa nada.
—Perfecto.
—No digas perfecto así.
Lucía rio.
—Sales en diez minutos.
—Gracias a Dios.
—Después hay copa con editores y prensa.
Claudia dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Eso no estaba en el plan.
—Sí estaba.
—Yo no lo recuerdo.
—Porque no lees mis correos.
—Leo los importantes.
—Todos son importantes.
—Eso es estadísticamente imposible.
Llamaron a la puerta.
—Cinco minutos —avisó alguien.
Claudia se levantó.
Cogió el móvil.
Nada.
Lo guardó.
Y decidió que durante el resto de la noche no iba a pensar en Ricardo.
La decisión duró aproximadamente cuarenta minutos.
La presentación fue bien.
Muy bien.
La sala estaba llena, las preguntas fueron interesantes y nadie preguntó por su marido hasta casi el final.
Claudia empezaba a pensar que quizá la humanidad todavía tenía salvación cuando una mujer de la tercera fila levantó la mano.
—Yo quería preguntarte por Ricardo.
Por supuesto.
Claudia sonrió.
—Adelante.
—¿Él lee todo lo que escribes antes de publicarlo?
Claudia tuvo que morderse la lengua.
—No.
Eso al menos era completamente cierto.
La mujer rio.
—¿Nunca?
—Ricardo tiene una relación… complicada con mis novelas.
Más risas.
—¿No le gustan?
Claudia pensó en la página treinta.
—Está aprendiendo.
Aquello provocó todavía más risas.
—¿Y no se enfada cuando escribes escenas románticas?
—Si algún día consigo que termine un libro, se lo preguntaré.
Perfecto.
Pregunta superada.
Mentira mínima.
Dignidad intacta.
Al acabar, firmó ejemplares durante casi una hora.
Cuando por fin llegó a la copa posterior, necesitaba sentarse, beber algo frío y no sonreír a ningún ser humano durante al menos quince minutos.
No consiguió ninguna de las tres cosas.
—Claudia.
Se giró.
—¡Daniel!
Daniel Robles era editor.
Cuarenta y ocho años.
Divorciado.
Simpático.
Y una de esas personas capaces de entrar en una sala llena y conseguir que cinco minutos después pareciera conocer a todo el mundo.
Se conocían desde hacía años.
Nada romántico.
Nada extraño.
Absolutamente nada.
Daniel la abrazó.
—Estás espectacular.
—Y tú sigues mintiendo estupendamente.
—Por eso trabajo en edición.
—Eso explica muchas cosas.
Él rio.
—Hace siglos que no coincidimos.
—Desde Barcelona.
—Casi un año.
—¿Tanto?
—Tanto.
Daniel cogió dos copas de una bandeja y le ofreció una.
—No sé qué es.
—Mal principio.
—Pero parece caro.
—Mejor.
Claudia aceptó.
Hablaron de libros.
De autores.
De una feria.
De una novela que Daniel quería publicar y que llevaba meses intentando conseguir.
Normal.
Fácil.
Conocido.
Hasta que Claudia levantó la mirada hacia el otro extremo del salón.
Y lo vio.
Ricardo.
Con una mujer.
Claudia dejó de escuchar a Daniel a mitad de frase.
La mujer era alta.
Morena.
Elegante.
Vestido negro sencillo.
Y estaba riéndose mientras sujetaba a Ricardo por el antebrazo.
Claudia parpadeó.
—¿Claudia?
—¿Qué?
Daniel la miró.
—Te has ido.
—No.
—Completamente.
—Perdona.
Volvió a mirar.
Ricardo también la había visto.
Sus ojos se encontraron a distancia.
Él pareció sorprendido.
Después sonrió.
Claudia respondió con una sonrisa pequeña.
Educada.
Perfectamente adulta.
Y volvió su atención hacia Daniel.
—¿Qué decías?
—Que quiero robarte para un proyecto.
—Eso en edición significa trabajar gratis.
—Siempre tan desconfiada.
—Experiencia.
Daniel rio.