Claudia encontró a Daniel junto a la barra.
Estaba hablando con dos hombres que ella conocía de vista y sosteniendo una copa que probablemente llevaba caliente desde hacía media hora.
Cuando la vio, levantó una mano.
—Pensaba que te habías escapado.
—Lo estaba valorando.
—¿Y tu marido?
Claudia hizo una pausa mínima.
—Por ahí.
Daniel sonrió.
—Ese “por ahí” ha sonado raro.
—Todo te suena raro esta noche.
—Deformación profesional.
Se despidió de los otros dos hombres y señaló una mesa apartada.
—¿Nos sentamos cinco minutos?
—Cinco.
—Prometido.
Claudia lo siguió.
Al sentarse, miró involuntariamente hacia la puerta de la terraza.
Ricardo no había vuelto.
Mejor.
Muchísimo mejor.
No necesitaba tenerlo delante mientras hablaba con Daniel.
Ni detrás.
Ni cerca.
Ni en ninguna posición desde la que pudiera poner esa cara de hombre que aseguraba no estar celoso mientras miraba a otro como si estuviera calculando cuánto hormigón hacía falta para enterrarlo.
—¿Te interesa lo que voy a contar o seguimos buscando a Ricardo con la mirada?
Claudia giró inmediatamente la cabeza.
—No estoy buscando a nadie.
—Perfecto.
—No digas perfecto así.
Daniel soltó una carcajada.
—¿Eso también forma parte del matrimonio?
—¿Qué?
—Tener palabras prohibidas.
—No hay palabras prohibidas.
—Pues he acertado rápido.
Claudia cruzó las piernas.
—Tienes cinco minutos.
Daniel dejó la copa.
—Quiero que escribas para nosotros.
—Ya escribo.
—Gracias por la aclaración.
—Y tengo editorial.
—También lo sé.
—Entonces empieza mejor.
Daniel sonrió.
—No quiero quitarte de tu editorial.
—Eso ha sonado decepcionante.
—Quiero proponerte otra cosa.
Sacó el móvil y buscó un documento.
—Estamos preparando una colección nueva.
—¿De romántica?
—Sí, pero no exactamente como lo que hacemos ahora.
Claudia esperó.
—Historias adultas —continuó Daniel—. Protagonistas de cuarenta, cincuenta, sesenta. Mujeres con una vida anterior a conocer al hombre de la novela.
Aquello captó su atención.
—Sigue.
—Estamos cansados de que parezca que el amor tiene fecha de caducidad a los treinta y cinco.
Claudia sonrió.
—Eso te lo compro.
—Lo sabía.
—No te emociones.
Daniel deslizó el móvil hacia ella.
Había un boceto de portada de colección, nombres provisionales y una propuesta de autores.
Claudia leyó.
—¿Quieres que escriba una novela?
—Quiero que abras la colección.
Levantó la mirada.
—¿Yo?
—Tú.
—Hay nombres ahí que venden mucho más.
—No buscamos solo ventas.
Claudia levantó una ceja.
—Eres editor. No mientas tan mal.
Daniel rio.
—Vale. Buscamos ventas. Pero también una voz concreta.
—¿Y cuál se supone que es la mía?
—Mujeres reales.
Claudia dejó de bromear.
Daniel continuó.
—Tus lectoras no te siguen porque escribas príncipes azules. Te siguen porque tus mujeres tienen defectos, tienen hijos, exmaridos, trabajo, miedo, cansancio… y aun así siguen queriendo cosas.
Claudia miró el documento.
—¿Cuándo?
—Ahí viene la parte divertida.
—Siempre que alguien dice eso no es divertida.
—Queremos manuscrito en cuatro meses.
—Daniel.
—Lo sé.
—Tengo otro libro.
—Lo sé.
—Presentaciones.
—También.
—Vida.
—Esa parte no me consta.
Claudia le dio una patada suave por debajo de la mesa.
—Idiota.
—Piénsatelo.
—¿Solo eso?
—No.
—Claro que no.
Daniel sonrió.
—Queremos anunciar la colección dentro de tres semanas.
—¿Tres?
—Y nos gustaría que estuvieras.
—¿Dónde?
—Barcelona.
Claudia dejó el móvil encima de la mesa.
—No.
—Todavía no he terminado.
—Barcelona implica viaje, hotel, entrevistas y Lucía organizándome la existencia.
—Probablemente.
—No.
—Y una cena muy buena.
—Sigue sin compensar.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Claudia, es una buena oportunidad.
Ella lo sabía.
Eso era lo peor.
—¿Lucía sabe esto?
—No.
—Entonces tienes suerte de seguir vivo.
—Quería hablar primero contigo.
—Eso a Lucía le va a encantar.
—Me cae bien sin conocerla.
—No va a ser recíproco.
Daniel sonrió.
—Piénsalo.
Claudia volvió a mirar el documento.
Una colección de historias protagonizadas por mujeres de su edad.
No como excepción.
No como “romance maduro” colocado en una esquina.
Como protagonistas.
Le gustaba.
Mucho.
—Te mandaré toda la información mañana.
—Vale.
—¿Eso significa que estás interesada?
—Significa que puedes mandarla.
—Me sirve.
Claudia cogió su copa.
—¿Ya están los cinco minutos?
—Siete.
—Mentiroso.
—Editor.
Se levantaron.
Daniel tocó ligeramente su brazo.
—Y una cosa más.
—¿Otra?
—La historia del marido misterioso os ha dado una visibilidad enorme.
Claudia endureció un poco la expresión.
—Ricardo no forma parte de mi campaña de promoción.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
Daniel negó.
—Lo que he pensado es que ahora mismo la gente quiere saber más de ti.
—De mi vida.
—También.
—Eso es justo lo que no quiero.
—Lo sé.
Daniel bajó la voz.
—Por eso te lo digo yo antes de que alguien convierta esto en un circo. Aprovecha la atención para hablar de tus libros. No para vender tu matrimonio.
Claudia se relajó.
—Gracias.
—De nada.
—Por un momento pensaba que ibas a proponerme llevarme a Ricardo a Barcelona.
Daniel sonrió.