El marido que me inventé

Capítulo 18 — Sábado sin escritora famosa

Ricardo llegó doce minutos antes.

Lo supo porque Vega, en cuanto lo vio, miró el reloj.

—¿Quién eres?

—Buenas tardes.

—Mi padre nunca llega antes.

—Mi hija tampoco me recibe acusándome de suplantación de identidad.

—Porque normalmente llegas corriendo y diciendo que había tráfico.

Ricardo abrió los brazos.

—Hoy no.

Vega lo observó unos segundos.

—Estoy impresionada.

—No te acostumbres.

—Eso ha sonado muchísimo a Claudia.

Ricardo dejó caer los brazos.

—Llevamos treinta segundos.

—Yo solo digo.

Habían quedado en una cafetería cerca de la facultad de Vega.

Sin Claudia.

Sin escritoras famosas.

Sin excusas.

Tal y como ella había pedido una semana antes.

Ricardo había reservado toda la tarde.

Literalmente.

Cuando Marta le propuso mover una reunión al sábado, había contestado que no podía.

Cuando un cliente pidió revisar unos planos, le dijo que el lunes.

Y cuando se descubrió a sí mismo abriendo el correo antes de salir de casa, cerró el portátil.

Eso último le había costado más.

Vega señaló el móvil de su padre.

—Dámelo.

Ricardo la miró.

—¿Perdón?

—El móvil.

—Tengo cincuenta y dos años.

—Precisamente. Entrégalo voluntariamente y evitamos una escena.

—¿Qué quieres hacer con él?

—Ponerlo boca abajo.

Ricardo sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.

Vega lo giró.

Pantalla contra madera.

—Así.

—Qué nivel de confianza.

—La confianza está en rehabilitación.

Ricardo se quedó mirándola.

Vega pareció arrepentirse un poco.

—No lo decía para…

—Tienes razón.

Ella levantó los ojos.

—¿Sí?

—Sí.

La camarera se acercó.

Pidieron dos cafés.

Vega añadió una porción de tarta.

Ricardo pidió otra.

—¿Desde cuándo comes tarta? —preguntó ella.

—Desde que existe.

—Tú siempre dices que después de comer dulce te entra sueño.

—Estamos merendando.

—Qué hombre tan flexible has vuelto de repente.

Ricardo sonrió.

—¿Vas a analizar todo lo que haga?

—Durante un rato.

—Estupendo.

—Y después ya veremos.

Los primeros veinte minutos fueron extraños.

No incómodos exactamente.

Pero sí torpes.

Como si ambos recordaran cómo habían hablado siempre y, al mismo tiempo, tuvieran que aprender una forma nueva.

Ricardo preguntó por la universidad.

Vega contestó.

Le habló del proyecto audiovisual que preparaba con otros tres compañeros.

Un documental corto sobre comercios antiguos de Madrid que estaban desapareciendo.

Ricardo apoyó los brazos sobre la mesa.

—Eso tiene buena pinta.

—La tiene.

—¿Ya habéis elegido los sitios?

—Tres.

Vega empezó a enseñarle fotografías.

Una mercería.

Una tienda de marcos.

Un pequeño negocio de reparación de cámaras.

—Este hombre lleva cuarenta años aquí —explicó—. Y el dueño del local quiere subirle el alquiler.

Ricardo amplió una fotografía.

—¿El interior es original?

Vega lo miró.

—Papá.

—¿Qué?

—No conviertas mi documental en un estudio arquitectónico.

—Solo he preguntado.

—Te brillan los ojos.

—Eso no es culpa mía.

Ella sonrió.

—El suelo sí es original.

—¿Hidráulico?

—No sé.

Ricardo empezó a acercar más la imagen.

Vega soltó una carcajada.

—Sabía que no debía enseñártelo.

—Podríais grabar planos detalle.

—Ya tenemos.

—¿Y habéis pensado en…

Vega levantó una mano.

—Para.

Ricardo cerró la boca.

—¿Qué?

—Sigue.

—Acabas de decirme que pare.

—Sí, pero ahora quiero saberlo.

Ricardo sonrió.

—Podríais contar la historia del comercio también a través del espacio. Cómo ha cambiado. Qué elementos siguen ahí desde que abrió.

Vega lo escuchó.

Esta vez sin interrumpir.

Ricardo cogió una servilleta y empezó a dibujar una idea para una secuencia.

—Podrías empezar fuera. Fachada completa. Luego escaparate. Después ir entrando lentamente…

—Eso es muy típico.

—¿Y?

—Quiero algo distinto.

—Entonces hazlo al revés.

Vega frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Empieza por un detalle tan pequeño que nadie sepa dónde está. Una mano. Una llave. El mecanismo de una cámara. Y vas abriendo hasta descubrir el lugar.

Vega se quedó callada.

—Eso me gusta.

Ricardo levantó la vista.

—Pues úsalo.

Ella cogió el móvil para apuntarlo.

—No vas a pedirme derechos de autor, ¿no?

—Quiero aparecer en créditos.

—Ni de coña.

—“Asesor creativo”.

—“Señor que se invitó solo”.

Ricardo rio.

Y por primera vez aquella tarde dejaron de esforzarse.

Cuando terminaron el café, Vega propuso caminar.

Ricardo aceptó.

No preguntó adónde.

Eso también pareció sorprenderla.

—Hay una exposición pequeña cerca.

—Vamos.

—¿Ni siquiera vas a preguntar de qué?

—No.

—¿Y si es horrible?

—Me aguanto.

Vega lo miró con sospecha.

—Definitivamente, algo te pasa.

—¿No puedo simplemente pasar la tarde con mi hija?

—Puedes.

—Pues eso.

Caminaron despacio.

Vega llevaba una bolsa cruzada y el pelo recogido de cualquier manera.

Ricardo la observó de reojo.

Había momentos en los que seguía viendo a la niña de doce años que le mandaba fotografías de cada libro que terminaba.

Y otros en los que tenía delante a una mujer de veintiuno con una vida de la que él conocía demasiado poco.

Aquello le dolió.

No de forma dramática.

Peor.

De forma concreta.

¿Cuál era el nombre de la profesora que Vega odiaba?

¿Quién era ahora su mejor amiga?

¿Seguía sin comer aceitunas?

¿Había alguien en su vida?




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