El marido que me inventé

Capítulo 19 — El marido entra en casa

Claudia llevaba una hora intentando escribir una escena romántica y empezaba a sospechar que se había quedado sin talento.

O sin paciencia.

Probablemente las dos cosas.

Leyó otra vez el último párrafo.

Lo borró.

Escribió tres líneas.

Las volvió a borrar.

—Pues estupendo.

Bruno, desde el sofá, levantó la cabeza.

—Tú no opines.

El perro volvió a tumbarse.

Claudia miró la pantalla.

La nueva novela no tenía título.

Ni argumento completo.

Ni protagonista masculino.

Solo una mujer llamada Inés, cincuenta años, divorciada, independiente y absolutamente decidida a no complicarse la vida.

Claudia llevaba seis páginas.

En la página tres ya le había puesto delante a un hombre.

—Así no vamos bien.

El móvil vibró.

RICARDO: He terminado el libro.

Claudia se incorporó.

Lo leyó otra vez.

CLAUDIA: ¿Entero?

RICARDO: Hasta donde normalmente lees tú primero.

Claudia abrió la boca.

CLAUDIA: ¿HAS LEÍDO EL FINAL ANTES?

RICARDO: Quería comprender tu método.

CLAUDIA: Mi método no incluye que TÚ hagas trampas.

RICARDO: Tú lo haces.

CLAUDIA: Porque el libro es mío.

RICARDO: Eso no tiene ningún sentido.

Claudia sonrió.

CLAUDIA: ¿Y?

Los tres puntos aparecieron.

RICARDO: El protagonista sigue cayéndome mal.

Claudia soltó una carcajada.

CLAUDIA: Pues ya puedes morir tranquilo.

RICARDO: Pero el final es bueno.

Claudia dejó de sonreír un poco.

CLAUDIA: Gracias.

RICARDO: Y creo que ahora entiendo algo.

CLAUDIA: Miedo me das.

RICARDO: Te lo cuento luego.

Claudia frunció el ceño.

CLAUDIA: ¿Luego cuándo?

La respuesta tardó apenas unos segundos.

RICARDO: Estoy en Sevilla.

Claudia miró la pantalla.

Después la hora.

Después otra vez la pantalla.

CLAUDIA: ¿Cómo que estás en Sevilla?

RICARDO: He venido por Santa Clara.

CLAUDIA: ¿Hoy?

RICARDO: Reunión mañana a primera hora.

CLAUDIA: Podías haber avisado.

Silencio.

Claudia leyó su propio mensaje.

Demasiado tarde.

RICARDO: Pensaba hacerlo.

CLAUDIA: No pasa nada.

RICARDO: Ha sonado exactamente a que sí pasa.

CLAUDIA: Estoy trabajando.

RICARDO: Entonces no molesto.

Claudia dejó el teléfono.

—Muy bien.

Bruno volvió a levantar la cabeza.

—He dicho que no opines.

El móvil vibró otra vez.

RICARDO: Aunque tengo tu libro.

Claudia sonrió.

CLAUDIA: Es tuyo.

RICARDO: Lo compré yo. Lo sé.

—Idiota.

RICARDO: Y tengo hambre.

Claudia miró hacia la cocina.

Había quedado con Martina para cenar.

Una cena sencilla.

Madre e hija.

Nada complicado.

Podía decirle a Ricardo que cenara por su cuenta.

Era lo lógico.

Lo normal.

Lo sensato.

Escribió:

CLAUDIA: Tengo cena con Martina.

Lo envió.

Perfecto.

Asunto terminado.

RICARDO: Dile que le mando recuerdos.

Claudia esperó.

Nada más.

Eso debería haber sido suficiente.

No lo fue.

—Invítalo.

Claudia levantó la cabeza.

Martina acababa de entrar en casa y todavía llevaba el bolso colgado del hombro.

—No.

—¿Por qué?

—Porque he quedado contigo.

—Y yo quiero conocerlo.

—Ya lo conoces.

—Por fotografía.

—Y videollamada.

—Tres segundos.

—Suficiente.

Martina dejó el bolso en una silla.

—Mamá.

—No.

—Está en Sevilla.

—Sí.

—Solo.

—Supongo.

—Con hambre.

Claudia estrechó los ojos.

—¿Tú qué sabes si tiene hambre?

—Me lo acabas de contar.

—No te tenía que haber contado nada.

Martina abrió la nevera.

—¿Qué ibas a hacer de cena?

—Tortilla.

—Hay para tres.

—Hay para dos.

—Hazla más grande.

Claudia apoyó las manos en la encimera.

—No voy a invitar a Ricardo.

Martina sacó una botella de agua.

—Vale.

—Vale.

—Perfecto.

Claudia la miró.

—No digas perfecto así.

Martina empezó a reírse.

—Os estáis pegando cosas.

—No se me está pegando nada.

—Le vas a escribir.

—No.

—Sí.

—Martina.

—Mamá.

Claudia cogió una cebolla.

—Voy a hacer la tortilla.

—Hazla grande.

Veintisiete minutos después, sonó el timbre.

Martina levantó las cejas.

Claudia siguió cortando pan.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—La genética.

Claudia fue a abrir.

Ricardo estaba detrás de la puerta con una botella de vino en una mano y una bolsa de una pastelería en la otra.

Ella lo miró.

—¿Qué es eso?

—Educación.

—Te he dicho que vinieras a cenar, no que fueras a una boda.

—No sabía qué traer.

—Nada.

—Eso queda fatal.

—Pasa.

Ricardo entró.

Y en cuanto cruzó el recibidor, Claudia sintió algo extraño.

No desagradable.

Extraño.

Hasta entonces Ricardo había existido en hoteles, trenes, restaurantes, entrevistas, calles de Madrid y rincones de Sevilla.

Sitios neutrales.

Ahora estaba en su casa.

En su pasillo.

Frente al cuadro que llevaba siete años queriendo cambiar.




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