El marido que me inventé

Capítulo 20 — No es una cita

Claudia se cambió de ropa cuatro veces.

La primera porque el vestido era demasiado arreglado.

La segunda porque los vaqueros parecían demasiado poco arreglados.

La tercera porque llevaba diez minutos delante del espejo intentando decidir si un escote podía considerarse accidental.

La cuarta porque se enfadó consigo misma.

—Es una cena.

Bruno, tumbado en la cama, la miró.

—Una cena normal.

El perro bostezó.

—Exactamente.

Claudia volvió a mirar el vestido negro que había dejado sobre la cama.

No.

Demasiado.

Cogió un pantalón oscuro y una blusa.

Se los puso.

Se miró.

—Pareces una reunión de comunidad.

Fuera.

Finalmente eligió un vestido verde, sencillo, de manga larga, unos botines y una chaqueta.

Ni demasiado.

Ni demasiado poco.

El problema era que había tardado cuarenta y cinco minutos en conseguir parecer una mujer que no había tardado absolutamente nada.

El móvil vibró.

Martina.

Videollamada.

Claudia estuvo a punto de no cogerla.

Grave error.

Porque Martina insistió.

—¿Qué?

La cara de su hija apareció en pantalla.

—Enséñame.

—¿El qué?

—La ropa.

—¿Qué ropa?

—Mamá.

—Voy a cenar.

—Con Ricardo.

—Para celebrar Santa Clara.

Martina puso una cara que Claudia ya odiaba.

—Claro.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—¿Qué llevas?

Claudia alejó un poco el teléfono.

—Esto.

Martina la observó.

—Te has arreglado.

—Salgo a cenar.

—Te has arreglado mucho.

—No voy a ir en chándal.

—¿Perfume?

Claudia miró hacia otro lado.

—Me pongo perfume todos los días.

—¿Ese?

—¿Qué sabes tú cuál llevo?

—Porque eres mi madre.

Claudia cogió el bolso.

—Tengo que irme.

—¿Dónde vais?

—No sé. Ha reservado él.

Martina abrió mucho los ojos.

—¿HA RESERVADO?

—La gente reserva mesas, Martina.

—En una cena que no es una cita.

—Exacto.

—Por supuesto.

—Adiós.

—Mamá.

Claudia suspiró.

—¿Qué?

—Si volvéis a besaros, esta vez no puedes echarle la culpa al fotógrafo.

Claudia colgó.

Inmediatamente.

—Qué niña más desagradable.

Bruno movió la cola.

—Y tú deja de estar de acuerdo con todo el mundo.

Ricardo llegó puntual.

Exactamente puntual.

Claudia bajaba cuando lo vio esperando frente al portal.

No llevaba traje.

Pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta.

Mucho peor.

Porque parecía menos arquitecto de reunión y más hombre con el que una mujer podía cometer un error perfectamente voluntario.

Claudia se acercó.

—Hola.

Ricardo la miró.

Y tardó un segundo demasiado en contestar.

—Hola.

Ella notó la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—¿No qué?

—Ese nada sí significa algo.

Ricardo sonrió.

—Estás muy guapa.

Claudia no esperaba que fuera tan directo.

—Ah.

—¿Ah?

—Gracias.

Ricardo levantó una ceja.

—¿Solo gracias?

—¿Qué quieres? ¿Una ceremonia?

—Normalmente haces una broma.

—Pues hoy no.

Él siguió mirándola.

Claudia señaló la calle.

—¿Nos vamos?

—Sí.

Caminaron unos metros.

—Tú también estás bien —dijo ella.

Ricardo sonrió.

—Gracias.

—No te emociones.

—Ya decía yo.

El restaurante estaba cerca del río.

Pequeño.

Sin fotógrafos.

Sin prensa.

Sin gente del mundo editorial.

Sin Vega.

Sin Martina.

Sin Marta.

Sin nadie que pudiera justificar por qué estaban allí juntos.

Claudia lo comprobó nada más entrar.

—Has elegido un sitio escondido.

—He elegido un sitio donde se come bien.

—¿Cómo lo conoces?

—He venido alguna vez por trabajo.

—¿Con mujeres?

Ricardo la miró.

Claudia se quedó quieta.

—Eso ha sonado fatal.

—Muchísimo.

—Olvídalo.

—Imposible.

—Era curiosidad.

—Regla seis.

—No estoy celosa.

—No he dicho que lo estuvieras.

—Otra vez no.

Ricardo empezó a reírse.

—Buenas noches, Claudia.

—Eres insoportable.

Se sentaron.

Un camarero les dejó las cartas.

Ricardo la abrió.

Claudia no.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirándome.

—Estoy intentando decidir una cosa.

—¿Cuál?

Claudia apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Esto es una cita?

Ricardo cerró lentamente la carta.

—Tú dijiste que no.

—Ya.

—Dijiste específicamente que era una celebración.

—También.

—Por Santa Clara.

—Correcto.

—Entonces no es una cita.

Claudia asintió.

—Perfecto.

Ricardo volvió a abrir la carta.

—Aunque…

Ella levantó la vista.

—¿Aunque qué?

—Yo he elegido restaurante.

—Sí.

—He reservado.

—Sí.

—Nos hemos arreglado.

Claudia lo señaló.

—Tú te habrás arreglado.

Ricardo miró el vestido verde.

Después a ella.

—Claro.

—Sigue.

—Estamos cenando solos.

—Como mucha gente.

—Y tú me has preguntado si esto es una cita.

Claudia cogió la carta.

—No sé por qué te he preguntado nada.

—Porque tienes dudas.

—No tengo ninguna.

—Perfecto.

Claudia levantó lentamente los ojos.

Ricardo sonreía.

—Te estás vengando.

—Un poco.

Pidieron vino.

Claudia protestó porque Ricardo quería brindar antes de que llegara la comida.

—Con el estómago vacío no.

—Un sorbo.

—Así empiezan las malas decisiones.

—Pensaba que las malas decisiones habían empezado en un AVE.

Claudia sonrió.

—Eso también.

Ricardo levantó la copa.

—Por Santa Clara.

Ella chocó la suya.




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