El marido que me inventé

Capítulo 21 — Sin cámaras

Claudia durmió exactamente lo que podía esperarse después de pasar media noche pensando en un beso que no había ocurrido.

Poco.

Y mal.

A las siete y doce estaba despierta.

A las siete y diecisiete ya había mirado el móvil.

A las siete y veinte decidió que no volvería a hacerlo.

A las siete y veintitrés lo volvió a hacer.

Nada.

—Perfecto.

Bruno abrió un ojo desde su cama.

—Tú tampoco has dormido bien.

El perro cerró el ojo.

Claudia se levantó.

Había tenido oportunidades de cometer estupideces en su vida.

Muchas.

Algunas las había aprovechado.

Otras no.

Pero pocas veces había pasado tantas horas arrepintiéndose de haber hecho lo sensato.

Ricardo quería besarla.

Eso estaba claro.

Y ella quería que Ricardo la besara.

También.

Muchísimo más claro de lo que le convenía.

El problema era todo lo que había alrededor.

El trato.

La prensa.

Las reglas.

La mentira.

Madrid.

Sevilla.

Vega.

Martina.

Santa Clara.

Y esa costumbre reciente que tenía Ricardo de aparecer en sus pensamientos sin pedir permiso.

Puso café.

Abrió el portátil.

Leyó la última frase de la novela nueva.

La protagonista, Inés, estaba frente a un hombre al que no quería besar.

Claudia se quedó mirando la pantalla.

—Mentira.

Borró la frase.

Escribió:

Inés quería besarlo. Precisamente por eso se marchó.

Claudia se quedó quieta.

—Tampoco hace falta ponerse autobiográfica.

Volvió a borrarla.

El teléfono vibró.

Ricardo.

Lo cogió demasiado rápido.

RICARDO: Buenos días.

Claudia tardó treinta segundos en contestar para conservar algo de dignidad.

CLAUDIA: Buenos días.

RICARDO: ¿Has dormido?

La pregunta era demasiado parecida a la de después de su primer beso.

CLAUDIA: Perfectamente.

Tres puntos.

RICARDO: Sigues mintiendo fatal.

Claudia sonrió.

CLAUDIA: ¿No tenías reunión?

RICARDO: A las diez.

CLAUDIA: Pues concéntrate.

RICARDO: Lo intento.

Silencio.

Claudia esperó.

Apareció otro mensaje.

RICARDO: Anoche no debería haberte escrito eso.

Claudia dejó de sonreír.

Leyó otra vez.

CLAUDIA: ¿Qué cosa?

Sabía perfectamente qué cosa.

RICARDO: Que no había sido fácil parar.

Claudia sintió una pequeña presión en el pecho.

CLAUDIA: Ah.

Ricardo tardó un poco.

RICARDO: No porque no fuera verdad.

Eso fue peor.

RICARDO: Porque no quiero presionarte.

Claudia se sentó en una silla.

CLAUDIA: No me presionaste.

RICARDO: Bien.

Y nada más.

Claudia miró la conversación.

—¿Bien?

Esperó.

Nada.

—Qué hombre más irritante.

Escribió:

CLAUDIA: ¿Eso es todo?

La respuesta llegó inmediatamente.

RICARDO: No.

Claudia esperó.

Un minuto.

Dos.

CLAUDIA: Ricardo.

RICARDO: Prefiero decírtelo mirándote.

Claudia dejó el móvil sobre la mesa como si quemara.

Bruno apareció por la cocina.

—Pues estupendo.

El perro la miró.

—Ahora tengo que esperar.

A las diez y cinco, Claudia había conseguido escribir ciento veintiséis palabras.

A las diez y treinta, ciento cuarenta y tres.

A las once, había vuelto a ciento diecinueve después de borrar un párrafo entero.

Lucía la llamó.

—¿Estás trabajando?

—Intentándolo.

—¿Cómo fue anoche?

Claudia cerró los ojos.

—Bien.

—¿Cena bien o cita bien?

—No era una cita.

—Claudia.

—Celebramos Santa Clara.

—¿Y?

—Y cenamos.

—¿Y?

—Y hablamos.

—¿Y?

—Lucía, ¿qué esperas exactamente?

—Que me ahorres trabajo y llegues tú sola a la parte interesante.

Claudia se levantó de la silla.

—No pasó nada.

Silencio.

—¿Nada de nada?

—Nada.

—Eso ha sonado a que estuvo a punto de pasar algo.

—Estás enferma.

—Son años de representante.

Claudia caminó hacia la ventana.

—Casi nos besamos.

Lucía se quedó callada.

Aquello sí era preocupante.

—Di algo.

—Estoy saboreando el momento.

—Idiota.

—¿Quién frenó?

—Yo.

—¿Por qué?

Claudia miró la calle.

—Porque no sé qué estamos haciendo.

—Eso es razonable.

—Gracias.

—Pero no has contestado.

—Sí he contestado.

—No. Has explicado por qué no lo besaste. No por qué querías hacerlo.

Claudia suspiró.

—Porque me gusta.

Lucía no dijo nada durante unos segundos.

—Vale.

—No pongas esa voz.

—¿Qué voz?

—La de “por fin lo admite”.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

—¿Mucho?

—Demasiado.

Claudia apoyó la frente en el cristal.

—No sé qué hacer.

Lucía cambió el tono.

—No tienes que hacer nada hoy.

—Él vuelve esta tarde.

—¿Y?

—Y quiere hablar conmigo.

—Entonces habla.

—Qué fácil lo haces.

—Hablar sí es fácil. Luego lo demás ya veremos.

Claudia sonrió ligeramente.

—¿Desde cuándo eres tan sensata?

—Desde que tú has decidido comportarte como una adolescente.

—Tengo cuarenta y nueve años.

—Eso hace que sea más preocupante.

—Adiós, Lucía.

—Un momento.

—¿Qué?

—No confundas el contrato con lo que pasa fuera del contrato.

Claudia se quedó callada.

—El trato era mentira —continuó Lucía—. Lo que sientas tú no tiene por qué serlo.




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