Ricardo perdió el tren.
No por mucho.
Cinco minutos.
Pero lo perdió.
Y mientras miraba desde el andén cómo la pantalla cambiaba de EMBARQUE a CERRADO, pensó que aquello resumía bastante bien su capacidad para tomar decisiones sensatas desde que había conocido a Claudia.
Sacó el móvil.
Tenía un mensaje suyo.
CLAUDIA: ¿Has llegado con tiempo?
Ricardo miró la pantalla.
Después el acceso cerrado.
Después otra vez la pantalla.
RICARDO: Sí.
Lo envió.
Duró exactamente nueve segundos con la mentira.
RICARDO: No.
Claudia contestó casi inmediatamente.
CLAUDIA: 😂😂😂😂😂
RICARDO: Me alegra que disfrutes de mi desgracia.
CLAUDIA: El hombre que presume de puntualidad pierde el tren después de besarme. Déjame vivir este momento.
Ricardo sonrió.
RICARDO: No lo he perdido por besarte.
Tres puntos.
CLAUDIA: Claro.
RICARDO: Había tráfico.
CLAUDIA: 🤣🤣🤣🤣
RICARDO: Te odio.
CLAUDIA: No parece.
Ricardo se quedó mirando aquel mensaje.
La misma frase que él le había dicho la noche anterior.
Esta vez sonrió más despacio.
RICARDO: Ese argumento empieza a tener demasiadas pruebas en contra.
Claudia tardó un poco más.
CLAUDIA: Busca otro tren.
Eso también era muy Claudia.
Abría una puerta.
Y cuando la conversación se acercaba demasiado, cambiaba de habitación.
Ricardo la dejó.
Por ahora.
Claudia llevaba diez minutos andando por casa sin ningún motivo.
Había recogido dos cojines.
Colocado una revista.
Vuelto a mover el cojín que acababa de colocar.
Y abierto la nevera tres veces sin hambre.
Bruno la seguía con la mirada.
—No ha pasado nada extraordinario.
El perro bostezó.
—Nos hemos besado.
Bruno siguió mirando.
—Ya nos habíamos besado antes.
Nada.
Claudia se apoyó en la encimera.
—Pero este era distinto.
El móvil vibró.
Ricardo.
RICARDO: Próximo tren dentro de una hora y veinte.
CLAUDIA: Muy bien.
RICARDO: Podría haberme quedado a cenar otra vez.
Claudia sonrió.
CLAUDIA: Podrías haber llegado a tiempo.
RICARDO: También.
CLAUDIA: Lección aprendida.
RICARDO: No estoy seguro.
Claudia dejó de escribir.
Sabía perfectamente lo que quería decir.
Y, por primera vez, no sintió necesidad de fingir que no.
CLAUDIA: Yo tampoco.
Envió.
Dejó el móvil.
Lo volvió a coger.
Leyó la conversación.
—Esto se está poniendo feo.
Bruno apoyó la cabeza en sus patas.
—Tú porque no tienes WhatsApp.
Ricardo llegó a Madrid pasada la medianoche.
Vega estaba despierta.
Lo supo porque tenía un mensaje suyo.
VEGA: ¿Has llegado?
Ricardo contestó desde el taxi.
RICARDO: Acabo de llegar.
VEGA: ¿Qué tal Sevilla?
Aquello no tenía nada de inocente.
RICARDO: Bien.
Tres puntos.
VEGA: Papá.
Ricardo sonrió.
RICARDO: ¿Qué?
VEGA: ¿La has besado?
Se quedó mirando la pantalla.
No sabía si admirar la capacidad deductiva de su hija o preocuparse por la falta absoluta de pudor.
RICARDO: Buenas noches, Vega.
Respuesta inmediata.
VEGA: LA HAS BESADO.
RICARDO: Duérmete.
VEGA: 😂😂😂😂😂😂
Ricardo guardó el móvil.
Dos segundos después volvió a vibrar.
VEGA: Me alegro.
Eso sí le hizo parar.
Leyó el mensaje otra vez.
RICARDO: Yo también.
Esta vez Vega no respondió.
No hacía falta.
A la mañana siguiente Claudia recibió una llamada de Lucía a las ocho y cuarenta y tres.
—No.
Lucía guardó silencio.
—Buenos días para ti también.
—Son las ocho y cuarenta y tres.
—Llevas despierta desde hace una hora.
Claudia miró el café.
—Eso no significa que quiera hablar contigo.
—¿Qué pasó ayer?
—Nada.
Lucía suspiró.
—Claudia.
—Ganó Santa Clara.
—Eso ya lo sé.
—Cenamos.
—Eso también.
Claudia se quedó callada.
Lucía esperó.
—Y nos besamos.
Al otro lado de la línea hubo silencio.
—¿Lucía?
—Estoy aquí.
—Pues di algo.
—No puedo creer que finalmente hayas necesitado veintiún capítulos.
Claudia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dicho una cosa rarísima.
—Que por fin.
—¿Por fin qué?
—Os habéis besado sin fotógrafos.
Claudia apoyó una mano en la mesa.
—¿Cómo sabes que no había fotógrafos?
—Porque si los hubiera habido ya tendría doce mensajes de prensa.
—Pues no.
—Entonces era voluntario.
Claudia bebió café.
—Sí.
—¿Quién besó a quién?
—Yo.
Lucía gritó.
Literalmente.
—¡NO!
Claudia apartó el teléfono de la oreja.
—¿Tienes doce años?
—Tú has besado a Ricardo.
—Sí.
—Tú.
—Lucía.
—La mujer que escribió “NO ENAMORARSE” en mayúsculas.
—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
—Claro.
—No estoy enamorada.
—No he dicho que lo estés.
Claudia cerró los ojos.
—Os odio a todos.
—¿Y ahora qué?
Ahí estaba la pregunta.
Claudia bajó la taza.
—No sé.