A las nueve y doce de la mañana, Claudia ya estaba enfadada con Internet.
A las nueve y veinte, también con Lucía.
—No puedes pedir que retiren la fotografía —dijo su representante.
—¿Por qué no?
—Porque Ricardo entró en tu casa.
—Eso no es noticia.
—Para una revista de corazón, que el marido de una escritora entre en casa de su propia mujer tampoco debería serlo.
—Exactamente.
—Pero ahora mismo vosotros dais visitas.
Claudia dejó el móvil sobre la mesa.
—No damos visitas. Existimos.
—En público, casados.
—Ya.
—Y ese es el problema.
Claudia se levantó.
Había pasado de la felicidad bastante tonta de la noche anterior a estar discutiendo por una fotografía borrosa de Ricardo cargando sushi.
Magnífico.
—No quiero que conviertan esto en una serie por entregas.
—Entonces tenemos que empezar a pensar cómo salir.
—Ayer ya lo hablamos.
—Pensarlo no basta.
Claudia se quedó junto a la ventana.
—¿Qué propones?
Lucía tardó un segundo.
—Primero necesito saber quién conoce toda la verdad.
—Tú.
—Gracias.
—Martina.
—Sí.
—Vega.
—Sí.
—Marta.
—Eso creo.
—¿Eso crees?
—Ricardo se lo contó.
—¿Álvaro?
Claudia suspiró.
—Martina.
—Perfecto. Media España.
—No exageres.
—Javier no sabe nada, ¿verdad?
Claudia se quedó quieta.
—No.
Lucía cambió el tono.
—Bien.
—¿Por qué lo preguntas así?
—Porque hay una cuestión que llevamos demasiado tiempo bordeando.
Claudia frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Santa Clara.
—¿Qué pasa con Santa Clara?
—Tú participaste como asesora cultural.
—Di mi opinión sobre las tres propuestas. No voté. No adjudico nada.
—Lo sé.
—Y Ricardo jamás me pidió que moviera un dedo por él.
—También lo sé.
—Entonces.
Lucía suspiró.
—Nosotras lo sabemos.
Claudia entendió antes de que terminara.
—Pero la gente cree que es mi marido.
—Exacto.
Silencio.
Claudia se sentó despacio.
—Joder.
—Eso mismo.
—No he hecho nada malo.
—No.
—Fui objetiva.
—Sí.
—Mandé un informe sobre los tres proyectos.
—Claudia, no estoy acusándote.
—Ya lo sé.
Pero su voz había cambiado.
Porque por primera vez la mentira no estaba provocando solo situaciones ridículas.
Podía afectar a Ricardo.
A su trabajo.
A algo que le importaba de verdad.
—Voy a llamarlo.
—Espera.
—¿A qué?
—A tener toda la información.
—¿Qué información?
Lucía guardó silencio.
—Me han llamado esta mañana de la editorial.
Claudia cerró los ojos.
—¿Qué más?
—Un periodista ha preguntado si tú formabas parte del comité que evaluó Santa Clara.
—No formaba parte del comité técnico.
—Lo sé.
—¿Quién ha preguntado?
—No lo sé todavía.
—¿Y por qué ahora?
Lucía soltó el aire.
—Porque ayer se publicó que Ricardo estaba en tu casa la misma semana en la que su estudio ha conseguido el proyecto.
Claudia miró hacia el teléfono.
Ya no tenía ninguna gracia.
—Llama a Javier —dijo Lucía—. Averigua exactamente cómo estaba estructurado el proceso.
—Lo sé perfectamente.
—Entonces confirma que quede documentado.
—¿Y después?
—Después hablamos con Ricardo.
Claudia negó.
—No. Primero hablo con él.
—Claudia…
—Le afecta a él.
Lucía no insistió.
—Vale.
Claudia colgó.
Y por primera vez desde que se había inventado aquel matrimonio, sintió auténtico miedo.
Ricardo contestó al segundo tono.
—Hola.
No parecía preocupado.
Todavía.
—¿Puedes hablar?
—Sí. Estoy llegando al estudio.
Claudia fue directa.
—Han empezado a preguntar por Santa Clara.
Silencio.
—¿Quién?
—Un periodista ha llamado a la editorial preguntando si yo participé en la evaluación.
Ricardo dejó de caminar.
Ella lo notó incluso sin verlo.
—Tú no evaluaste el concurso.
—Di una valoración cultural.
—Que no tenía carácter vinculante.
—Lo sé.
—Ni puntuación.
—Lo sé.
—Ni participaste en la adjudicación final.
—Ricardo, no tienes que convencerme a mí.
Silencio.
Él respiró.
—Perdona.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Claudia cerró los ojos.
—Esto es culpa mía.
—No.
—Si no hubiera inventado que estoy casada…
—Claudia.
—La gente no pensaría que ayudé a mi marido a conseguir un proyecto.
—No me has ayudado a conseguirlo.
—Pero eso no lo saben.
—Entonces se explica.
Ella se quedó callada.
Ricardo continuó:
—Todo está documentado. El proceso, las reuniones, los informes, quién votó y quién no.
—¿Estás seguro?
—Absolutamente.
—Bien.
—Y mi estudio presentó la propuesta antes de conocerte.
Claudia respiró un poco mejor.
—Eso es importante.
—Mucho.
—Pero públicamente llevamos años casados.
Ahí estaba el problema.
Ricardo no respondió.
—Si decimos que nos conocimos en el AVE hace una semana —continuó Claudia—, tenemos que contar el resto.
—Sí.
—Todo.
—Sí.
—El marido inventado.
—Sí.
—El trato.
—Sí.
—La foto.
—Sí.
—Las reglas…
—Las reglas quizá podemos ahorrárnoslas.
Claudia soltó una risa nerviosa.
—Gracias.
—Claudia.
—¿Qué?
—No me preocupa el proyecto.
Ella frunció el ceño.
—Pues debería.
—Me preocupa que estés pensando que has hecho algo sucio.
Claudia bajó la mirada.
—No lo he hecho.
—Entonces no lo conviertas en otra cosa dentro de tu cabeza.
—Qué fácil.
—No he dicho que lo sea.
Silencio.