El marido que me inventé

Capítulo 24 — El día que desapareció el marido

A las ocho y diecisiete de la mañana, Claudia descubrió que decir la verdad daba bastante más miedo que inventarse una mentira.

Lo cual era profundamente injusto.

Llevaba años sosteniendo una historia absurda con una facilidad sorprendente.

Un marido discreto.

Arquitecto.

Dos años de matrimonio.

Viajes que nunca habían hecho.

Una boda que no había existido.

Y aquella mañana, cuando por fin solo tenía que contar lo que realmente había ocurrido, le temblaban las manos.

El café seguía intacto.

Bruno estaba tumbado bajo la mesa.

El portátil abierto.

Y en la pantalla había un documento que Lucía había titulado:

ACLARACIÓN PÚBLICA

Claudia lo odiaba.

No el contenido.

El título.

Parecía que estuviera a punto de reconocer una deuda con Hacienda.

El móvil sonó.

Ricardo.

—Buenos días.

—No.

Hubo una pausa.

—¿No qué?

—No son buenos.

—Son las ocho y cuarto.

—Precisamente.

Ricardo soltó una risa.

—¿Has dormido?

—Fatal.

—Yo también.

Claudia sonrió un poco.

—Eso me tranquiliza.

—Qué generosa.

—¿Marta?

—En el estudio desde hace media hora.

—¿Y Santa Clara?

—La fundación va a emitir un comunicado separado.

Claudia dejó la taza.

—¿Qué van a decir?

—Solo hechos. Que nuestro estudio presentó la propuesta antes de conocerte, que tu participación fue consultiva y que no formaste parte del órgano que decidió la adjudicación.

—Bien.

—Y que todo el expediente está documentado.

Claudia respiró.

—Bien.

—Has dicho bien dos veces.

—No tengo repertorio hoy.

Silencio.

—¿Estás segura? —preguntó Ricardo.

Claudia miró el documento.

—No.

—Podemos esperar.

—No.

—Claudia.

—Si esperamos, mañana encontrarán otra entrevista. Pasado otra. Luego alguien hará un hilo explicando mi vida mejor que yo.

—Eso probablemente.

—Gracias.

—Solo digo que tienes que hacerlo porque quieres, no porque te están empujando.

Claudia se quedó callada.

Esa era exactamente la clase de frase que últimamente Ricardo soltaba como si no fuera importante y después se le quedaba dando vueltas durante horas.

—Quiero hacerlo —dijo finalmente.

—Entonces estoy contigo.

Claudia sonrió.

—Desde Madrid.

—Puedo coger un tren.

—No.

—Tardo dos horas y media.

—Ricardo.

—Estoy mirando horarios.

—He dicho que no.

—¿Por qué?

Claudia bajó la voz.

—Porque si vienes corriendo cada vez que tengo miedo, me voy a acostumbrar.

Ricardo guardó silencio.

—Eso tampoco sería terrible —dijo.

Claudia cerró los ojos.

—No me pongas las cosas más difíciles a las ocho y media de la mañana.

—Perdón.

—Mentira.

—Bastante.

A las diez, Lucía estaba en casa de Claudia.

Con portátil.

Dos teléfonos.

Una libreta.

Y energía suficiente para gestionar una crisis internacional.

Martina también había aparecido.

Nadie la había invitado.

—He venido como apoyo emocional —explicó mientras abría un paquete de galletas.

Claudia la miró.

—Has venido a cotillear.

—También.

Lucía levantó la vista del ordenador.

—Necesito silencio cinco minutos.

—Eso en esta casa no va a pasar —dijo Martina.

—Lo sé.

Claudia caminaba de un lado a otro.

—No me gusta el comunicado.

—No es un comunicado —respondió Lucía—. Es el esquema de lo que vas a decir.

—Pues no me gusta el esquema.

—¿Qué no te gusta?

—Todo.

Lucía dejó de escribir.

—Muy útil.

Claudia señaló la pantalla.

—“Hace varios años, durante una entrevista, hice una referencia ambigua a mi vida sentimental…”

—Eso ocurrió.

—Yo no hablo así.

—Ya lo sé.

—Parezco una ministra dimitiendo.

Martina se rio.

—Un poco sí.

Lucía la miró.

—Tú no ayudas.

—Estoy con mi madre.

—Pues ayúdala menos.

Claudia se sentó.

—Quiero contarlo yo.

—Eso estamos haciendo.

—No. Quiero contarlo como pasó.

Lucía cruzó los brazos.

—Adelante.

Claudia respiró.

—Me preguntaron si estaba enamorada.

—Sí.

—Yo estaba harta de hablar de mi divorcio y dije que estaba feliz, compartiendo mi vida con alguien.

—Correcto.

—A partir de ahí alguien escribió que tenía pareja.

—Sí.

—Luego otro decidió que convivíamos.

—Sí.

—Y en algún momento apareció un marido.

Martina levantó una mano.

—Eso es muy fuerte cuando lo cuentas así.

—Gracias, hija.

—De nada.

Claudia continuó.

—Y yo no lo corregí.

Lucía la miró.

—Esa es la parte importante.

—Lo sé.

—No culpes solo a la prensa.

—No voy a hacerlo.

Claudia respiró.

—Me dio vergüenza reconocer que había dejado crecer una mentira tan absurda. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil parecía decir la verdad.

Martina dejó de comer.

Lucía no escribió.

Claudia miró a ambas.

—Eso es lo que quiero decir.

Lucía asintió lentamente.

—Eso sí eres tú.

—Gracias.

—Luego llega Ricardo.

Claudia sonrió sin querer.

Martina lo vio.

Naturalmente.

—Mamá.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas nada con la cara.

Lucía volvió al portátil.

—Ahora viene la parte delicada. ¿Cuánto contamos del acuerdo?

—Todo lo necesario.

—¿Las reglas?

—No.

Martina protestó.

—¡Son lo mejor!

—Tú cállate.

—La de no enamorarse tendría muchísima repercusión.

Claudia la señaló.

—Precisamente por eso no.

Lucía sonrió.

—Estoy de acuerdo.

—Gracias a Dios hay una adulta aquí.

Martina cogió otra galleta.

—Aburridas.




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