El marido que me inventé

Capítulo 25 — Lo que queda cuando se acaba la mentira

A las siete y seis de la mañana, Claudia descubrió que tener a Ricardo durmiendo en el sofá de su casa era bastante más perturbador que tener un marido falso en Internet.

Abrió los ojos.

Tardó unos segundos en recordar por qué había una chaqueta de hombre colgada en el respaldo de una silla.

Después lo recordó todo.

El vídeo.

La verdad.

Santa Clara.

Ricardo.

El sofá.

El beso antes de dormir.

Se tapó la cara con las manos.

—Madre mía.

Bruno, a los pies de la cama, levantó la cabeza.

—Ni se te ocurra empezar tú también.

Se levantó sin hacer ruido.

O eso intentó.

A mitad del pasillo pisó algo.

Un zapato.

De Ricardo.

—Joder.

—Buenos días.

Claudia dio un salto.

Ricardo estaba apoyado en el marco de la puerta del salón.

Descalzo.

Con el pelo desordenado.

La camisa de la noche anterior medio abierta.

Y una cara de haber dormido aproximadamente lo mismo que ella.

Claudia lo miró.

Demasiado.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Estaba comprobando si seguías vivo.

—El sofá ha intentado matarme.

—Te ofrecí hospitalidad.

—Me ofreciste una tortura lumbar.

Claudia sonrió.

—Podías haberte ido al hotel.

—Podía.

—Y no te fuiste.

Ricardo sostuvo su mirada.

—No.

Ahí estaba otra vez.

Esas respuestas cortas que últimamente le hacían más efecto que cualquier discurso.

Claudia señaló la cocina.

—Café.

—Sí, por favor.

—Pero primero ponte algo.

Ricardo miró su propia camisa.

—Llevo ropa.

—Abrocha botones.

Él empezó a sonreír.

—¿Te desconcentro?

—Muchísimo menos de lo que crees.

—Mientes fatal.

—Abrocha.

Ricardo obedeció riéndose.

Desayunaron en la cocina.

Claudia con tostada.

Ricardo con café y cualquier cosa que encontró porque, según él, no necesitaba desayunar mucho.

Cinco minutos después estaba comiéndose media tostada de Claudia.

—Eso era mío.

—No te la estabas comiendo.

—Porque estaba hablando.

—La comida abandonada pierde derechos de propiedad.

—¿Eso es una norma de arquitectos?

—Código civil.

—Eres imbécil.

Ricardo sonrió.

Durante unos minutos, aquello pareció sorprendentemente normal.

Demasiado normal.

Un hombre sentado en su cocina.

Bruno esperando debajo de la mesa.

Dos tazas.

Miguitas.

Una conversación absurda.

Claudia lo observó mientras Ricardo leía algo en el teléfono.

Y sintió una punzada rara.

No miedo.

No exactamente.

Algo parecido a nostalgia por una escena que todavía estaba ocurriendo.

Ricardo levantó la vista.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez.

—Estaba pensando.

—Eso en ti suele acabar mal.

Claudia iba a contestar cuando el móvil de Ricardo empezó a sonar.

Marta.

La normalidad desapareció.

Él atendió.

—Dime.

Claudia siguió recogiendo la mesa, aunque dejó de escuchar solo en apariencia.

Ricardo permaneció callado.

—¿Oficialmente?

Pausa.

—Vale.

Claudia se giró.

Él la miró.

Y ella supo que no era bueno.

—No, no hagáis nada hasta que llegue… Sí… en una hora.

Colgó.

—¿Qué pasa?

Ricardo dejó el teléfono sobre la mesa.

—La fundación ha paralizado temporalmente la firma del contrato de Santa Clara.

Claudia no se movió.

—¿Paralizado?

—Hasta que termine la revisión.

—¿Cuánto?

—No lo saben.

—Pero ayer dijiste que estaba todo documentado.

—Lo está.

—Entonces ¿por qué lo paran?

—Porque han presentado una impugnación formal y quieren evitar cualquier problema mientras revisan el expediente.

Claudia sintió que el estómago se le cerraba.

—Por mí.

—No.

—Ricardo.

—Por una impugnación.

—Que existe porque todo el mundo pensaba que yo era tu mujer.

—Claudia…

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Intentar que parezca que no tiene relación.

Ricardo respiró.

—Tiene relación con la apariencia de un conflicto de interés. No con que tú hayas hecho nada malo.

—El resultado es el mismo.

—No.

—Tu proyecto está parado.

—Temporalmente.

—Por mi mentira.

Ricardo se levantó.

—Escúchame.

—Te estoy escuchando.

—Nuestro estudio presentó Santa Clara antes de que tú y yo nos conociéramos.

—Lo sé.

—Tu informe no puntuaba.

—Lo sé.

—La decisión la tomó un órgano en el que tú no estabas.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablar como si hubieras falsificado el concurso.

Claudia se cruzó de brazos.

—No me hables como si estuviera siendo irracional.

—Estás siendo injusta contigo.

—¿Y eso te molesta?

—Sí.

La respuesta llegó tan rápida que Claudia se quedó callada.

Ricardo bajó la voz.

—Mucho.

—Pues a mí me molesta que puedas perder algo por una estupidez mía.

—Y a mí me molestaría perderlo.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No. Porque tú estás buscando un culpable y has decidido que vas a ser tú.

Claudia apartó la mirada.

—Tengo que ir al estudio —dijo él.

—Claro.

Cogió su chaqueta.

Claudia no respondió.

Ricardo llegó hasta la puerta.

Se detuvo.

—Esta noche tengo que volver a Madrid.

Ella asintió.

—Vale.

—Claudia.

—¿Qué?

—No desaparezcas.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Te conozco lo suficiente para saber qué vas a hacer ahora.

—¿Y qué voy a hacer?

—Convencerte de que yo estaría mejor si tú no estuvieras en medio.

Claudia se quedó inmóvil.

Era exactamente lo que acababa de empezar a pensar.

—No iba a…

Ricardo levantó una ceja.

Ella cerró la boca.




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