Claudia volvió de Barcelona con sueño, una carpeta llena de papeles y la sensación de haber vivido tres semanas en cinco días.
Nada más entrar en casa dejó la maleta en mitad del pasillo.
Bruno apareció corriendo.
—Tú sí que sabes recibir a una mujer.
Se agachó para acariciarlo.
El móvil vibró dentro del bolso.
Claudia sonrió antes incluso de sacarlo.
Eso empezaba a ser preocupante.
RICARDO: ¿Has llegado?
CLAUDIA: Acabo de entrar.
RICARDO: ¿Barcelona te ha devuelto entera?
Claudia miró la maleta.
CLAUDIA: Aproximadamente.
RICARDO: Mañana llego a Sevilla a las 12:40.
Ella ya lo sabía.
Perfectamente.
Ricardo se lo había dicho dos veces.
Aun así, leerlo le produjo esa alegría pequeña que últimamente aparecía demasiado rápido.
CLAUDIA: Qué bien por Sevilla.
Los tres puntos aparecieron.
RICARDO: Sevilla está emocionadísima.
CLAUDIA: Mucho.
RICARDO: ¿Y tú?
Claudia sonrió.
No iba a caer.
CLAUDIA: Yo tengo trabajo.
RICARDO: Mientes fatal.
—Pesado.
Bruno movió la cola.
CLAUDIA: Mañana hablamos.
RICARDO: Mañana te veo.
Claudia dejó de escribir.
Era distinto.
No si puedes.
No si te viene bien.
No por Santa Clara.
Mañana te veo.
Contestó:
CLAUDIA: Sí.
Y aquello, absurdamente, fue suficiente para mejorarle el cansancio.
Ricardo no la llevó a comer.
Ni a tomar café.
Ni a ningún restaurante.
Cuando apareció al día siguiente, a la una y media, la esperaba delante de casa con el coche que había alquilado.
—Sube.
Claudia lo miró.
—¿Dónde vamos?
—Buenos días.
—Son la una y media.
—Buenas tardes.
—¿Dónde vamos?
Ricardo sonrió.
—Sorpresa.
Claudia se quedó junto a la puerta del coche.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentira.
—No me gustan las sorpresas que no controlo.
—Eso sí me lo creo.
—¿Tengo que cambiarme?
Ricardo la miró de arriba abajo.
Vaqueros.
Camisa blanca.
Chaqueta ligera.
—No.
—¿Voy bien?
—Mucho.
Claudia entrecerró los ojos.
—No intentes distraerme.
—Sube.
—Como acabemos en una ruta de senderismo, me vuelvo.
—Prometido.
Entró.
Quince minutos después reconoció el camino.
—Ricardo.
Él siguió conduciendo.
—¿Qué?
—Vamos a Santa Clara.
—Sí.
—Eso no es una sorpresa.
—Todavía no hemos llegado.
—Te aviso de que como haya una reunión…
—No hay reunión.
—¿Marta?
—Madrid.
—¿Javier?
—No viene.
Claudia lo miró.
—Entonces ¿qué hacemos?
Ricardo sonrió.
—Ya lo verás.
Aparcaron cerca.
Cuando llegaron al edificio, un técnico les abrió.
Saludó a Ricardo, les entregó unos cascos de obra y se marchó hacia otra zona.
Claudia miró el casco.
—Esto favorece muchísimo.
—Estás preciosa.
—Mentiroso.
—Esposa…
Ricardo se detuvo.
Claudia lo miró.
Él sonrió.
—Casi.
—Te bloqueo.
—Ya no.
Entraron.
Santa Clara parecía distinta.
No porque hubiera cambiado demasiado.
Habían empezado algunas comprobaciones, retirado elementos provisionales y marcado zonas de trabajo.
Pero seguía conservando aquel silencio antiguo.
—¿Por qué me has traído? —preguntó Claudia.
—Ven.
Ricardo caminó hacia la galería.
Claudia lo siguió.
Atravesaron el patio.
Llegaron a la sala.
La biblioteca.
Todavía no había libros.
Ni estanterías.
Ni mesas.
Solo paredes desnudas, polvo y tres enormes ventanales dejando entrar la luz.
Ricardo se quedó en el centro.
—Aquí.
Claudia sonrió.
—Ya había estado.
—No así.
Él abrió una carpeta.
Sacó un plano.
No era el que ella había visto.
Era mucho más detallado.
Había distribución de mobiliario.
Zonas de lectura.
Una mesa grande.
Un pequeño espacio para presentaciones.
Y junto a uno de los ventanales, varios sillones.
Claudia se acercó.
—¿Esto es definitivo?
—Casi.
—¿Y la pared?
—Se queda.
Claudia levantó la vista hacia los restos de pintura antigua.
—Bien.
—Sabía que dirías eso.
Ella siguió mirando.
—¿Por qué me lo enseñas?
Ricardo tardó unos segundos.
—Porque tú fuiste la primera persona que entendió esta sala como yo quería que se entendiera.
Claudia lo miró.
—Había más gente en la visita.
—Sí.
—Y expertos.
—También.
—¿Y me haces caso a mí?
—A veces.
Ella sonrió.
—Qué peligro.
Ricardo señaló el plano.
—Mira aquí.
Había una anotación manuscrita.
Claudia se acercó.
Lectura junto a luz natural. Evitar saturar. Dejar respirar el muro.
—Eso lo dijiste tú.
Claudia levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—El primer día que vimos los planos.
—No me acuerdo.
—Yo sí.
Otra vez.
Aquella manía de recordar cosas pequeñas.
—¿Lo has puesto en el proyecto por mí?
Ricardo negó.
—Lo puse porque tenías razón.
—Menos romántico.
—Mucho más seguro profesionalmente.
Claudia soltó una carcajada.
Ricardo enrolló el plano.
—Quería que fueras de las primeras personas en verlo ahora que ya es oficial.
—¿Por qué?
Él la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque quería compartirlo contigo.
No había cámaras.
No había nadie a quien convencer.