Claudia descubrió que estar juntos de verdad tenía una desventaja evidente.
También podían enfadarse de verdad.
Hasta aquel momento, todas sus discusiones habían tenido algo de juego.
Triana.
Los celos.
Las reglas.
Daniel.
Marta.
Quién había besado a quién.
Incluso cuando se irritaban, siempre había una salida fácil.
Una broma.
Un “esto no estaba en el contrato”.
Un beso.
Aquella mañana no.
Todo empezó a las nueve y dieciséis con un mensaje de Ricardo.
RICARDO: Problema en Santa Clara.
Claudia estaba desayunando.
CLAUDIA: ¿Qué ha pasado?
La respuesta tardó.
RICARDO: Han encontrado humedad detrás de uno de los revestimientos de la galería norte. Puede afectar bastante al planteamiento.
CLAUDIA: ¿Es grave?
RICARDO: No lo sé todavía. Voy para allá.
Claudia miró el calendario de la cocina.
Sábado.
Se quedó quieta.
Cogió otra vez el móvil.
CLAUDIA: ¿No ibas hoy a Madrid?
Ricardo tardó un poco más.
RICARDO: Sí.
CLAUDIA: ¿A qué hora?
RICARDO: Tenía el tren a las 11:45.
Tenía.
Claudia ya sabía por dónde iba aquello.
CLAUDIA: ¿Y Vega?
Tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
RICARDO: He hablado con ella.
Claudia dejó la tostada.
CLAUDIA: ¿Has cancelado?
RICARDO: He dicho que quizá tenga que moverlo a mañana.
Claudia sintió una irritación inmediata.
No con Santa Clara.
Con aquella frase.
Quizá tenga que moverlo.
Escribió.
Borró.
Volvió a escribir.
CLAUDIA: Ricardo, habías quedado con ella.
La respuesta llegó enseguida.
RICARDO: Lo sé.
CLAUDIA: Entonces ve.
Tardó casi un minuto.
RICARDO: No puedo dejar esto ahora mismo.
Claudia miró la pantalla.
Podía no meterse.
Probablemente debía no meterse.
Era su hija.
Su trabajo.
Su decisión.
Escribió de todas formas.
CLAUDIA: Hay más gente en el proyecto.
Esta vez Ricardo llamó.
Claudia miró el nombre.
Contestó.
—Buenos días.
—No empieces.
—No he empezado.
—Estás enfadada.
—No.
—Mientes fatal.
Normalmente habría sonreído.
No lo hizo.
—Habías quedado con Vega.
—Lo sé, Claudia.
—Te pidió específicamente que no convirtieras verla en algo que pudieras mover cuando apareciera trabajo.
—No necesito que me recuerdes lo que me dijo mi hija.
El tono la frenó.
—Vale.
—Hay una incidencia seria.
—Y hay un equipo.
—Soy responsable del proyecto.
—No tú solo.
—No es tan sencillo.
Claudia se levantó.
—¿Y cuándo lo va a ser?
Silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Que siempre va a aparecer algo urgente.
—No siempre.
—Ricardo, tú mismo me contaste por qué os distanciasteis.
—Sí.
—Reuniones. Trabajo. Cosas que eran más urgentes.
—No es lo mismo.
—¿Por qué no?
Él guardó silencio unos segundos.
Cuando habló, su voz había cambiado.
—Porque estoy intentando hacerlo diferente.
—Pues hazlo.
—No me hables como si no estuviera haciendo nada.
Claudia frunció el ceño.
—No he dicho eso.
—Pero me estás juzgando por una decisión que todavía ni siquiera he tomado.
—Has llamado a Vega para decirle que quizá cancelabas.
—Porque ha surgido un problema real.
—Siempre son reales.
—Claudia.
—¿Qué?
—No todo lo que hago tiene que demostrarte que soy mejor padre que antes.
Aquello dolió.
Más de lo que esperaba.
—Yo no te estoy examinando.
—Pues lo parece.
Silencio.
Claudia apretó los labios.
—Perfecto.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Cerrar la conversación con un “perfecto”.
—No la estoy cerrando.
—Sí.
—Pues entonces dime qué quieres que diga.
Ricardo soltó aire.
—Que confíes un poco en que sé lo que estoy haciendo.
Claudia respondió antes de pensar.
—Eso mismo pensabas antes.
Silencio.
Inmediato.
Denso.
Claudia supo que se había pasado en cuanto lo dijo.
Ricardo tardó varios segundos en contestar.
—Vale.
Esta vez el “vale” fue suyo.
Y Claudia entendió perfectamente lo que podía hacer una sola palabra cuando alguien la decía de aquella manera.
—Ricardo…
—Tengo que entrar.
—No quería…
—Hablamos luego.
Colgó.
Claudia se quedó con el móvil en la mano.
—Genial.
Bruno levantó la cabeza.
—Esta vez sí puedes juzgarme.
Ricardo guardó el teléfono antes de entrar en Santa Clara.
Estaba enfadado.
Con Claudia.
Consigo mismo.
Con una pared que llevaba probablemente cien años acumulando agua y había elegido precisamente aquella mañana para dar señales de vida.
Marta lo esperaba en la galería.
—Tienes mala cara.
—Buenos días.
—Eso confirma mi diagnóstico.
Ricardo se puso el casco.
—¿Dónde está?
—Al fondo.
Caminaron.
Marta le explicó lo que habían encontrado.
La humedad era importante.
No catastrófica.
Pero obligaría a revisar parte de las instalaciones previstas y posiblemente retrasaría algunos trabajos.
Ricardo se concentró.
Durante media hora consiguió pensar únicamente en muros.
Mediciones.
Ventilación.
Capilaridad.
Hasta que Marta miró el reloj.
—¿No tenías tren?
—Sí.
—¿A qué hora?
—Once cuarenta y cinco.
Eran las diez y veintidós.