Cinco días podían ser muchísimo tiempo.
Claudia lo descubrió el lunes.
Lo confirmó el martes.
Y el miércoles decidió que era completamente ridículo.
Había vivido cuarenta y nueve años sin Ricardo Ferrer.
Podía sobrevivir perfectamente seis días sin verlo.
Aquello era una evidencia matemática.
Aun así, el miércoles a las ocho y veinte de la tarde llevaba tres minutos mirando el móvil porque Ricardo había leído su último mensaje y no había contestado.
CLAUDIA: He escrito 3.412 palabras hoy.
Leído.
Nada.
Claudia dejó el teléfono boca abajo.
—Perfecto.
Bruno ni levantó la cabeza.
—No estoy esperando respuesta.
Silencio.
—Se lo he contado porque él me pregunta por la novela.
Bruno siguió dormido.
—Me parece estupendo que tengas tan claro todo.
El móvil vibró.
Claudia lo cogió.
Demasiado rápido.
Era Lucía.
—Joder.
Contestó.
—¿Qué quieres?
—Qué recibimiento.
—Estoy trabajando.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando trabajas no contestas al primer tono.
Claudia miró el portátil.
—¿Qué pasa?
—Nada grave.
—Cuando empiezas así siempre pasa algo.
—Te han propuesto otra entrevista.
—No.
—No te he dicho cuál.
—Da igual.
—Es sobre la colección.
Claudia dudó.
—¿Solo la colección?
—Y tu nueva novela.
—¿Nada de Ricardo?
—Lo han preguntado.
—Entonces no.
—He dicho que tu vida personal queda fuera.
Claudia se relajó un poco.
—¿Y han aceptado?
—Sí.
—Entonces puede.
—Eso pensaba.
Lucía guardó silencio unos segundos.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas nada.
—¿Cómo lleváis la distancia?
Claudia puso los ojos en blanco.
—Madrid está a dos horas y media.
—No he preguntado por Renfe.
—Estamos bien.
—¿Cuándo lo ves?
—El viernes.
—¿Y lo echas de menos?
Claudia miró el móvil.
Seguía sin respuesta.
—No seas pesada.
—Eso es un sí.
—Eso es un “tengo cuarenta y nueve años y no necesito contarte todo”.
—Representante.
—No terapeuta.
—A veces es exactamente lo mismo.
Claudia sonrió.
—Sí.
Lucía calló.
—¿Sí qué?
—Sí, lo echo de menos.
—Ah.
—No hagas ese ah.
—No he hecho nada.
—Ha sido un ah enorme.
Lucía rio.
—¿Te molesta?
Claudia pensó.
—Un poco.
—¿Echarlo de menos?
—Sí.
—¿Por qué?
Buena pregunta.
Claudia se levantó y caminó hacia la cocina.
—Porque estaba muy cómoda antes.
—¿Antes de Ricardo?
—Sí.
—Y sigues estando cómoda.
—No es igual.
—No.
Claudia apoyó una mano en la encimera.
—Antes si una persona no estaba, no estaba.
—Profundo.
—Cállate.
—Sigue.
—Ahora estoy haciendo una cosa y pienso que se la quiero contar. Veo algo y pienso que le haría gracia. Me pasa algo bueno y quiero llamarlo.
Lucía sonrió al otro lado.
Claudia podía oírlo.
—Eso tiene un nombre.
—No.
—Yo no he dicho cuál.
—Pero lo estás pensando.
—Solo pienso que estás bastante jodida.
Claudia soltó una carcajada.
—Gracias. Qué apoyo.
—Para eso me pagas.
—Sigo sin pagarte terapia.
—Pues debería subir tarifa.
Colgaron.
Cuando Claudia volvió al salón, el teléfono vibró.
Ricardo.
RICARDO: 3.412 es bastante.
Debajo:
RICARDO: ¿Buenas?
Claudia sonrió.
CLAUDIA: Palabras.
La respuesta llegó casi inmediata.
RICARDO: Esa respuesta ya la has usado.
CLAUDIA: Es buena.
RICARDO: Videollamada en diez minutos.
Claudia miró la hora.
CLAUDIA: ¿Eso es una pregunta?
RICARDO: No.
Ella sonrió.
CLAUDIA: Qué mandón.
RICARDO: Nueve minutos.
Claudia miró su reflejo en la pantalla apagada del portátil.
Pelo recogido.
Cara lavada.
Sudadera.
Perfecta.
Se levantó.
Fue al baño.
Y a mitad del pasillo se detuvo.
—No.
Volvió al sofá.
Si Ricardo quería verla, iba a verla como estaba.
Exactamente como estaba.
Aquella fue una victoria pequeña.
Pero suya.
Ricardo llamó once minutos después.
—Llegas tarde —dijo Claudia al contestar.
—Uno.
—Once minutos dijiste.
—Dije diez.
—Has tardado once.
—¿Me estabas contando el tiempo?
—No.
Ricardo sonrió.
—Mientes fatal.
—Qué pesado eres.
Estaba en su cocina.
Camisa remangada.
Un plato delante.
Claudia frunció el ceño.
—¿Estás cenando?
—Intentándolo.
—¿Qué es eso?
Ricardo enfocó el plato.
Claudia hizo una mueca.
—Eso no tiene buen aspecto.
—Es pasta.
—Eso dices tú.
—No todo el mundo puede tener tortilla casera.
—Podías pedir algo.
—Sé cocinar.
—La imagen contradice tu testimonio.
Ricardo empezó a reírse.
—¿Tú has cenado?
—Sí.
—¿Qué?
—Tortilla.
Él abrió los ojos.
—Eso es provocación.
—Te pasa por vivir en Madrid.
La frase salió sola.
Ambos hicieron una pausa mínima.
Ricardo apoyó el teléfono.
—El viernes llego a las doce y cuarto.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijiste.
—Una vez.
—Dos.
—Ah.
Claudia sonrió.
—¿Qué?
—Que lo recuerdas.
—Tengo memoria.
—Selectiva.
—Bastante.
Ricardo la miró desde la pantalla.
—Tengo ganas de verte.
Claudia no hizo broma.
—Yo también.
La facilidad con que empezaban a decirse aquello seguía sorprendiéndola.