El marido que me inventé

Capítulo 29 — La última regla

El viernes a las once y cincuenta y tres de la mañana, Claudia recibió un mensaje.

RICARDO: Estoy llegando.

Lo leyó.

Miró la hora.

Después volvió a leerlo.

No había reunión.

No había Santa Clara.

No había entrevista.

No había ninguna excusa.

Ricardo había cogido un tren desde Madrid únicamente para pasar el fin de semana con ella.

Aquello le parecía bastante más serio que dormir juntos.

Muchísimo más serio que besarse.

Incluso más serio que haber dicho delante de una desconocida que estaban juntos.

Porque una cosa era aprovechar que el trabajo los colocaba en la misma ciudad.

Y otra muy distinta comprar un billete, hacer una maleta y recorrer quinientos kilómetros de ida y vuelta porque querías ver a alguien.

Claudia dejó el móvil sobre la mesa.

Lo volvió a coger.

CLAUDIA: Te dije que no hacía falta que vinieras.

La respuesta fue inmediata.

RICARDO: Lo sé.

CLAUDIA: Podíamos vernos la semana que viene.

RICARDO: También.

Claudia esperó.

RICARDO: Pero quiero verte hoy.

Se quedó mirando la pantalla.

—Este hombre tiene que dejar de hacer eso.

Bruno apareció desde el pasillo.

—No, no me refiero a venir. A decir las cosas así.

El perro movió la cola.

—No ayuda.

Claudia no fue a Santa Justa.

Lo decidió de manera consciente.

No porque no quisiera verlo.

Precisamente por eso.

Le parecía importante que Ricardo pudiera llegar a Sevilla sin que cada visita tuviera que empezar con una escena de película en una estación.

Le mandó la dirección de casa.

Ridículo, porque ya la sabía.

Después se puso a trabajar.

O lo intentó.

A las doce y veinte había escrito diecisiete palabras.

A las doce y veintinueve borró nueve.

A las doce y treinta y cuatro sonó el timbre.

Bruno salió disparado.

Claudia no.

Claudia caminó.

Con dignidad.

Hasta la puerta.

Abrió.

Ricardo estaba allí.

Vaqueros.

Camisa.

Bolsa de viaje.

Y una pequeña planta en una maceta.

Claudia miró la planta.

Después a él.

—¿Qué es eso?

—Hola.

—Hola. ¿Qué es eso?

Ricardo levantó la maceta.

—Un regalo.

—Eso ya lo veo.

—Una planta.

—También.

—Me dijeron que es difícil de matar.

Claudia abrió la boca.

—Qué romántico.

—Pensé en flores.

—Habría sido más normal.

—Se mueren.

—Las plantas también.

—Esta, según la señora de la tienda, sobrevive incluso con propietarios irresponsables.

Claudia se apartó para dejarlo entrar.

—Entonces es perfecta para ti.

—Es para tu casa.

—Precisamente.

Ricardo sonrió y entró.

Bruno apareció inmediatamente.

—Hola, traidor.

El perro ignoró por completo a Claudia.

Ricardo dejó la bolsa y se agachó.

—Al menos alguien me ha echado de menos.

—Yo no he dicho que no.

Ricardo levantó la mirada.

Claudia se quedó quieta.

Él se incorporó.

—No.

—¿No qué?

—No pienso dejar pasar eso.

—¿Qué he dicho?

—Que me has echado de menos.

—He dicho que no he dicho que no.

—Exactamente.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

Claudia puso los ojos en blanco.

—Acabas de llegar y ya estás insoportable.

Ricardo dejó la planta sobre una mesa.

Después se acercó.

—Hola.

Esta vez de verdad.

Claudia sonrió.

—Hola.

Él la abrazó.

Y ahí terminó cualquier intento de dignidad.

Claudia lo rodeó con los brazos y apoyó la cara contra su hombro.

—Seis días son demasiados —murmuró.

Ricardo la apretó un poco más.

—Muchísimos.

Ella levantó la cabeza.

—No te acostumbres a que diga estas cosas.

—Llegas tarde.

Y la besó.

Media hora después estaban en la cocina.

Claudia preparando café.

Ricardo buscando sitio para la planta.

—Ahí no.

—¿Por qué?

—No le da suficiente luz.

—Acabas de decir que no sabes qué planta es.

—Pero las plantas necesitan luz.

—No todas igual.

Claudia lo miró.

—¿Ahora también entiendes de plantas?

—De luz.

—Arquitecto.

—Exacto.

—Ponla donde quieras.

—Gracias.

—Pero si se muere, es culpa tuya.

—Acepto la responsabilidad.

Ricardo dejó la planta cerca de una ventana.

Claudia le dio el café.

—¿Seguro que no tenías nada este fin de semana?

—Seguro.

—¿Nada de trabajo?

—No.

—¿Vega?

—Cenamos ayer.

—¿Marta?

—Sobrevive sin mí.

—¿Santa Clara?

—El lunes.

Claudia se sentó.

—Entonces has venido solo por…

Se detuvo.

Ricardo bebió café.

—Termina.

—No.

—Lo estabas haciendo muy bien.

—He venido por mí —dijo ella imitándolo.

—No exactamente.

Claudia levantó una ceja.

Ricardo sonrió.

—He venido por nosotros.

Silencio.

Ella miró la taza.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque suena serio.

—Puede que lo sea.

Claudia levantó lentamente los ojos.

Ricardo no estaba bromeando.

—No pongas esa cara —dijo él.

—¿Cuál?

—La de estar buscando una salida de emergencia.

—No busco ninguna.

—Bien.

—Solo…

—¿Qué?

Claudia respiró.

—No sé cómo se hace esto.

—¿Qué cosa?

—Una relación así.

Ricardo sonrió ligeramente.

—¿A distancia?

—También.

—¿A nuestra edad?

—También.

—¿Sin matrimonio inventado?

Claudia soltó una risa.

—Sobre todo.

Ricardo dejó la taza.

—Pues podemos no saberlo.

—Qué solución tan tuya últimamente.

—Funciona bastante bien.




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