Diez meses después, Claudia volvió a llegar antes que Ricardo.
Solo seis minutos.
Pero suficientes.
Sacó el móvil.
Miró la hora.
Y sonrió.
CLAUDIA: Estoy aquí.
La respuesta llegó enseguida.
RICARDO: Imposible.
CLAUDIA: 18:24.
RICARDO: ¿Quién eres?
Claudia empezó a escribir mientras cruzaba el patio de Santa Clara.
CLAUDIA: Una mujer que ha evolucionado.
RICARDO: Estoy llamando a Martina.
CLAUDIA: Como llegues tarde hoy, no entras.
Los tres puntos aparecieron.
RICARDO: Trabajo aquí.
CLAUDIA: Detalles.
Guardó el móvil.
Y entonces levantó la vista.
Todavía le ocurría.
Diez meses entrando y saliendo de aquel edificio.
Diez meses viendo andamios, técnicos, planos, polvo, muestras de materiales y a Ricardo discutir apasionadamente por cosas que Claudia ni siquiera sabía que podían provocar discusiones.
Y aun así, cada vez que atravesaba el patio, sentía algo.
Santa Clara había cambiado.
Pero no demasiado.
Eso era precisamente lo que Ricardo quería.
Los muros seguían pareciendo antiguos.
Las marcas del tiempo no habían desaparecido.
La galería continuaba abierta al patio.
Y aquella pared que Claudia había defendido el primer día seguía allí.
Imperfecta.
Visible.
Viva.
—No está mal.
Claudia se giró.
Ricardo caminaba hacia ella.
Traje oscuro.
Sin corbata.
Carpeta bajo el brazo.
Y aquella sonrisa que seguía haciéndole exactamente el mismo efecto que diez meses atrás.
—Llegas tarde.
Ricardo miró el reloj.
—Son las seis y veintisiete.
—Habíamos quedado a las seis y media.
—Entonces llego pronto.
—Menos que yo.
Él se detuvo frente a ella.
—Eso te está dando demasiada satisfacción.
—Muchísima.
Ricardo la besó.
Breve.
Natural.
Sin mirar alrededor.
Ya nadie sacaba una cámara cada vez que lo hacía.
Bueno.
Casi nadie.
—¡No os mováis!
Claudia cerró los ojos.
—Martina.
Su hija estaba al otro lado del patio con el móvil levantado.
—La luz está preciosa.
—No quiero fotos.
—Demasiado tarde.
Ricardo sonrió.
—Mándamela.
Claudia lo miró.
—¿De qué parte estás?
—De la que salga mejor en la foto.
—Traidor.
Martina llegó hasta ellos.
—Mamá, estás guapísima.
—Eso no compensa.
—Ricardo también.
—Eso menos.
Martina le dio dos besos a Ricardo.
La relación entre ellos había evolucionado de forma peligrosísima.
Demasiada confianza.
Demasiados mensajes a espaldas de Claudia.
Y, según había descubierto hacía poco, un grupo de WhatsApp en el que también estaba Vega.
Claudia no sabía cómo se llamaba.
Prefería seguir así.
—¿Vega? —preguntó.
—Dentro —respondió Ricardo—. Revisando no sé qué del vídeo.
—Su documental —corrigió Martina.
—Ahora son dos contra uno.
—Siempre lo hemos sido.
Ricardo miró a Claudia.
—Yo te avisé.
—Tú no sabes elegir alianzas.
Aquella tarde se inauguraba la primera parte terminada de Santa Clara.
El patio.
Dos salas de exposiciones.
Y la biblioteca.
La biblioteca.
Claudia había intentado fingir durante semanas que aquello no le hacía especial ilusión.
No había engañado a nadie.
Mucho menos a Ricardo.
Cuando entró, se quedó quieta.
Ya la había visto casi terminada.
Pero no así.
Con las lámparas encendidas.
Los libros colocados.
Los sillones junto a los ventanales.
Las mesas.
La pared antigua respirando detrás de las estanterías.
Y gente.
Eso era lo que faltaba.
Personas recorriendo el espacio.
Tocando libros.
Sentándose.
Mirando.
Usándolo.
Ricardo se colocó junto a ella.
—Bueno.
Claudia no respondió.
—¿Aprobación definitiva?
Ella miró alrededor.
—Puede.
—¿Puede?
—No te vengas arriba.
—Diez meses esperando.
Claudia sonrió.
—Está preciosa.
Ricardo guardó silencio.
Ella lo miró.
—Mucho.
—Gracias.
—Y tenías razón con la pared.
—Eso necesito grabarlo.
—Ni se te ocurra.
—Claudia Valdés admitiendo que Ricardo Ferrer tenía razón.
—Una vez.
—Histórico.
—Puedes estropear el momento tú solo.
Ricardo empezó a reírse.
Vega apareció con una cámara pequeña.
—Papá, necesito grabarte luego aquí.
Ricardo perdió la sonrisa.
—No.
—Sí.
—Ya salgo demasiado en ese documental.
—Sales cuarenta segundos.
—Cuarenta y uno de más.
Claudia sonrió.
—Déjala.
Ricardo la miró.
—Tú porque no sales.
Vega giró la cámara hacia Claudia.
—Puede arreglarse.
—No.
—¿Veis? —dijo Ricardo—. Esto es lo único en lo que estamos de acuerdo.
Vega rio.
Su documental universitario sobre los comercios antiguos había recibido una mención en un festival pequeño.
Y aquello había provocado dos cosas.
Que empezara a tomarse todavía más en serio lo que quería hacer.
Y que Ricardo aprendiera, por fin, a escuchar sus proyectos sin convertir cada conversación en una consultoría gratuita de arquitectura.
No siempre lo conseguía.
Pero lo intentaba.
Y Vega ya no tenía que pedirle que contestara.
Ricardo lo hacía.
Casi siempre.
Los sábados seguían viéndose cuando podían.
A veces solos.
A veces con Claudia si coincidían en Madrid.
Una vez incluso con Martina.
Aquella cena había terminado a las dos de la mañana y Ricardo había jurado que jamás volvería a juntar a ambas.