El marido que me inventé

Epílogo — Este me salió bastante real

Tres meses después, la planta seguía viva.

Contra todo pronóstico.

Claudia la miró mientras se tomaba el primer café de la mañana y decidió que aquello merecía algún tipo de reconocimiento.

—Ricardo.

No obtuvo respuesta.

—Ricardo.

Nada.

Salió de la cocina.

Lo encontró en el salón, tumbado en el sofá con un libro abierto sobre el pecho y las gafas torcidas.

Claudia apoyó una mano en la cintura.

—No puede ser.

Ricardo abrió un ojo.

—¿Qué?

—Te has vuelto a dormir leyendo.

—Estaba descansando la vista.

—Llevas las gafas puestas.

—Precisamente.

Claudia se acercó y miró la portada.

Su sexto libro.

—¿Por cuál vas?

Ricardo cerró el libro y comprobó la página.

—Doscientas treinta y siete.

—Te queda uno.

—Lo sé.

—Has tardado más de un año en leer siete novelas.

—Tengo un trabajo.

—Excusas.

Ricardo dejó las gafas sobre la mesa.

—Y algunos protagonistas tuyos son agotadores.

—Otra vez.

—El de este libro necesita terapia.

—Tiene conflicto interno.

—Tiene cuarenta y seis años y no sabe mantener una conversación.

Claudia abrió la boca.

—Funcionó estupendamente con las lectoras.

—Eso me preocupa.

—Tú no eres mi público objetivo.

Ricardo sonrió.

—Menos mal.

Claudia iba a volver a la cocina cuando él la agarró de la mano.

—¿Adónde vas?

—A desayunar.

—Ven.

—Tengo café.

—Cinco minutos.

—Ricardo…

Él tiró suavemente de ella.

Claudia acabó sentada a su lado.

—Cinco.

—Perfecto.

—No digas perfecto.

—Ha pasado más de un año y sigues teniendo problemas con esa palabra.

—Porque sigues diciéndola así.

Ricardo la besó.

Claudia intentó mantener una expresión seria.

No duró.

—Cuatro minutos —dijo cuando se separaron.

—Muy eficiente.

—Tengo una entrevista a las once.

—Lo sé.

—Y tú tienes reunión en Santa Clara.

—A las doce.

—¿No vas antes por el apartamento?

Ricardo hizo una pausa.

—¿Qué apartamento?

Claudia lo miró.

—El que alquilaste hace tres meses para “tener tu propio espacio en Sevilla”.

—Ah. Ese.

—Sí. Ese sitio carísimo donde guardas dos camisas y cargas el portátil.

—Tengo más cosas.

—Una cafetera.

—Importante.

—Un cepillo de dientes.

—Fundamental.

—Y una planta muerta.

Ricardo miró hacia la cocina.

—La tuya sigue viva.

—Porque la cuido yo.

—Entonces mi teoría era correcta.

—¿Qué teoría?

—Necesitabas una planta resistente.

Claudia le dio un golpe con el cojín.

—Eres idiota.

Ricardo rio.

La verdad era que el apartamento había servido exactamente para lo que ambos querían.

Y para bastante menos de lo que habían previsto.

Ricardo seguía teniendo su casa en Madrid.

Vega seguía allí.

Su estudio también.

Claudia seguía en Sevilla.

Su casa.

Su vida.

Su desorden.

Sus velas.

Y entre medias había trenes.

Maletas.

Fines de semana.

Semanas completas.

Días separados.

Algún “te echo de menos” enviado a horas indecentes.

Y una cantidad escandalosa de cargadores duplicados.

No era una vida perfectamente organizada.

Pero funcionaba.

Y eso era bastante mejor.

A las diez y media Claudia estaba frente al espejo intentando decidir si aquella blusa le hacía cara de escritora seria.

Ricardo apareció detrás.

—No.

Ella se giró.

—¿No qué?

—Lo que estás pensando.

—¿Y qué estoy pensando?

—Si esa ropa es adecuada para la entrevista.

Claudia lo miró a través del espejo.

—Te odio.

—La llevas perfecta.

—No te he preguntado.

—Pero querías hacerlo.

—No.

—Mientes…

Claudia levantó un dedo.

—Ni se te ocurra.

Ricardo sonrió.

Aquella frase había quedado prohibida oficialmente meses atrás.

Naturalmente, él seguía utilizándola.

—¿Te van a preguntar por el nuevo libro?

—Se supone.

—¿Se supone?

—Con la prensa nunca se sabe.

—¿Y por mí?

Claudia se puso los pendientes.

—Probablemente.

—¿Y qué vas a decir?

Ella se giró.

—Que eres insoportable.

—Eso perjudica mi reputación.

—Tu reputación ya sobrevivió a ser un marido falso.

—Justo.

Claudia cogió el bolso.

—Además, hemos pactado no hablar demasiado de nosotros.

—Lo sé.

—Una cosa es no mentir y otra poner mi vida en fascículos.

Ricardo asintió.

Aquello seguía siendo importante.

Después de haber contado la verdad, Claudia había aprendido que no tenía que compensar años de mentira entregando ahora cada detalle.

Había cosas públicas.

Y otras no.

La única regla que había sobrevivido al contrato seguía teniendo sentido.

Información personal protegida.

El viejo papel continuaba guardado en un cajón del escritorio.

Tachado.

Arrugado.

Ridículo.

Claudia no lo tiraba.

Ricardo tampoco se lo pedía.

—Me voy —dijo ella.

—Suerte.

—No necesito suerte.

—Claro.

—Necesito que el periodista haya leído el libro.

—Eso sí sería suerte.

Claudia soltó una carcajada.

Lo besó.

—Nos vemos esta tarde.

—En Santa Clara.

—Sí.

—Tengo algo que enseñarte.

Claudia frunció el ceño.

—¿Qué?

—Esta tarde.

—Odio las sorpresas.

—Mentira.

—Ricardo.

Él abrió la puerta.

—Llegas tarde.

Claudia miró la hora.

—¡Mierda!

Salió.

Ricardo sonrió.

Algunas cosas, afortunadamente, tampoco habían cambiado.

La entrevista fue sorprendentemente tranquila.

Hablaron de la nueva novela.

De Inés.




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