Claudia sostuvo el teléfono con las dos manos.
No porque hiciera falta.
Porque, de repente, no sabía muy bien qué hacer con ellas.
—Hola, Vega.
Al otro lado hubo un silencio tan largo que Claudia miró la pantalla para comprobar que la llamada seguía activa.
—¿Eres tú de verdad?
Claudia sonrió.
—Eso espero.
Ricardo cerró los ojos.
—No ayudas —murmuró.
Claudia le hizo un gesto para que se callara.
Vega soltó una risa nerviosa.
—Perdona. Es que… no sé qué decir.
—Eso me pasa mucho en las firmas.
—Tengo todos tus libros.
—Tu padre me lo ha dicho unas seis veces.
—¿Mi padre habla de mí?
La pregunta cambió el ambiente.
Claudia miró a Ricardo.
Él también la miró.
—Sí —respondió ella—. Bastante.
Ricardo arqueó una ceja.
Claudia decidió ignorarlo.
—No parece —dijo Vega.
—A veces los padres tienen una forma muy rara de demostrar las cosas.
Ricardo dejó de sonreír.
Claudia continuó antes de pensar demasiado.
—Pero te aseguro que habla de ti.
Silencio otra vez.
—¿Está ahí?
—Sí.
—¿Puedo hablar con él?
Claudia le devolvió el teléfono.
Ricardo lo cogió.
—Hola.
—Papá, ¿qué está pasando?
Claudia empezó a caminar unos pasos para dejarle espacio.
No quería escuchar.
Escuchó igualmente.
—Es complicado.
—No. Complicado es aprobar estadística. Esto es otra cosa.
Claudia se giró.
Ricardo la vio sonreír.
—No estoy casado con Claudia.
Pausa.
—¿Qué?
—La foto no es lo que parece.
—Pues parece muchísimo que estás casado con ella.
—Ya.
—Papá.
Ricardo respiró hondo.
—Es un acuerdo.
Claudia dejó de sonreír.
Ahí estaba.
La verdad.
—¿Qué acuerdo?
—Claudia necesita que durante un tiempo alguien se haga pasar por su marido.
Silencio.
Claudia observó la cara de Ricardo.
—¿Y tú has dicho que sí?
—Sí.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Mi padre?
Ricardo miró a Claudia.
—Sigo siendo yo.
—Papá, tú no finges ni que te gusta una película cuando no te gusta.
Claudia soltó una carcajada.
Ricardo le lanzó una mirada.
—Gracias por el apoyo.
—Es verdad —dijo Vega.
—Hay más cosas detrás.
—Claro que hay más cosas.
—Vega.
—¿Y mamá lo sabe?
—No.
—Ah.
Ricardo cerró los ojos.
—No pongas ese tono.
—¿Qué tono?
—Ese.
—No estoy poniendo ningún tono.
Claudia se cruzó de brazos.
—Es hija tuya.
Ricardo la miró.
—No ayudas.
Vega preguntó:
—¿Claudia sabe que te estás metiendo en esto por el proyecto?
Claudia dejó de sonreír.
Ricardo tardó demasiado en responder.
—Sí.
—¿Y por mí?
—También.
Silencio.
—¿Por mí cómo?
Ricardo se pasó una mano por el pelo.
—Pensé que quizá conocerla te haría ilusión.
—¿Y esa es tu forma de arreglar las cosas conmigo?
La pregunta cayó de golpe.
Claudia bajó la mirada.
Ricardo también.
—No exactamente.
—Pues lo parece.
—Vega...
—No tienes que comprarme nada.
—No estoy intentando comprarte.
—Pues se parece bastante.
Claudia miró a Ricardo.
La seguridad con la que se movía normalmente había desaparecido.
—No era eso —dijo él.
—Ya.
—Quería hacer algo que te hiciera ilusión.
—Podrías empezar por contestar cuando te escribo.
Ricardo se quedó callado.
Claudia sintió ganas de alejarse de verdad esta vez.
Aquello ya no era una conversación para escuchar.
—Tengo que colgar —dijo Vega.
—Espera.
—Luego hablamos.
—Vega.
La llamada terminó.
Ricardo se quedó mirando la pantalla.
Claudia no dijo nada.
Madrid seguía alrededor como si no hubiera pasado nada.
Gente cruzando.
Coches.
Ruido.
Una pareja discutía en una terraza.
Un repartidor pasó en bicicleta.
Ricardo guardó el teléfono.
—Ha ido bien.
Claudia lo miró.
—Fatal.
—Estaba siendo irónico.
—Ah.
—A veces lo hago.
—Ya me había dado cuenta.
Empezaron a caminar sin decidirlo.
Durante unos minutos no hablaron.
Claudia fue la primera.
—Tiene razón.
Ricardo giró la cabeza.
—Gracias.
—No te enfades.
—No estoy enfadado.
—Tu mandíbula dice otra cosa.
—Mi cara está teniendo demasiadas opiniones estos días.
Claudia sonrió ligeramente.
—No deberías haber usado esto para acercarte a ella.
—No la he usado.
—No he dicho que la hayas usado.
—Has dicho…
—He dicho que no deberías haber pensado que conocerme podía arreglar lo vuestro.
Ricardo guardó silencio.
—Ya lo sé.
Claudia lo miró.
—¿Entonces?
—Entonces no sé hacerlo mejor.
La sinceridad la frenó.
Ricardo siguió caminando.
—Sé dirigir un equipo de veinte personas. Sé entrar en una reunión con tres inversores que quieren cosas distintas y salir con un acuerdo. Sé defender un proyecto delante de gente que lleva media vida diciendo que no.
—Pero no sabes hablar con tu hija.
—Exacto.
—Bienvenido a la humanidad.
Ricardo soltó una risa corta.
—Gracias.
—De nada.
Llegaron a un semáforo.
Esperaron.
—¿Cuánto tiempo lleváis así? —preguntó Claudia.
—No sé.
—Sí sabes.
Ricardo miró al frente.
—Desde el divorcio empezó a cambiar todo.
—Eso fue hace cinco años.
—Sí.
—Pero has dicho que últimamente está peor.
—Porque últimamente he trabajado demasiado.
—Eso también lo has dicho.
—Y he cancelado cosas.
—¿Muchas?
Ricardo no respondió.
Claudia lo miró.
—Muchas.
—Sí.
El semáforo se puso en verde.