Claudia llevaba diez minutos esperando a Ricardo.
Diez.
Y eso, teniendo en cuenta que normalmente era ella quien llegaba tarde, empezaba a parecerle una provocación personal.
Miró el reloj.
Después el móvil.
Después otra vez el reloj.
Nada.
Lucía, sentada frente a ella en una terraza de Madrid, removía el café con una calma sospechosa.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando muchas cosas.
—Pues piensa más bajo.
Lucía sonrió.
—Me encanta verte esperando.
Claudia la miró.
—No estoy esperando.
—Claro.
—Estoy sentada.
—Mirando el móvil cada treinta segundos.
—Porque tengo trabajo.
—Y porque Ricardo llega tarde.
Claudia iba a responder cuando lo vio aparecer al otro lado de la plaza.
Sin traje.
Sin carpeta.
Vaqueros oscuros, camisa blanca remangada y unas gafas de sol que le daban un aire bastante más relajado que el arquitecto serio del AVE.
Claudia dejó de mirar.
Demasiado rápido.
Lucía sí lo miró.
Y luego miró a Claudia.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara no tiene responsabilidad legal.
Claudia la fulminó con los ojos.
—Eso es mío.
—Ya no.
Ricardo llegó a la mesa.
—Perdón.
Claudia levantó una ceja.
—Doce minutos.
—Diez.
—Doce.
—He mirado la hora al doblar la esquina.
—Eso no cuenta.
Ricardo se sentó.
—¿Siempre vas a llevar la contabilidad?
—Mientras seas mi marido, sí.
Lucía dejó la cucharilla.
—Perfecto.
Ambos la miraron.
—¿Qué?
—Nada. Ya estáis discutiendo como uno.
Claudia puso los ojos en blanco.
—¿Qué hacemos aquí?
Lucía sonrió.
—Ensayo general.
—¿En una terraza?
—Sí.
—¿Y qué se supone que tenemos que ensayar?
—Ser normales.
Ricardo apoyó un brazo en la silla.
—Eso suena complicado.
—Para vosotros, bastante.
Claudia suspiró.
—Lucía…
—Hoy no vais a sentaros en un despacho a memorizar fechas. Hoy vais a pasar una hora juntos como si fuerais pareja.
Claudia parpadeó.
—¿Una hora?
—Una hora.
—¿Haciendo qué?
—Lo que haga la gente.
—Eso es muy amplio.
—Café, paseo, compras, hablar…
Ricardo sonrió.
—Podemos discutir.
Lucía asintió.
—Eso ya os sale natural.
Claudia cruzó los brazos.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Miraros.
—Qué incómodo.
—Muchísimo.
—No pienso participar en un experimento social.
Lucía cogió el bolso.
—Perfecto. Entonces te vas sola mañana a la cena y explicas por qué tu marido imaginario no aparece.
Claudia la miró.
—Te odio.
—No es verdad.
Lucía se levantó.
—Una hora. Luego me llamáis.
—¿Nos dejas solos?
—Ese es el objetivo.
—Pensaba que ibas a observar.
Lucía sonrió.
—Ya he visto bastante.
Se marchó.
Claudia la siguió con la mirada.
—Es una manipuladora.
—Buena representante, entonces.
—No la defiendas.
—No la estoy defendiendo.
—Sí.
—Estamos casados desde hace dos años. Tengo derecho a discrepar.
Claudia soltó una risa.
—Esto se te está dando demasiado bien.
—Aprendo rápido.
El camarero se acercó.
—¿Qué vais a tomar?
Ricardo miró a Claudia.
—Café con leche.
Claudia lo miró.
—No quiero café.
Ricardo sonrió.
—Vaya.
—¿Qué?
—Primer fallo matrimonial.
El camarero esperaba.
Claudia levantó la vista.
—Un té frío, por favor.
Ricardo pidió otro café solo.
Cuando el camarero se fue, Claudia se inclinó hacia él.
—Apunta.
—¿Qué?
—No tomo café después de las cinco.
—Son las seis.
—Precisamente.
Ricardo sacó el móvil.
—¿Lo apunto de verdad?
—No.
—Entonces memorizaré.
—Más te vale.
—¿Algo más?
Claudia pensó.
—Odio el cilantro.
Ricardo la miró.
—Eso sí es información importante.
—Muchísima.
—Yo odio las aceitunas negras.
Claudia hizo una mueca.
—Eso puede ser motivo de divorcio.
—Ya empezamos.
—En Sevilla no puedes decir eso muy alto.
—Estamos en Madrid.
—Peor.
Ricardo sonrió.
—Tu turno.
—Duermo con la ventana abierta.
—Yo cerrada.
—Problema.
—Podemos dormir separados.
Claudia lo miró.
—Eso ya estaba en las reglas.
—Entonces resuelto.
Ella sonrió.
No quería.
Pero sonrió.
El camarero dejó las bebidas.
Ricardo cogió el azúcar.
Claudia lo miró.
—Has dicho que tomas el café solo y sin azúcar.
Él dejó el sobre.
—Era para ver si estabas atenta.
—Mentira.
—Un poco.
—Fatal.
—Ya sabes otra cosa de mí.
—¿Cuál?
—Que a veces cambio de opinión.
Claudia dio un sorbo al té.
—Eso no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque la gente que cambia de opinión complica las historias.
—Y la gente que nunca cambia también.
Claudia lo miró un segundo más de la cuenta.
Ricardo fue el primero en apartar la vista.
—Paseamos —dijo.
—¿Ahora?
—Lucía ha dicho que hagamos cosas normales.
—Podemos quedarnos aquí.
—Eso no es hacer cosas.
—Estoy bebiendo.
—Qué vida tan intensa.
Claudia cogió el bolso.
—Vamos.
Caminaron por la plaza sin rumbo concreto.
Al principio dejaron una distancia prudente entre ambos.
Demasiada.
Ricardo miró hacia abajo.
—Lucía nos suspendería.
—¿Por qué?
—Parecemos dos compañeros de trabajo.
—Somos dos personas que se conocen desde hace dos días.
—Pero llevamos cuatro años juntos.
—Ficticiamente.
—La gente no lo sabe.