Rivera del monte, un pueblo pequeño y remoto. Nunca llovía, pero ese día en especial los torrenciales vientos se llevaban todo a su paso. La lluvia enfurecida inundaba casas. Todo lo que pudiera, pero en la primaria Little star tenían un clima reconfortante. Todos los niños coloreaban a gusto.
La maestra Deysi les había dicho que se dibujaran a sí mismos dentro de veinte años —Puff cómo si a esa edad supieras que te depara el destino— el reto era ese, pero no parecía que a alguien en ese salón le molestase fantasear. —Todos son infantes, claro que no—.
La lluvia que golpeaba los ventanales se notaba bastante enfurecida, pero a nadie parecía importarle. El ambiente estaba lleno de risa, sueños y calor.
En una de las mesitas se encontraba sentado Juan con su amiguito Pablo que hablaba de los dinosaurios como si tuviera sesenta años.
Pablo le pidió el color piel. El famoso «color piel» aquel que no existía en la caja de crayolas. Ni él ni su amiguito que era más claro.
Pablo volvió a insistir, pero Juan no reaccionó hasta que la campana sonó anunciando la salida. Juan guardó sus cosas en la mochila y corrió a la formación. No quería ser el último.
Todos los niños corrieron con alegría se ponían los abrigos y sus paraguas parecieron flores coloridas en la primavera.
Al ver a su madre Juan corrió y la abrazó. Se encaminaron a la casa del abuelo como todas las tardes después de la primaria. Y él iba pensando en los colores. Los de la tierra húmeda gracias a la lluvia que aún no cesaba. Los matices del pasto con las flores.
Le preguntó a su madre sobre porque las personas no existían en las cajas de crayolas, pero la mujer iba de afán. Su bolso ejecutivo por un lado cayendo de su hombro, las llaves del auto en su mano derecha. Todo se caía y ella solo le respondió que le preguntara a su abuelo, que él siempre tenía una respuesta para todo.
El auto, rojo como las manzanas. Los esperaba bajo un árbol. En el camino juan observaba el mundo mientras su madre comenzaba a manejar. Él notó que cada objeto tenía un matiz único.
¿Serían los colores como las capas de una cebolla? Se detuvo a pensar al ver un arcoíris tímido cruzar el firmamento cuando la lluvia fue deteniéndose. Y volvió a su madre, pero recibió la misma respuesta. Que le fuera con tantas incógnitas a su abuelo que ella no tenía tiempo para pensar en eso.
Lo semáforos también tenían sus colores: amarillo, verde y rojo. Pero claro no eran personas así que no les importaba su color. Los animales; su piel era diferente a su pelaje, pero tampoco les importaba.
Al llegar, la casa del abuelo lo recibió con su habitual serenidad de maderas viejas. Allí estaba él, en el jardín, capturando con pinceladas precisas la danza de unos colibríes. Era su ritual favorito. Juan esperó a que el último auto pasara sobre el asfalto brillante antes de correr hacia el anciano.
—¡Eh, Juanito, me has asustado! —exclamó el abuelo entre risas—. Ten piedad de estos huesos viejos.
Tras la despedida apresurada de su madre, Juan se quedó hipnotizado mirando el cuadro. Se fijó en las manos de su abuelo: eran un mapa antiguo de arrugas y manchas que contaban historias. El pincel no usaba solo verde para las hojas; había destellos azules en las sombras y pizcas amarillas donde el sol golpeaba el lienzo.
—Abuelo, hoy me pasó algo que me dejó pensando —confesó Juan con esa voz grave que usaban los niños cuando hablan de cosas serias.
El hombre dejó el pincel en un frasco; el agua se transformó en una nube turbia de colores Entrelazados.
—¿Y qué ha pasado, pequeño capitán?
—La maestra nos pidió que nos dibujáramos de grandes. Yo quiero ser bombero, pero… Pablo me pidió el “color carne” y me di cuenta de que en mi caja no existimos. Su mano y la mía son distintas, y ninguna se parece a ese crayón.
La frustración de Juan era palpable. El abuelo soltó una carcajada suave y le hizo un gesto para que se acercara a su paleta de madera.
—Mira esto, hijo —dijo señalando una porción de pintura—. ¿Ves este color?
—Es blanco.
—¿Y este otro?
—Es rojo.
—Ahora, mira lo que pasa cuando los invito a bailar juntos.
Con la espátula, el abuelo mezcló una gota de rojo, una montaña de blanco y, ante el asombro de Juan, añadió una pizca de azul y otra de amarillo. De pronto, la mezcla se transformó en un tono suave y cálido, vivo como una mejilla tras una carrera bajo el sol.
—Los que inventaron esos nombres en las cajas no querían complicarse la vida, Juanito—explicó el abuelo—. Querían que todo fuera simple, que cada cosa tuviera una sola etiqueta. Pero la piel... ¡Ah, la piel es el cuadro más difícil de pintar!
—¿Por qué?
—Porque para pintar tu piel necesito el siena de la tierra donde caminaron tus ancestros, el oro del sol que te bendijo esta mañana y un poquito de la sombra de los árboles. Tu color no se fabrica, Juan; tu piel está hecha de momentos, de luz y de historia.
El abuelo le extendió una pequeña espátula de metal.
—Toma. El lienzo es tuyo. Olvida el dibujo de la escuela por un momento. Solo busca tu verdad.