“Lucretia My Reflection” — The Sisters of Mercy
La lluvia caía con una constancia paciente, de esas que no anuncian peligro pero terminan empapándolo todo.
El cielo estaba bajo, gris violáceo, y el ocaso se filtraba entre los edificios con una luz cansada. Las fachadas húmedas devolvían reflejos torcidos; el asfalto parecía una superficie pulida donde las sombras se duplicaban.
Había algo casi litúrgico en esa caída incesante.
No damática.
Persistente.
La lluvia no golpeaba.
Se infiltraba.
Ella caminaba.
Sus pasos marcaban un compás firme sobre la acera mojada.
Tac.
Tac.
Tac.
Regulares. Medidos. Sin prisa.
El agua golpeaba barandas y marquesinas con un ritmo constante, casi marcial. No era música. Pero tenía pulso.
Desde hacía un par de cuadras tenía una sensación incómoda.
No miedo.
Algo más difuso.
Como si el ritmo no fuera solo suyo.
Se dijo que era la lluvia, el atardecer, el reflejo de las luces sobre el pavimento mojado. Aun así, aceleró apenas el paso.
El edificio apareció al doblar la esquina.
Vidrio oscuro. Mármol claro en el lobby. Luces blancas demasiado limpias para una tarde así.
Entró.
El contraste fue inmediato.
El lobby estaba seco, luminoso, silencioso. Una limpieza que imponía compostura.
El tipo de lugar donde todo parecía visible… y aun así algo podía esconderse sin dificultad.
El celador estaba en su puesto.
—Buenas tardes, señorita —dijo levantando apenas la vista.
—Buena tarde, Eme —respondió ella, acomodando las bolsas—. ¿No me ha llegado ningún paquete?
El hombre sonrió.
—Usted lo ha dicho: no ha llegado ningún paquete.
Ella soltó una risa breve.
Se detuvo frente a los ascensores y soltó el aire despacio.
Sabía que llamaba la atención incluso cuando no lo buscaba. La piel morena resaltaba bajo las luces frías; el cuerpo voluptuoso, enfundado en líneas firmes, tenía ese aire pin-up rockero que nunca pasaba inadvertido. El cabello rizado, húmedo por la lluvia, caía libre alrededor del rostro.
No era provocación.
Era presencia.
Entonces apareció un can desde un punto ciego..
El golden retriever entró al lobby como una ráfaga de entusiasmo. La vio y se lanzó hacia ella sin dudar.
—¡Ey!
Apoyó las patas delanteras sobre sus piernas. Una de las bolsas cayó al suelo.
—Quieto, Sunny.
La voz fue firme.
Grave.
Medida.
El compás cambió.
Ella levantó la vista.
Él estaba ahí.
No supo cómo no lo había visto entrar.
Sostenía la correa con una mano segura. Sudadera oscura, ropa funcional. La cachucha cubría la cabeza rapada. Delgado. Postura recta.
No parecía cansado.
Parecía calibrando.
La miró con rapidez.
No curiosidad.
Evaluación.
Como si ya hubiera escuchado ese ritmo antes.
Ella sintió un leve escalofrío.
No por la mirada.
Por la precisión del escaneo.
—Lo siento —dijo él.
No sonó a disculpa.
Sonó a protocolo.
Se agachó a recoger la bolsa. Sunny volvió a acercarse, más lento.
A través del ventanal la lluvia seguía cayendo, insistente.
Los dos ascensores llegaron casi al mismo tiempo.
Él miró ambos.
Un segundo.
Decisión tomada.
—Mantenga las ventanas cerradas —dijo—. Con esta lluvia puede haber infiltraciones.
No preguntó.
Afirmó.
Ella sostuvo su mirada un instante.
—No siempre va a llover. — un hilo amargo acompaño el cierre del enunciado.
No fue desafío.
Fue una convicción.
Algo cruzó su rostro.
Breve.
Casi invisible.
Entró al otro ascensor.
El pulso no se detuvo.
Tac.
Tac.
Tac.
El ascensor subió despacio.
En el espejo, ella se vio reflejada: el cabello húmedo, el rojo intacto en los labios, la tensión aún visible en los hombros.
Demasiado carácter para un edificio diseñado para no desentonar nunca.
Cuando las puertas se abrieron, lo vio salir también.
El mismo nivel.
El mismo pasillo.
Por un segundo quedaron frente a frente en esa franja neutra donde nadie tiene todavía territorio.
El eco metálico de las puertas cerrándose marcó el compás final.
Él dio un paso primero.
Giró hacia la derecha.
Movimiento limpio.
Decidido.
Ella sostuvo las bolsas con firmeza, esperó apenas un latido y giró hacia la izquierda.
No fue reacción.
Fue elección.
Dos direcciones opuestas.
El mismo piso.
La misma distancia.
Las llaves giraron casi al unísono en cerraduras separadas por pocos metros.
El pasillo recuperó su silencio exacto.
Antes de entrar, ella se detuvo un segundo.
Sunny había vuelto la cabeza.
Como si quisiera seguirla.
O tal vez fue por la forma en que él había escogido su dirección sin mirarla, como si compartir siquiera el trayecto fuera ya una concesión innecesaria.
Derecha.
Izquierda.
No era solo arquitectura.
Cerró la puerta.
No le gustó.
No le gustó nada.
Y aun así, mientras la lluvia seguía cayendo con esa paciencia que termina infiltrándolo todo, comprendió —con una incomodidad que no quiso analizar— que algunas distancias no se miden en metros.
Se miden en principios.
Y las grietas, cuando empiezan así, nunca son inocentes.