La lluvia caía con una constancia paciente, de esas que no anuncian peligro pero terminan empapándolo todo. El cielo estaba bajo, gris violáceo, y el ocaso se filtraba entre los edificios con una luz cansada, como si la ciudad también regresara del trabajo.
Ella venía caminando.
Había elegido vivir cerca del trabajo porque el tiempo era su verdadero lujo. Caminaba rápido, con los hombros ligeramente tensos, esquivando charcos, sosteniendo las bolsas del supermercado contra el pecho. El cansancio no estaba en los pies, sino en la espalda, en la mandíbula apretada, en esa alerta silenciosa que le quedaba después de pasar el día de pie, observando personas, cuidando detalles.
Desde hacía un par de cuadras tenía una sensación incómoda.
No miedo.
Algo más difuso.
Como si no estuviera sola del todo.
Se dijo que era la lluvia, el atardecer, el reflejo de las luces sobre el pavimento mojado. Aun así, aceleró un poco el paso. No escuchó pasos cercanos aparte de los transeúntes que la rodeaban. Eso era lo inquietante.
La ciudad tenía colinas suaves, calles que subían sin preguntar, árboles húmedos y disciplinados: verde persistente, fachadas sobrias, lluvia como norma.
Entró al edificio y el contraste fue inmediato.
El lobby estaba seco, luminoso, silencioso. Mármol claro, acero pulido, una limpieza que imponía compostura. El tipo de lugar donde todo parecía visible… y aun así, algo podía esconderse sin dificultad.
Llegar siempre era un alivio.
El celador estaba en su puesto, como casi todas las tardes. Solo uno a esa hora. La saludó con una familiaridad discreta, sin invadir, como quien reconoce el cansancio ajeno sin hacerlo tema.
—Buenas tardes, señorita —dijo, levantando apenas la vista.
—Buenas, don Eme —respondió ella, acomodando las bolsas—. ¿No me ha llegado ningún paquete?
Él sonrió, apoyándose apenas en el mostrador.
—Usted lo ha dicho, señorita: no ha llegado ningún paquete.
Ella soltó una risa breve. Pequeña. Necesaria.
Se detuvo frente a los ascensores y soltó el aire despacio.
Sabía que llamaba la atención incluso cuando no quería. La piel morena resaltaba bajo las luces frías; el cuerpo voluptuoso, enfundado en ropa de líneas firmes, tenía ese aire pin-up rockero que nunca pasaba inadvertido. El cabello rizado, húmedo por la lluvia, caía libre alrededor del rostro, enmarcando unas cejas arqueadas que le daban una expresión alerta. Siempre olía bien. No dulce. No invasivo. Un aroma limpio, trabajado, como todo lo que había aprendido a sostener por sí misma.
No era provocación.
Era presencia.
Apareció de pronto un can, como salido de un ángulo muerto. Un golden retriever grande, de pelaje claro y mojado, entró al lobby con una alegría abierta, arrastrando un poco la correa. La vio y se lanzó hacia ella sin dudar, como si la conociera desde siempre.
—¡Ey! —exclamó ella, sobresaltada.
El labrador retriever apoyó sus patas delanteras sobre sus piernas protegidas por unas resistentes medias de Portugal. El impertinente animal movía la cola con entusiasmo, oliéndola con una familiaridad desconcertante. Una de las bolsas se le resbaló y cayó al suelo.
—Quieto, Sunny.
La voz fue firme. Grave. Medida.
Ella levantó la vista entonces.
Él estaba ahí.
No supo cómo no lo había visto entrar.
Sostenía la correa con una mano segura. Sudadera oscura, camisa deportiva debajo, ropa funcional, sin adornos. La cachucha cubría por completo la cabeza rapada. Era delgado, de estatura media, pero su postura recta hacía que el espacio pareciera organizarse a su alrededor. Las cejas gruesas endurecían su expresión incluso en reposo.
No parecía cansado.
Parecía atento.
La miró con rapidez. No curiosidad. Evaluación.
Como si ya hubiera tomado nota antes.
Ella sintió un leve escalofrío, no por la mirada, sino por la certeza de que él sabía exactamente dónde estaba parado.
—Lo siento —dijo.
No sonó a disculpa. Sonó a procedimiento.
Ella se agachó a recoger la bolsa. Sunny volvió a acercarse, más lento ahora, como si entendiera que había límites invisibles.
—No pasa nada —respondió ella, sin mirarlo.
A través del ventanal se veía la lluvia caer sobre la calle. Las luces de los autos se deslizaban como sombras sobre el asfalto mojado. Pensó, sin saber por qué, que él no debía tener problema en moverse por la ciudad sin ser notado. Que era el tipo de hombre que aparecía solo cuando quería.
Los dos ascensores llegaron casi al mismo tiempo.
El sonido metálico llenó el lobby. Él miró ambos espacios. Apenas un segundo. Lo suficiente para decidir. Señaló hacia arriba, con ese gesto seco de quien está acostumbrado a anticiparse.
—Mantenga las ventanas cerradas —dijo—. Con esta lluvia puede haber infiltraciones.
No preguntó. Afirmó.
Ella lo miró, sorprendida más por la forma que por el contenido. Afuera, la lluvia seguía cayendo, constante, como si tuviera tiempo de sobra.
—No siempre va a llover —respondió con un toque de ácido en la boca.
No fue un desafío.
Fue una certeza.
Algo cruzó su rostro. No era enojo. Algo más breve. Como si esa frase hubiera tocado una grieta que él prefería mantener sellada.
Sin decir nada más, entró al otro ascensor con Sunny.
Ella entró al suyo.
El ascensor subió despacio. En el espejo, se vio reflejada: el cabello húmedo, el cansancio por fin visible, la tensión aún en los hombros. Demasiado ruido para ese edificio impecable.
Hizo un cálculo rápido de sus ganancias del día y cuando estaba a punto de fluir el gran total para darle un sueño tranquilo, las puertas se abrieron.
Lo vio salir también.
El mismo nivel.
El mismo pasillo.
Él caminó hacia la derecha. Ella, hacia la izquierda.
No hubo despedida. No hubo palabra. Solo dos llaves distintas abriendo dos mundos distintos.