El Mayor Dilema

Los sonidos del silencio

The Beginning of the End” — The Sisters of Mercy

Ella

La lluvia seguía cayendo cuando dejé las bolsas sobre el counter de la cocina.

No encendí la luz de inmediato. Me gusta ese instante suspendido en el que el apartamento aún no decide si va a ser refugio… o solo el lugar donde deposito el cansancio.

En la penumbra, los tonos lilas de las paredes se vuelven más profundos. El beige del sofá absorbe la poca luz que entra por la ventana y los dorados —los marcos, la lámpara de piso, el borde del espejo— apenas respiran.

Todo se siente cálido.

Ordenado.

Sereno.

Muy distinto a mí.

Cerré la puerta y apoyé la espalda un segundo contra la madera.

Dejé las bolsas en el piso y me senté en el pequeño banco del recibidor. Me desabroché las botas despacio y las acomodé en su lugar, alineadas junto a los otros pares.

Me gusta que la entrada esté limpia.

Que nada tropiece conmigo al llegar.

La frescura del piso de madera a través de las medias fue casi un alivio físico después de diez horas de pie.

Avancé hacia la cocina soltando prendas en el camino, como si el apartamento fuera el único lugar donde el cuerpo puede dejar de sostener la forma del día.

Encendí la tetera eléctrica.

El aroma dulce del té de durazno que había dejado preparado en la mañana empezó a llenar el aire, mezclándose con el olor húmedo de la lluvia que se filtraba por los marcos de las ventanas.

Abrí el gabinete de las tazas.

Tenía demasiadas.

Recuerdos de festivales, mercadillos, viajes improvisados.

Elegí la de The Full Monty.

A veces la ironía también es descanso.

Me senté en el sofá con las piernas recogidas y sostuve el mug caliente entre las manos. El calor subió por los dedos hasta los hombros y sentí cómo el cuerpo empezaba a soltar el peso del día.

Los músculos tensos.

La mandíbula apretada.

La espalda rígida.

Pero algo permanecía.

No era miedo.

Era otra cosa.

Una alerta sin nombre.

Me levanté con el mug en la mano y abrí la puerta del balcón apenas lo suficiente para dejar entrar el aire húmedo.

La lluvia golpeaba suave contra la baranda.

Siempre he pensado que cuando no estoy, el apartamento respira distinto. Como si guardara pequeños espectros domésticos que salen a recorrerlo en mi ausencia.

Abrir la ventana es mi forma de dejarlos salir.

Entonces pensé en el ascensor.

En su voz.

En la advertencia sobre las infiltraciones.

Había hablado de la lluvia como si fuera una amenaza constante.

Como si siempre estuviera a punto de penetrarlo todo.

Sonreí apenas.

—No siempre va a llover —murmuré.

Cerré la puerta del balcón un poco más.

Por costumbre.

No por obediencia.

Entonces lo escuché.

No fueron pasos.

No fueron voces.

Fue el sonido seco de una puerta abriéndose con cuidado.

Luego el cierre contenido.

Exacto.

Como si quien la accionara midiera la presión del aire y el eco del marco.

Me quedé quieta.

El departamento de enfrente.

El mismo piso.

El mismo pasillo que de día parece banal.

No pensé en él.

O eso intenté.

Pero mi atención se quedó fija en el silencio posterior.

Demasiado limpio para ser casual.

El tipo de silencio que no es ausencia.

Es contención.

Dejé el mug sobre la mesa.

Me quité el brasier con un gesto de alivio y lo dejé caer sobre el respaldo del sofá. El cuerpo protestó cuando la gravedad recuperó su lugar natural.

Me dejé caer sobre los cojines.

Giré la cabeza hacia la puerta de entrada.

La madera era sólida.

La cerradura estaba asegurada.

Todo estaba bien.

Y aun así tuve la sensación absurda de que el pasillo seguía despierto.

***

Él

Secó a Sunny con una toalla vieja antes de dejarlo acomodarse en su rincón junto al sofá.

No era descuido.

Era eficiencia.

Las toallas nuevas estaban dobladas en el armario, clasificadas por tamaño. La vieja absorbía mejor.

Sunny suspiró y apoyó el hocico sobre las patas delanteras, pero mantuvo los ojos abiertos.

Vigilante.

Él colgó la cachucha en el mismo gancho de siempre.

No necesitaba mirar.

El gesto estaba medido.

El apartamento estaba impecable.

No en sentido doméstico.

En sentido clínico.

Superficies limpias. Líneas rectas. Muebles bajos y geométricos. Nada ornamental sin propósito.

Un espacio que podía leerse como un plano arquitectónico.

El orden no era estética.

Era método.

Si el entorno estaba bajo control, las variables disminuían.

Las matemáticas siempre le habían parecido más confiables que las emociones.

Una ecuación bien resuelta no traiciona.

Se sirvió un vaso de agua.

El sonido del líquido al caer fue limpio, preciso.

No bebía alcohol entre semana.

Las reglas reducen errores.

Se apoyó en la encimera y cerró los ojos lo suficiente para revisar el día.

Nada había pasado.

Eso era lo inquietante.

Porque cuando no ocurre nada visible, algo se está filtrando.

La imagen volvió sin permiso.

El lobby.

La lluvia golpeando el vidrio.

La forma en que ella sostenía las bolsas.

Había fuerza en esa mujer.

Y algo más.

Un olor cálido.

Los labios rojos contra el gris del día.

La frase.

No siempre va a llover.

Sunny se levantó de pronto y caminó hacia la puerta.

Olfateó el aire.

Un ladrido breve.

—Quieto.

El tono fue bajo, firme.

El perro obedeció, pero no se apartó del todo.

Se sentó frente a la puerta, apoyando el lomo contra la madera.

Él miró la puerta.

No por curiosidad.




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