Ella
La lluvia seguía cayendo cuando dejó las bolsas sobre el counter de la cocina. No encendió la luz de inmediato. Le gustaba ese momento suspendido, cuando el departamento aún no decidía si era refugio o solo un lugar donde dejar el cansancio.
Se quitó los zapatos y los dejó junto a la puerta. Desde la sala, los sonidos del piso se filtraban con facilidad: el eco leve del pasillo, las puertas que no siempre se cerraban del todo, la vida ajena que se insinuaba sin pedir permiso. Era un edificio tranquilo, pero antiguo. Todo se colaba.
Encendió la tetera eléctrica con restos de un té de durazno que olvidó tomar en la mañana y se sentó en el sofá para disfrutar de esa bebida reconfortante. El cuerpo empezaba a soltar la carga del día, aunque la sensación persistía. No miedo. Algo más impreciso, como una alerta sin nombre.
Abrió la ventana lo suficiente como para dejar que los espectros qe habitaban su guarida en su ausencia salieran a su ronda nocturma. El aire húmedo entró con un olor verde, limpio. Pensó en el ascensor. En la advertencia. En la forma en que él había hablado de infiltraciones, como si la lluvia fuera una amenaza constante.
Sonrió apenas.
No siempre va a llover.
Había sido una respuesta simple. No pensada. Y aun así, ahora volvía a ella como si hubiera dejado algo abierto del otro lado.
Cerró la ventana solo un poco más. Por costumbre, no por obediencia.
Entonces lo oyó.
No pasos.
No voces.
El sonido seco de una puerta abriéndose con cuidado. Luego, el cierre contenido, exacto, como si alguien supiera medir el ruido con precisión.
Se quedó quieta.
Reconoció el sonido sin querer. El departamento de enfrente. El mismo piso. El mismo pasillo que, de día, parecía inofensivo.
No pensó en él.
O eso intentó.
Aun así, su atención se quedó fija en ese silencio posterior, demasiado limpio para ser casual. Se dijo que los edificios viejos amplificaban todo. Que la lluvia hacía resonar los espacios.
Pero no encendió la música.
Se quitó la ropa despacio. Empezaba a sentir el dolor muscular a flor de piel. Antes de ir a su habitación, pasó la mano por la maciza puerta de la entrada, confirmando que estaba bien cerrada.
Como si el pasillo siguiera despierto.
Él
Secó a Sunny con una toalla vieja antes de dejarlo acomodarse en su rincón al lado del sofá. El perro suspiró, satisfecho, y apoyó el hocico en las patas delanteras, pero mantuvo los ojos abiertos. Atento.
Él se quitó la cachucha y la dejó siempre en el perchero de la entrada. Orden. Repetición. Costumbre.
El piso estaba en silencio. Demasiado ordenado para alguien que no trabajaba ya. Todo tenía un sitio. Nada sobraba. Nada faltaba.
Se sirvió un vaso de agua. No alcohol. Nunca entre semana. Se apoyó un momento en la encimera y cerró los ojos solo lo suficiente para revisar el día.
No había pasado nada.
Eso era lo inquietante.
La imagen le volvió sin pedir permiso: el lobby, la lluvia, la forma en que ella sostenía las bolsas, como si el mundo dependiera de ese equilibrio. El olor. La mirada. La frase. Los labios rojos impecables a pesar del caos.
No siempre va a llover.
No le gustó recordarla.
Sunny se levantó de pronto y caminó hacia la puerta. Olfateó el aire. Movió la cola, ladró suave.
—Quieto —dijo él, en voz baja.
El perro obedeció, pero no se alejó del todo.
Él miró la puerta. No por curiosidad. Por hábito. El vacío también dice cosas, si uno sabe escuchar.
Se sentó en la silla junto a la ventana, de espaldas al vidrio. No le gustaba dar silueta. Afuera, la lluvia seguía cayendo, constante, como si tuviera tiempo de sobra.
Pensó que ella había abierto la ventana.
No sabía por qué pensó eso.
Solo lo sintió.
Ella
Se metió en la cama con el celular apagado. No tenía ganas de distraerse. El cansancio era más profundo que el sueño. Era un cansancio que pedía silencio.
Escuchó de nuevo ese sonido mínimo. Una silla. Un paso medido. Nada que pudiera llamarse ruido.
Pensó en el perro. En Sunny. En la forma en que había sabido encontrarla sin verla.
Cerró los ojos.
Se dijo que era absurdo. Que la ciudad estaba llena de desconocidos. Que las paredes solo separaban espacios, no personas.
Aun así, colocó una mano sobre el vientre, como si ese gesto pudiera anclarla al hilo de la vida.
Dormir fue lento. Fragmentado.
Él
La madrugada llegó sin ceremonia. No miró el reloj. No lo necesitaba.
Sunny se levantó de nuevo, esta vez en silencio absoluto. Se sentó frente a la puerta y apoyó el lomo en ella, como si del otro lado hubiera algo que valiera la pena custodiar.
Él lo observó largo rato.
Nadie golpeó la puerta.
Nadie tocó el timbre.
Nadie… nada.
Pero supo, con la certeza incómoda de quien ha aprendido a leer el terreno, que había cambiado algo.
Y que las puertas, por más firmes que parecieran, nunca eran un límite real.