El templo de la renovación despertaba antes que ella quisiera admitirlo.
Las luces blancas, los espejos alineados, el olor limpio de los productos mezclándose con el café recién hecho. Todo estaba donde debía estar. A ella le gustaba empezar así: orden afuera para sostener lo que adentro todavía no se acomodaba del todo.
A los clientes siempre los recibía con algo para tomar. Bebida caliente o fría, según el ánimo del día. L primera cita del día nunca dudaba en su elección.
—Frío, por favor —decía siempre—. Iced tea… o soda de dieta, si tienes.
Tampoco fallaba en lo otro.
Desde hacía casi tres meses, la joven llegaba con un pequeño postre envuelto con cuidado. Nada ostentoso. Algo sencillo. A veces una galleta, a veces un trozo de torta casera.
—Para ti —decía, dejándolo sobre el counter del área de bebidas—. Sé que no siempre paras a comer.
Ella sonreía, agradecida, sin hacer demasiado alarde. No era un intercambio explícito, pero se había vuelto parte del ritual. Cuidado que circula. Atención que no se nombra.
La había conocido por necesidad, no por vanidad. Una reacción alérgica al sistema de uñas acrílicas la obligó a desmontar, a empezar de nuevo. Ella la acompañó en ese proceso con paciencia: pruebas pequeñas, materiales distintos, observación constante. Nada de promesas rápidas. Solo seguimiento.
Así se construían las confianzas.
Ese día, como casi siempre, trabajaban en las manos.
La joven se acomodó en la silla con naturalidad, apoyando los antebrazos. Era alta y atlética, con una postura que no se forzaba. Mientras ella evaluaba la piel y preparaba los materiales, pensó —como otras veces— que ese cuerpo había aprendido a ser observado sin necesitar aprobación.
—¿Siempre trabajas hasta tarde? —preguntó la joven, mirando el movimiento reflejado en el espejo.
—Casi siempre —respondió ella—. Vivo cerca, lo que es un gran alivio. Prefiero dormir un poco más en lugar de dejar media vida en el tráfico.
—Tiene sentido —asintió—. Estar dentro de un vehículo por horas solo tiene sentido si es un buen viaje.
Ella levantó la vista apenas.
—¿Viajas mucho? — el movimiento de una lima sobre una uña acompañó la pregunta.
—Lo suficiente —sonrió—. Nunca es suficiente. — encogió los hombros y arqueó las cejas pobladas. — Vivo sola, pero la rutina es mi gran compañera de vida que me detiene de emprender viajes impulsivos.
— Bienvenida al mundo adulto. — sonrió.
—¿Y tú? —preguntó la joven—. ¿Siempre has vivido sola?
—Sí —respondió ella—. Me gusta así.
—Se nota —dijo la joven sin juicio—. Tienes todo muy… en orden.
Ella sonrió.
—Supervivencia —bromeó—. Una se organiza para no perderse.
La joven rió suave. Tomó un sorbo de su bebida fría y, como en otras citas hubo un silencio cómodo.
—Antes vivía rodeada de gente todo el tiempo —comentó la joven—. Fui modelo un tiempo. Mucho ruido, muchas miradas. Al final, preferí algo más tranquilo.
—¿Y no lo extrañas?
—No —respondió sin dudar—. Prefiero elegir cuándo estar y cuándo no.
Eso explicaba mucho.
Ella asintió, entendiendo más de lo que decía.
—Por cierto mi querida Mila —continuó la joven, como quien recuerda algo práctico—. Voy a viajar unos días a ver a mi hermano en Dinamarca. — enderezó la espalda. — Luego volveré y un antiguo pretendiente estará en la ciudad, por eso quiero intentar algo nuevo con mi melena y confío en que harás algo bonito con el color. — arqueó las cejas y agitó la cabeza coomo una niña emocionada.
—Cuenta conmigo. —respondió ella con emoción contenida y sincera—. Cambiar de aire y de colores siempre ayuda.
Otro silencio cómodo mientras Mila removía la cutícula de las uñas con a precisión de un cirujano.
—Solo hay algo que me preocupa estos días. — fijó la mirada en la frente concentrada de Mila. — Estoy buscando a alguien de confianza que pueda sacar a pasear a mi perro mientras no estoy —añadió—. Es tranquilo, pero se pone inquieto si cambia la rutina.—Hizo una pausa—. Pagaría muy bien el favor.
Mila no dejó de trabajar, pero algo se movió.
—Seguro encuentras a alguien —dijo—. Los perros suelen adaptarse mejor de lo que creemos.
—Puede ser —sonrió la joven—. Igual… piénsalo. Si se te ocurre alguien, o si tú lo consideras, me daría mucha tranquilidad.
Ella terminó una uña y pasó a la siguiente.
—¿Por qué zona vives? —preguntó, como quien cierra una idea.
—En el Edificio LunaPlex—respondió—. Está a unas cinco cuadras de aquí.
El nombre le resultó familiar. Demasiado.
—Sí… queda bien —dijo ella—. Es muy cerca.
No dijo nada más. No se ofreció. No prometió.
Pero mientras hablaban de la próxima cita, para ver lo del cambio de look, la idea empezó a acomodarse sin pedir permiso.
Tal vez le haría bien cambiar la rutina.
Salir a caminar a otra hora.
Tal vez ganar algo extra sin desordenar su vida.
Cuando la joven se despidió, señaló el postre sobre el counter. La peluquería quedó en silencio por un instante.
Ella se apoyó en el mostrador y respiró hondo. Miró su reflejo en el vidrio sin saber por qué.
—Cansancio —murmuró.
Cerró más temprano de lo habitual. Afuera, la ciudad seguía en su ritmo ordenado, como si nada estuviera a punto de moverse.
Cuenta regresiva:
3
2
1... hora de activar el letrero de 'CERRADO'
Con delicadeza tomó cada una de sus herramientas y las llevó al área de desinfección. Mientras el esterilizador hacía lo suyo, ella se encargó de dejar el piso impecable.
Cambió su uniforme por unos jeans de bota ancha y un sweater de algodón.
Hizo una última ronda verificando que ninguna máquina estuviera conectada.
Se despidió con un beso al vacío. Su bebé estaba listo para dormir y ella, para salir al mundo.
Mientras caminaba a casa pensó que tal vez aceptar la propuesta de su clienta no sería solo un favor. Tal vez era una forma discreta de cambiar algo en su propia vida.