El Mayor Dilema

Cuidando cada paso

No fue una decisión impulsiva.

La idea volvió cuando el día ya había terminado y el departamento estaba en silencio. No ese silencio incómodo de las noches largas, sino el otro: el que llega cuando todo está en su lugar y aun así queda espacio para pensar.

Pensó en la joven. En la forma en que había hablado del viaje, sin dramatismo. En el cuidado con el que había mencionado al perro, como si ahí se le escapara una preocupación que no quería cargar a nadie más.

No era un problema grande.
Solo uno de esos vacíos pequeños que aparecen cuando alguien se ausenta.

Se dio cuenta de que llevaba tiempo cuidando cosas ajenas: manos, procesos, cabellos frágiles. Siempre con atención. Siempre con buena voluntad. Y, aun así, su vida terminaba cada día sin nadie que dependiera realmente de ella.

Tal vez —pensó— le haría bien probar algo distinto.

Abrió el teléfono y buscó el contacto. Dudó un segundo, no por inseguridad, sino por ética. Midió las palabras.

Hola. Pensé en lo que comentaste del viaje.
Si aún lo necesitas, podría ayudarte con el paseo de tu perro por las mañanas, mientras estés fuera.
Dime si te sirve.

Envió el mensaje y dejó el teléfono boca abajo.

La respuesta llegó más tarde.

Agradecería muchísimo.
El paseo de la mañana es a las 6:00 a. m.
Por la noche se encarga mi papá.
Él deja mi perro en recepción.
Gracias.

Leyó el mensaje con atención.

Mañanas.
Seis en punto.

Un comienzo temprano.
Un gesto sostenido.

Respondió confirmando.

El primer día madrugó más de lo habitual.

La ciudad todavía estaba a medio despertar cuando bajó. El lobby tenía esa quietud especial de las primeras horas: luces suaves, pasos contenidos, un silencio limpio.

El pelaje dorado en cuatro patas estaba en recepción.

Sentado junto al mostrador, tranquilo, con la correa sostenida en el hocico, como si el paseo fuera algo que ya hubiera decidido por sí mismo. No parecía ansioso. Solo atento.

Ella sonrió antes de darse cuenta.

—Buenos días —murmuró.

El celador levantó la vista.

—Buenos días, señorita. Ya puede llevárselo.

Miró alrededor por reflejo. Nadie más. Ninguna presencia esperando. Todo correcto.

—¿Todo en orden? —preguntó.

—Todo en orden —respondió—. Dejaron una nota.

La hoja estaba doblada con cuidado. La tomó.

Sunny.
Sale a las 6:00 a. m.
Prefiere caminar primero hacia el parque.
Gracias.

Nada más.

Así supo su nombre.

Sunny dio dos pasos con la correa aún en el hocico, como si se asegurara de que ella lo siguiera. Luego la soltó. Ella la tomó y, al hacerlo, algo se acomodó en su memoria.

Sunny.

El perro del ascensor.
El que había reaccionado a su presencia como si ya la conociera.
El mismo que había roto el silencio aquel día lluvioso.

Pensó, sin buscarlo, en el hombre de la cachucha. En su manera de apartarse. En la advertencia seca sobre la lluvia. En la frase que ella había dicho después.

No siempre va a llover.

No llegó a ninguna conclusión.
No era necesario.

Salieron.

La mañana era fresca. Sunny marcaba el ritmo con seguridad, como si ese recorrido le perteneciera. Ella lo siguió, ajustando el paso, sintiendo cómo el cuerpo se despertaba de otra forma.

Cuidar —entendió— no era una promesa grande.
Era estar.
Responder.
Sostener una rutina ajena con buena voluntad.

Sunny se detuvo a oler algo invisible y luego continuó. Ella lo esperó sin apurarlo. No había prisa. Solo presencia.

Al regresar, dejó a Sunny nuevamente en recepción. El perro se sentó junto al mostrador, sereno, como si el día hubiera empezado bien.

—¿Mañana igual? —preguntó el celador.

—Mañana igual —respondió ella.

Subió sin mirar los ascensores.

En su departamento, el silencio de la mañana era distinto. Más claro. Más amplio.

No sabía qué vendría después.
Pero supo, con una certeza tranquila, que podía cuidar.

Y que ese gesto mínimo —repetido cada mañana— iba a mover cosas que todavía no se atrevían a decir su nombre.

Las piezas estaban ahí.
Encajando despacio.




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